Griselda Rinaldi

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Tango, emoción, risa y poesía en una sola narración.

Por Carlos Polo

Griselda Rinaldi nació en un hogar donde el arte crecía al natural como hojas de hierba, allá, en la para nosotros lejana provincia del Chaco, en la ciudad de Resistencia en Argentina. Su padre un herrero artesanal que se la pasaba cantando tangos y milongas adoloridas, le transmitió el amor por la música de arrabal. Rinaldi creció escuchando el eco de la voz de su abuelo retumbando por toda la casa cuando cantaba en italiano sus canciones favoritas. A su madre la veía crear de la nada artesanías bien acabadas  y sacarse de la manga íntimos poemas que solo compartía con los suyos. No obstante, es de su abuela materna Ortencia, una contadora de historias nata, natural, de la que heredó el gen de la narración oral. Fue allí, en esa casa de artistas populares que  el discreto encanto del arte empezó a crecer dentro de su corazón.

“Mi abuela era una contadora de historias maravillosa, inventaba cada cuento, les ponía voces a los animales, tenía mucho humor, era sumamente picara para contar las historias”, asegura con esa voz cantarina y musical en donde no faltan los che y los vos.

Desde muy niña empezó a actuar para sí misma, se paraba durante horas frente al espejo, contó con la suerte de que su maestra de la escuela primaria le alcahueteaba esos arrebatos de actuar y de cantar.  Griselda vive convencida de que los adultos que nos rodean en nuestra primera infancia son los seres fundantes, por acción u omisión, de todas las cosas que vamos arrastrando de adultos.

Con apenas ocho años organizaba en el patio de su casa pequeñas obras, improvisaba un escenario encima de una mesa y los tiquetes de entrada los fabricaba con papelitos que extraía de sus propias libretas de apuntes que repartía entre sus compañeros de la escuela primaria. En ese patio antiguo, espacioso y fresco, como los de antes, como los que ya no existen ni van a volver existir, montó sus primeros números. Esa fue la génesis de esta artista integral que hoy en día canta, narra, actúa y se estremece bajo una luz cenital.

“Cesare Pavesse decía que ‘la infanciaֺ es el espacio de la vida en el que las cosas suceden de una vez y para siempre’ y a mí me sucedió de una vez y para siempre tener abuelos sumamente  narradores,  que narraban la vida, que inventaban historias, sobre todo mi abuela materna Ortencia, que desde que yo estaba muy niña me contaba historias”, dice Griselda con un tono de voz evocador, retornando a un pasado ya lejano, en donde empezó a construir los cimientos de lo que hoy es su personaje en este enorme teatro de la vida.

La joven Rinaldi sedienta de conocimiento ingresó a estudiar filosofía y letras en la Universidad Nacional del Nordeste, en el Chaco,  Argentina, luego estudió teatro especializado en comedia musical y para niños en Buenos Aires, después, el mismo camino de las palabras, la llevó hasta la orilla de la literatura. Luego de terminar ese periplo de estructuración personal, ese viaje de conocimiento en el que se había embarcado fue que se atrevió a narrar.

A los 22 años ya contaba cuentos por puro placer en las escuelas y en las fiestas infantiles que se daban en Resistencia. Luego de un concienzudo periplo de formación en diferentes talleres, a los 35 años empezó a contar profesionalmente. “Cuando quise profesionalizarme empecé a tomar clases con diferentes maestros en Buenos Aires, como por ejemplo Ana Bobo, Ana María Padobani, María Eguis y asistía cada año a la Feria del Libro donde se hacían cuatro días de jornadas con narradores”.

Con su grupo de artistas escénicos Ton y Son, fue que empezó hacer cuentos con músicos en escena y a presentar canciones que contaban y cuentos que se cantaban. Hoy en día  su forma de narrar incorpora distintos lenguajes que se amalgaman, dando como resultado una sola experiencia, por eso, al mirar directo a los ojos, a esta mujer de mirada profunda y severa, de golpe se pueden sentir los destellos de las luces del teatro, la melancolía del tango, la armonía  del canto, el rigor de la literatura, la exigencia de la actuación y en últimas, el gozo de la narración oral.

De Mil Amores, el espectáculo que trae para compartir con el público barranquillero en la versión número XXI de “el caribe cuenta”, transita un hilo conductor que es el amor y viene condimentado con el melancólico sabor del tango. Esta puesta en escena inspirada en algunas obras de Ángeles Mastreta, Isabel Allende y Julio Cortázar, está poblada de guiños que hacen alusión al buen sentido del humor y a la conciencia de género.

A Griselda la define una sola palabra y esa es la pasión, tiene claro que el espectáculo perfecto no existe, pero esa no es razón alguna para no intentarlo cada vez que pisa un escenario, su búsqueda personal, su Santo Grial, sigue siendo ese espectáculo único que se da cuando acontece la emoción, cuando acontece la risa, en últimas cuando acontece la poesía.

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