La violencia, como Dios, anda en el aire

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A Juan Bautista le pasó en la Ciénaga Grande de Santa Marta lo que a Juancho Polo le pasó en Flores de María.

Por Andrés Ibañez.

La piel de Juancho se tornaba mas oscura de lo normal, las secuelas de la temperatura en su cuerpo se notaban a simple vista. Eran las cuatro de la tarde, la brisa de momento era casi nula, a los árboles se les veía frágiles, huesudos, como si las hojas secas en las ramas y a su alrededor fueran la piel cayéndose.

No queda rastro del lugar en el que los nietos de Juan Bautista Pertuz crecieron felices, nadando de un lado a otro en las aguas dulces de los estancos artesanales que en principio eran para cultivar a los peces. Jugaban a conducir las canoas con troncos de aproximadamente tres metros de largo. Era un sitio único, con mucho por explorar del que hoy solo queda una fosa.

El criadero del señor Juancho tiene casi 18 años de haber sido construido, sus hijos le colaboraron para ello.  Después del capítulo tan desagradable que toda su familia tuvo que pasar en el corregimiento de Nueva Venecia, una masacre liderada por un grupo al margen de la ley, tuvieron que salir de sus casas despavoridos para no correr con la misma suerte de los demás.

Fue difícil rehacer su vida, pero Ciénaga – Magdalena recibió a todas estas víctimas del conflicto armado que se ubicaron en su mayoría cerca a la famosa laguna que conduce a la Ciénaga grande, sector conocido como “El Playón”.

En ese lugar muchos construyeron casas de madera para poder tener dónde dormir, otros debido al trauma de la situación vivida decidieron cambiar de oficio, dejar la pesca de lado y rebuscarse en otras ocupaciones para poder estar tranquilos, para sentir lejos el recuerdo de las cosas que quedaron en el Corregimiento del que tuvieron que huir para salvarse.

Todas las mañanas Juancho se toma un tinto para activar sus energías. Mientras realiza esta actividad en el radio suena una de sus canciones favoritas, Alicia Adorada, de Juancho Polo Valencia. Cuando la canción va por la mitad al igual que el movimiento de su brazo para dar un sorbo al café, Juan Bautista se detiene y dice:

“Yo a veces me pongo a pensar que Dios existe es porque uno quiere, porque uno habla con él, pero date cuenta que uno le habla y le habla y él nunca responde…”.

Hubo silencio.  

“Aquí lo que hay es gente que usa el nombre de Dios para cometer sus barbaridades, me causa curiosidad que él siempre tiene algo que resolver cuando alguien lo necesita. Que me perdone por pensar así, pero yo no creo que este dolor sea justo para quienes lo hemos vivido, como dicen por ahí <<nadie conoce la gotera de la casa ajena, solo el que lo vive”. 

Juancho Polo lloró hasta no poder a su Alicia Adorada. Juan Bautista lloró la masacre hasta llenar los estanques en su criadero que ya había secado el verano. Juancho Polo vivió en Flores de María, Juan Bautista vivió en Nueva Venecia, los dos pueblos golpeados por la violencia, los dos pueblos arrojados al olvido.

Juancho tiene la esperanza de que se le dignifique por medio de la Ley de Víctimas, pero a la vez siente mucho miedo porque sabe que hay una bestia  que despierta sedienta de poder que no sólo busca la sequía de lo que le rodea sino la ausencia de la justicia; tiene miedo de que vuelvan las masacres, de volver a tener que dejar todo lo que con tanto trabajo ha construido, tiene miedo de que vuelva la impunidad, si es que acaso algún día todo esto se fue.

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