La loba de la noche

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¡Ahí están las lobas! Se escuchó la voz convertida en susurro.

Por: Ubaldo Manuel Dìaz

Padre Ubaldo Dìaz

Era mi amigo que hablaba a mis espaldas mientras señalaba a dos jovencitas apostadas en la barra del bar. Las lobas en mención no eran precisamente las que amamantaron a Rómulo y Remo, los fundadores de roma. Según la academia de mi amigo que seguía pontificando, dícese de aquellas mujeres que devoran a un hombre en un santiamén. Una de ellas estaba de pie junto a la barra atrapada por los musculosos brazos de un hombre silencioso de mandíbula cuadrada y labios de ventrílocuo.

Era una rubia atractiva, no pasaría de unos veinte años con un peinado y atuendo emulando a Paris Hilton. Parecía distante, con la mirada perdida y concentrada en unos jóvenes que se contorsionaban al ritmo de la música electrónica que tronaba de los altavoces. La cámara de luces se deslizaba como tormenta eléctrica despidiendo intermitentes y pequeños relámpagos. Al fondo, en medio del humo sobresalía la imagen de Jesús con la oración. “Dios bendice mi negocio”.

La otra mujer con un vaso en la mano posaba en el extremo de la barra. La música seguía sonando. Ahora el ritmo era interpretado por un cantante vallenato mientras reiteradamente saludaba a un traqueto. Como si fuera una revelación o descubrimiento mi amigo al ver al cantante vociferó eufórico: “yo estuve en esa parranda”. La otra mujer que estaba al extremo de la barra se había acercado un poco. Acariciaba como un fetiche el mismo vaso de la noche. De reojo yo la observaba. Era una mujer de piel cetrina y rasgos orientales. Su maquillaje riguroso ocultaba el paso de las múltiples veladas. Un delicado y discreto vestido de seda cubría la escultura de su cuerpo juvenil. Sus brazos adornados por pulseras y aderezos hindúes le daban un aire panteísta de la vida.

Era La encarnación de Mata Hari. Bailaba y se le insinuaba de manera sensual a un militar pasado de tragos. El hombre de la mandíbula cuadrada había liberado a París Hilton, que animada y eufórica cantaba en coro con otras amigas. “Cuidado con judas, cuidado con judas”. Yo seguía observando los movimientos autómatas del cantinero que a esa hora tenía cara de pocos amigos. Dicen que los cantineros son siempre hombres silenciosos, caraduras, que en ese espacio de 4X4 son amos y señores de su territorio. Son soberanos. Evitan siempre sonreír para que nadie les ponga “el plomo”.

El militar había sucumbido a los encantos de la Mata Hari de rasgos orientales. En completo estado de indefensión, alicorado balbuceaba: “que viva la milicia, que viva la milicia”. Mientras le rodeaba el cuello con sus brazos, lo sostenía; Mata Hari le guiñaba el ojo a otra amiga que empezaba a hacer su trabajo con un monumental RUSO que ingería los primeros tragos de VODKA.

La rubia se había acercado descaradamente donde yo me encontraba casi que intimidándome con su pregunta: ¿bailas? – no- fue mi respuesta. Miré al de la mandíbula cuadrada esperando algún gesto. Este seguía ahí, metido en un silencio de autista mirando a unos hombres que hacían fila para entrar al baño. La música ahora era más discreta, mentalmente la seguía con el taconeo de los zapatos. Con el rabillo del ojo seguía mirando al de la mandíbula cuadrada que ahora se acomodaba su cabellera hendida por la mitad como la de Carlos Gardel.

La voz ronca de Paris Hilton seguramente de tanto trasnochar me sacó del pentagrama musical: ¿cómo te llamas? Y seguidamente el interrogatorio de rigor: ¿Qué haces? ¿Dónde vives? ¿Estudias? ¿Trabajas? ¿Nunca te había visto por aquí? Mi amigo seguía mirando con devoción al cantante vallenato, mientras apartaba con fastidio a un vendedor ambulante que le interrumpió, al ofrecerle un corazón de amor y amistad acompañado de un pequeño oso de felpa con una pequeña bandera que decía “te quiero”. El vendedor se alejó en la penumbra sacudiendo una caja de dulces que sonaba como un cascabel.

¿No me has dicho cómo te llamas? -Me increpó Paris Hilton – mientras jugaba con el segundo vaso de la noche en sus manos – nuevamente observé a mi amigo que seguía extasiado rindiendo culto al cantante vallenato que ahora decía a viva voz que él no era marica. No queriendo interrumpir su devoción, salí  para tomar aire. Desde afuera, tome conciencia de dónde estaba, el sitio parecía una caverna de donde salía humo y gritos de euforia.

El tipo de la mandíbula cubista se quedó mirando a Paris Hilton abrirse paso en medio de las mesas. Paris Hilton caminó hacía mi hasta casi rozarme. A esa hora todos los negocios vomitaban los últimos clientes de la noche susurrando apresuradas promesas de amor. Nos fuimos caminando por la avenida que moría en la oficina naviera.  De reojo miraba sus brazos desnudos, sus contorneadas pantorrillas, el vello de la nuca, ese vello que ellas nunca logran peinarse. Había en su rostro cierta indolencia nihilista. Su actitud era la de una profetisa que está a punto de proferir un oráculo. Rebuscaba frases del castellano de Cervantes y las acomodaba a su libreto cuidadosamente aprendido. Como en la casa de los espejos, para cada cliente había ensayado una palabra. Para los gurús de la economía, riéndose a carcajadas me dijo que les excitaba la palabra “crecimiento económico”, a los políticos “pueblo y democracia” y para mí, aprendiz de poeta prestó una frase del universo Kafkiano que me dejó boquiabierto.

