Los bolis de Calimero

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De Venezuela para el mundo.

Por Andrés Ibáñez

Cuando ya ha pasado el último bus y las calles están solas, cuando el cantar de los grillos es la música de la noche, cuando la brisa aparece después de varias horas ausente, ahí está él, con la vista roja y caída, pestañeando cada tres segundos, con el cuerpo adolorido y una sonrisa en el rostro como respuesta a las carcajadas de su hija Génesis, de tan solo unos meses de nacida, una niña que heredó los ojos claros de su mamá y que acostada sobre las piernas de él se deleita y juguetea. Génesis no piensa en dormir, es inocente de la hora, el reloj marca las diez de la noche. A él no le molesta, no hay cosa que lo haga más feliz que contemplarla.

Fernando Gonzáles está próximo a cumplir un año de vivir en Barranquilla, su lugar de origen es Maracay – Aragua,  la ‘ciudad jardín’ de Venezuela. Decidió dejar su país por la reconocida crisis que se vive, esa situación que pocos comprendemos y que en ocasiones se nos hace difícil tolerar. Con un grupo de amigos, “Calimero” (apodo dado por sus conocidos por parecerse a una caricatura) viajó primero hasta Maicao y de ahí hasta ‘la arenosa’, le hicieron vivir un “enamoramiento geográfico”, pero al llegar a su destino nada era tan perfecto como se lo habían pintado.

¿Cuál fue su primer empleo en Barranquilla? 

En un lavadero de carros, de 7 de la mañana a 8 de la noche, ese era mi horario, y por cada lavada me ganaba el 35% del costo total, o sea, $3.500 de $15.000, las semanas buenas me salían a $220.000.00 pesos y las regulares como a $120.000.00.

En aquél local todo iba bien, para Calimero las horas de trabajo eran lo de menos porque el sacrificio le resultaba un placer con tal de llevar un bocado de comida para su familia, pero llegó un día en el que su paciencia colapsó, todo gracias a los malos tratos de la hija de su jefa. No fue nada agradable que aquella muchacha le recordara cada cinco minutos de una forma inapropiada a la mujer que lo trajo al mundo, y que además renegara del desempeño de Gonzáles, quien daba lo mejor para mantenerse en el trabajo. Esa noche llegó triste a su casa, conversó con su compañera como de costumbre y tomaron una decisión.

En Noviembre del año pasado nos regresamos a Venezuela, sabíamos que no era lo mejor porque allá la comida está muy cara, pero nos tocó. Al verme sin empleo estable nos pusimos a pensar que por lo menos en nuestra tierra podíamos estar tranquilos y que nadie nos iba a humillar.

El arriendo no se hizo esperar y el cobro de la arrendataria tampoco, Calimero no trabajaba en el lavadero y los recursos empezaron a agotarse, así como se agotaron sus ganas de estar en la puerta de oro de Colombia, ciudad que la familia de Gonzáles empezó a ver como las puertas de cobre, por la sensación de frustración del momento.

Estando en Maracay las cosas no fueron diferentes a como las imaginaron, la comida estaba escasa y la poca que había a disposición tenía un costo muy elevado, los medicamentos no se conseguían, las protestas se hacían sentir día y noche y la inseguridad les robaba el sueño a todos. La incertidumbre les consumía, el desespero les carcomía la cordura, entonces, emigrar de nuevo hacia Colombia fue la única salida que encontraron.

“Le dije a mi compañera que nos regresáramos porque la vaina estaba demasiado ruda, mi mentalidad era conseguir otro empleo urgente”

En febrero del presente año vuelven a Barranquilla. Una amiga de la mujer de Fernando lo recomienda con una señora que tenía un negocio de bolis para vender en las calles; si, así como usted lo lee, esa era la oportunidad económica que se le presentó a Gonzáles para poder pensar en mantenerse en la ciudad, pero sus clientes empezaron a quejarse de la calidad del producto que Calimero vendía, los compradores bajaron.

“La gente se estaba quejando muchísimo por los bolis, las ganancias para mí eran muy bajas, y sinceramente el producto era muy caro. Lo que la gente quería era que el precio fuera consecuente con el tamaño y el sabor. Me puse a analizar la cuestión y me conseguí un capital para montar lo mío”

En la mañana del día siguiente cogió su bicicleta, la nevera de icopor y partió. Su punto de salida es desde el semáforo que está frente a la iglesia San Judas Tadeo (Cl. 85, Siape) hasta Las Flores. Todo este recorrido lo hace por los andenes de la vía 40, su clientela son los obreros que remiendan el asfalto, los camioneros que van y vienen de las diferentes empresas de industria, los choferes del transporte público, taxistas, mototaxistas, y los transeúntes. Cuando son las 12 del medio día, Fernando Gonzáles regresa a la pieza donde vive arrendado, una vivienda de ambiente familiar ubicada en el barrio Tres Ave Marías, a las 2PM vuelve y sale, transita las mismas calles de la ruta que hizo en la mañana y regresa a las 5 de la tarde (o antes) con la nevera vacía.

¿Cuántos bolis vende diariamente?

Vendo 100 bolis aproximadamente

¿Hay bolis en Venezuela?

Allá lo más parecido se le llama << helados de teta>>, porque la forma que tienen es como el seno de una mujer. Sinceramente yo en Maracay nunca vendí nada de eso, porque me dedicaba a conducir y a la mecánica, pero mira como es la vida.

 ¿Qué le han dicho sus conocidos?

Muchos creen que los que estamos acá en Colombia somos millonarios o cosas así, pero por culpa de otros venezolanos que les gusta presumir lo que no tienen. Acá uno pasa mucha roncha porque de por sí las oportunidades no es que estén de sobra. Uno mismo es el que se va abriendo camino.

A las 6 de la tarde Fernando devora la comida que le preparó su esposa, luego se reposa durante media hora, verifica las frutas, ingredientes y demás implementos que le hacen falta para ponerse a hacer los bolis. A las 9 p.m, cuando ya está todo preparado para empezar, Génesis suelta en llanto, su garganta pareciera desgarrarse por el tono colorado de su piel y la respiración entrecortada que le causa el estar agitada. Despierta furiosa de un sueño que inició en horas de la tarde, Fernando entretiene a su hija mientras que su mamá le prepara el alimento. Cuando Génesis vuelve a conciliar el sueño ya son las 11 p.m, a esa hora le toca a Fernando alistar licuadora, colador, recipientes y demás, para fabricar los bolis más coloridos y apetecidos del sector, que llevan en su hielo la dureza de todas las puertas que el padre de Génesis tumba cada día para volver a empezar.

 

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