Petronio Álvarez, más que un festival de música

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El Petronio Álvarez es un reconocimiento a la herencia africana manifiesta en el litoral Pacífico colombiano.

Por Jennifer Cabana: texto y videos
Fotos: Wilber Lareus

El Petronio Álvarez es un reconocimiento a la herencia africana manifiesta en el litoral Pacífico colombiano.

Si hay un evento cultural que me estremece, que toca cada fibra de mi ser, maravillándome ante sus historias y saberes, es el ‘Petronio Álvarez’ Festival de Música del Pacífico. Es de las fiestas más completas e importantes del país que permite a sus asistentes entender y vibrar con la cultura afrocolombiana. Con esas costumbres que han sobrevivido a más de 400 años, desde que los primeros afros pisaron forzados tierras ajenas y poco a poco las hicieron suyas.

Si te preguntas quién era Petronio, te diré que es nada más y nada menos que el compositor de aquella canción que alguna vez has bailado y dice, “bello Puerto de Mar mi Buenaventura, donde se aspira siempre la brisa pura” y muchas otras canciones del folclor colombiano.

Tuve el privilegio de vivir por tercera vez el Festival y hay tantas cosas que quisiera contarles que no sé por dónde empezar. Por eso acudo a la música de marimba y procedo a abrir una botella de arrechón, mi favorita de las bebidas tradicionales…

Pareja de danzantes del Instituto Popular de Cultura de Cali.

Inmediatamente regreso a la Ciudadela Petronio en Santiago de Cali, epicentro de esta celebración masiva a la que acudimos más de 50 mil personas. Del 15 al 20 de agosto aconteció la edición XXII del festival en la Unidad Deportiva Alberto Galindo.

Hay gente por todas partes: hombres, mujeres, niños, abuelos, jóvenes que cumplen el llamado de Petronio. Como yo, llegan personas de todo el país y del mundo para unirse a la fiesta. Los anfitriones son artesanos, músicos, lutieres, cocineras, rezanderas y rezanderos, parteras, cantoras y cantores que vienen desde Guapi, Timbiquí, Tumaco, Buenaventura, Quibdó, Chocó y otras poblaciones del Pacífico, para regalarnos su conocimiento.

Los niños son fieles portadores de su cultura afrocolombiana.

Entre el murmullo de voces sobresale un sonido dulce y melancólico, familiar y reconfortante. Son las notas armónicas de la marimba de chonta comparables al sonido que hacen las gotas de lluvia al caer sobre un cuerpo de agua. La marimba, el piano de la selva colombiana, es por excelencia símbolo del Pacífico e instrumento madre de estas fiestas. Está hecha solamente con elementos de la tierra: sus tablas son talladas de la madera de chontaduro, los tubos de amplificación provienen de la guadua y las baquetas que golpean cada tecla son hechas de caucho natural.

En una esquina de la Ciudadela un conjunto de marimba toca currulao y los cuerpos no se detienen. Los cununos, guasás, bombos y voces nos dan la bienvenida al Petronio.

Alrededor de 800 expositores lucen sus artesanías, turbantes y vestidos hechos de telas africanas, hay también accesorios coloridos, instrumentos, libros y más. Compro algunas cosas y me empieza a dar hambre. Mi olfato me lleva hasta el corredor de comidas y empiezo a salivar con el olor de mariscos, pescados y arroces.

Llego hasta el puesto de Teresa De Jesús Colorado Cabeza – ‘Doña Tere’, quien me recibe con los brazos abiertos.

Nacida en Nariño, criada en el Chocó, aprendió a cocinar a los 14 años con la ayuda de su madre. Su primer plato fue un sancocho de pescado frito con queso costeño. “Me pusieron esa prueba y la pasé, he ido aprendiendo y me gusta inventar mucho”, nos cuenta del otro lado del samovar.

Doña Tere (derecha), junto a su hermana, cocinado en familia las delicias del Petronio.

Con 30 años de trayectoria, me cuenta que sus especialidades son el sancocho de las tres carnes, el arroz con longaniza, sopa de queso y encocado de tollo. De este último me sirve un plato: es tiburón pequeño del mar Pacífico endulzado con leche de coco, acompañado de patacones, arroz blanco, ensalada de aguacate y jugo de lulo chocoano, preparado con la fruta hervida, canela, clavo y anís.