¿Cuántos años tienes? Le pregunté. Quedó en silencio. – Primer error, preguntarle la edad a una mujer- pensé-, a ellas no les gusta. En el silencio se escuchaban los fogonazos de la escuela de artillería, el murmullo de los enamorados, el taconeo de sus zapatos sobre el pavimento se escuchaban nítidos parecidos a el final de un baile flamenco. Se apoyó en mi hombro, se los quitó llevándolos en sus manos.

¿Porque imitas a Paris Hilton? – Le pregunté.

-Porque quiero ser como ella- fue su escueta respuesta.

-Ella es cabeza hueca. Volví  a la carga con mi pregunta.

– No importa, quiero ser como ella -, remató con vehemencia dando la estocada final a mi curiosidad.

Los últimos carros pasaban raudos la lustrosa avenida, los motores en ralentí de un grupo de jóvenes en sus piques ilegales estallaban en la fría noche. Una joven  que apenas podía mantenerse en pie, “alucinada” y  ligeramente vestida parodiando la cinta de Dominic Toreto daba la partida esa madrugada. Los bólidos arrancaron de manera endiablada  perdiéndose en la distancia, dejando a su paso una estela de fuego parecido a la propulsión de un motor aeronáutico. Mis palabras que habían sido contenidas desde mi época de estudiante comenzaron a salir tenue y libremente como de una caja de Pandora. Pensativa se quedó mirando a lo lejos y susurró: “la belleza es una maldición”. Los bólidos se habían perdido por completo, el rugido de sus potentes motores ya no se oían. No pude seguir escuchándola porque un maldito camión lanzó un bocinazo parecido al rugido de un monstruo triste.

Parándose en vilo y balanceándose peligrosamente sobre una baranda que servía de barrera para no caer a un acantilado, abrió los brazos y en estado de concentración empezó a hacer los tradicionales pasos de ballet “Arabesque y fouetté”. Sin perder su ensimismamiento y sin mirarme dijo: “quiero que recites un poema”, para esa hora yo le había dicho que escribía- enmudecí porque su petición me tomó por sorpresa. En un acto desesperado le dije que me gustaba Moliere, que admiraba a Pushkin, que el santo conde Tolstoi se quedó por fuera de los altares, que había hecho muchas comedias.- Esas pendejadas que ahora no importaban -. Ella reía contenidamente para no perder la concentración, el haz de luz de la luna que irradiaba sobre sus cabellos la hacía ver majestuosa, sus movimientos eran perfectos. Musité: “el cisne blanco”, su imagen me evocó aquella famosa película del judío Aronofsky. Alcanzó a escucharme y se tiró de la baranda donde practicaba sus últimos pasos y vino hacia mí casi que intimidándome: ¡no!. “Quiero ser el cisne negro”. ¡Quiero ser la mejor bailarina del mundo!. Seguimos caminando, o mejor casi que marchaba a su lado porque seguía practicando sin cesar los múltiples pasos del nuevo ballet que estaba aprendiendo. Jadeante se detuvo e interrumpió su alegría y volvió a susurrarme: “quiero que me recites un poema”. A lo lejos se escuchó la algarabía de los primeros estibadores que llegaban a la bahía. Alcancé a decirle lo de Pablo Neruda: “es tan corto el amor y tan largo el olvido”. Repitió esa frase como una letanía: “es tan corto el amor y tan largo el olvido; es tan corto el amor y tan largo el olvido”….. Quedó en silencio. En la lejanía se escuchó toser la sirena del buque que partía con los turistas extranjeros que hacía unas horas buscaban desaforados al proxeneta de turno. La brisa y las estrellas que parpadeaban en el firmamento tenían una extraña quietud. El mar reventaba con furia en los acantilados convirtiéndose en reverberante espuma. Estuvimos un rato con los pies sobre la baranda del muelle escrutando el horizonte negro y suave. Ahí hizo una pequeña confesión de porque admiraba la película el cisne Negro.

La verdad no sé qué podía hacer un aprendiz de poeta ahora con Natalie Portman (protagonista del cisne negro)  o qué putas tenía que ver el ballet con la poesía. En esas cavilaciones estaba cuando la aurora del nuevo día nos tomó por asalto. Era domingo. -Carajos – sí, era domingo  el día del Señor. Pensé. ¿Desesperada como la cenicienta que pierde su encanto volvió a preguntarme ¿cómo te llamas? ¿Qué haces? – Ahora con más premura- Después de acordar con ella y saber dónde vivía quedamos de vernos en la iglesia de nuestra señora a las 10 de la mañana porque era el sitio más cercano para ambos.

El Mesías de Handel sonaba en el ambiente. Un rayo de luz traspasaba el verdusco vitral donde la figura del jorobado de Notre Dame limpiaba las campanas. Natalie Portman hacía su entrada por la nave central de la iglesia. Llevaba puesto un vestido negro con escote en V, la imagen que tenía de ella ahora se me hacía más clara. Nada se parecía a ella. La que había conocido anoche. Su hermoso rostro ahora sin maquillaje era cubierto por un velo negro parecido a los que usan las viudas de la cosa Nostra. En su mano izquierda portaba un pequeño abanico y en la otra un devocionario sin estrenar, su taconeo y caminado de pasarela hizo que la vista de los presentes la siguieran. Las oraciones de esa mañana se convirtieron en murmullo. Cuando alzó la vista quedó sorprendida y cayó de rodillas ante la imagen de nuestra señora al verme recostado junto al altar enfundado en una sotana negra.

  • Ubaldo Manuel Dìaz, Sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca con el texto “las del otro lado”. Sinuano1817@yahoo.es
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