Plato de tollo encocado con jugo de lulo chocoano.

“Lo más lindo es tener a mis ancestros presentes, cocinar como lo hacían ellos, sin químicos, únicamente con las especies que están en mi azotea”, precisa Doña Tere.

Solo los mejores cocineros cuentan con un puesto en la Ciudadela. Se eligen mediante concurso y desde las 7:00 a.m. hasta las 10 u 11 p.m. están a la orden de los comensales.

 De las bebidas tradicionales y la partería

Así como Brasil tiene su cachaza y México su tequila, el Pacífico tiene su viche.

En el Quilombo ‘German Ossa Patiño’, nombrado en honor al creador del festival, escucho la historia de las bebidas tradicionales. Los exponentes aseguran que “el viche nunca puede faltar”. Está en todos los momentos de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte. Es una bebida ancestral, hecha a base de la caña de azúcar y de ella hacen muchos derivados que incluyen la tomaseca, el arrechón, la tumbacatre, la crema de viche y otros curados hechos con “bejucos de la montaña”.

Cada botella curada tiene una historia, un sello propio, un ingrediente secreto. Por eso ningún arrechón sabe igual a otro, ni mucho menos una tomaseca. Esta última bebida sirve para “ayudar a la mujer a concebir si no puede, limpia sus órganos y le saca el frío”, asegura Rosmilda Quiñones Fajardo de Buenaventura.

“Partera que se respete debe tener una galoneta de viche, todos los derivados”, revela esta mujer que lleva 30 de sus 68 años recibiendo niños. Ya perdió la cuenta de cuántos partos ha atendido y no solo trabaja en el Pacífico sino también en Bogotá, Medellín, Buga, la Costa Atlántica, Bucaramanga y donde la llamen.

Rosmilda habla con la propiedad que da la experiencia. Hace parte de una dinastía de parteras y está entrenando a una de sus hijas.

“La partería hace parte de un vivir que permite tener apropiación y sentir la parte efectiva de la familia. Nosotros siempre decimos, cuando una mujer se embaraza, se embaraza toda la familia”.

Cuando el niño va a nacer, Rosmilda invita al padre a estar presente para que sea él quien corte el cordón umbilical: “Así llevará ese recuerdo durante toda su vida. Eso ayuda a crear un lazo y amor más fuerte en la familia”.

Durante el proceso de parto, Rosmilda se toma su viche y apenas la mujer da a luz y libera la placenta, ella le entrega un vaso de tomaseca caliente para fortalecerla.

En cuanto a los efectos afrodisiacos de las bebidas, hay unos en particular como el ‘pipilongo’ que son especialmente para los hombres. La ‘tumbacatre’ y ‘siete polvos’ también tienen fama por su efectividad.

Lo cierto es que gracias al Petronio Álvarez, el mundo tiene acceso a estas bebidas ya que durante todo el festival se comercializan. Son, inclusive, los únicos productos alcohólicos a la venta permitidos durante la fiesta.

Las Delicias de Mayeya tienen el nombre bien puesto, cada botella tiene un sabor exquisito.

 Concurso y espectáculo nocturno

El Petronio Álvarez nació como un concurso para brindarles a los músicos del Pacífico un espacio masivo en que pudiesen mostrar y mantener viva sus tradiciones. Uno de los elementos más interesantes del festival es que la música es -en tres de sus cuatro categorías- totalmente acústica interpretada con instrumentos artesanales.

Bombo Negro, conjunto ganador de la categoría marimba y cantos tradicionales. (Cortesía Comunicaciones Alcaldía de Cali)

Los conjuntos de marimba y cantos tradicionales, chirimía y violines caucanos tocan música folclórica mientras que la agrupación libre integra instrumentos más urbanos, creando nuevas sonoridades.

Mi categoría favorita es, sin duda, el conjunto de marimba y cantos tradicionales. La música está llena de sentimiento, una mezcla de alegría y melancolía difícil de describir. Es inevitable detener las lágrimas al ver y escuchar a estos grupos. Un sentir fuerte me invade al saber que la raíz de este sonido viene de la lejana África. Poder vivirlo nuevamente, no tiene comparación con otra experiencia cultural que haya tenido.

Este año, el homenajeado del Petronio fue el maestro Baudilio Cuama, majestuoso intérprete de la marimba. Los danzantes, músicos y artistas del Instituto Popular de Cultura de Cali fueron los encargados del espectáculo y en el complejo deportivo, se veían más de 50 mil pañuelos revoloteando en medio de los currulaos, bundes, jugas y abozaos de la celebración.

En la edición número 22 del festival clasificaron 44 agrupaciones de las cuales 12 pasaron a las rondas finales (3 por modalidad). Luego de tres noches de reñida competencia el jurado eligió a los siguientes ganadores:

 Marimba
En orden de primer a tercer lugar: Bombo Negro, Cañaveral y Remanso Pacífico.

Chirimía 
En orden de primer a tercer lugar: Choibá, Pichinde y Zaperoko.

Violines caucanos
En orden de primer a tercer lugar: Aires de Dominguillo, Caña brava y Al son de Ararat.

Libre
En orden de primer a tercer lugar: Timbiáfrica, Pacífico libre y Sol de abril.

Yuri Buenaventura, salsa con sabor a currulao

Entre los invitados especiales de este año estuvo Yuri Buenaventura, cantante y compositor colombiano que ha traspasado fronteras con su verraquera y su música. Junto a Esteban Copete, nieto de Petronio Álvarez, y cabeza del Kinteto Pacífico, Yuri ofreció un concierto sabroso, lleno de amor por su región. Combinó su salsa tradicional con las sonoridades del currulao e interpretó temas en honor al Pacífico como “El viche se respeta”.

“Nuestras músicas son herramientas de emancipación”, aseguró el artista durante su rueda de prensa.

Esteban Copete es multinstrumentista, nieto de Petronio Álvarez.

Los Arrullos, cantos al Niño Dios

Cada día, el Festival en sí termina entre las 11 p.m. y la medianoche, sin embargo, la fiesta continúa para quienes quieran seguirla. Las discotecas se llenan de salsas y currulaos, pero hay una opción más interesante y raizal. Se trata de los arrullos, tradición en la que se adora al Niño Jesús con cantos armoniosos y música alegre. Comienzan a partir de la 1:00 a.m. y uno de los más concurridos es el organizado por Nidia Góngora, cantora de Canalón de Timbiquí y embajadora de la cultura del Pacífico en el mundo.

Desde Ciudad Córdoba, barrio ubicado en el Sur Oriente de Cali, se alborotan los marimberos, los intérpretes de cununos, guasás, bombos y cientos de voces se unen en canto. “Cununo a la medianoche y el guasá al amanecé”, repiten incesantemente hasta que los músicos dan tregua, bajan la intensidad de la música y comienzan una nueva canción.

Este encuentro no es para cualquiera pues el que va a un arrullo, va a sudar con gusto y se va de aguante entre un mar de personas que bailan y gozan por las calles estrechas del barrio, buscando un lugar para apreciar la música y el canto. Es un momento de trance que avanza hasta la madrugada, muchas veces pasadas las 9 de la mañana.

Hasta el próximo agosto

Guardo mi pañuelo, artesanías y bebidas tradicionales en la maleta, nuevamente con rumbo a Barranquilla. Me subo al avión con el corazón recargado, con la certeza de la misión cumplida al haber vivido nuevamente el Petronio, el festival al que siempre quiero volver. Como periodista y amante de culturas me resta invitarlos a Cali el año entrante en agosto para que disfruten de primera mano las bellezas de un festivo como ningún otro.

Como bien lo expresa Juana Francisca Álvarez, nieta de Petronio Álvarez, el festival es “…ese gran currulao que sirve de ventana al mundo”, visibilizando la cultura que resultó de todo un proceso histórico que vivieron los hijos de la diáspora africana.

Esta soy yo, Jennifer Cabana, feliz en medio de los pañuelos, bailando currulao en el Festival al que siempre quiero volver.

Él es Wilber Lareus, el fotógrafo documentalista con quien tuve el gusto de trabajar y disfrutar en el Petronio.

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Acerca del Autor

Jairo Castro Acosta

Licenciado en Matemáticas, egresado de la Universidad de Sucre y docente de la Institución Educativa San Marcos del municipio del mismo nombre, oriundo de Santiago Apóstol, corregimiento de La Villa de San Benito Abad. El menor de los cuatro hijos de Mirian "La niña millo" Acosta, nieto de Ayda "La Orozcana" Acosta y padre de Elizabeth.

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