Apología del derrotado

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Antes de los partidos , los colombianos solemos creernos los reyes del fútbol; y al final de ellos, terminamos siendo los reyes del condicional: “Si hubiéramos, si tan solo, si fulano de tal”.

Por Ever Mejía

We lost, nous avons perdu, wir haben verloren, 我々は失った o perdimos.

Cuando termine la noche del 15 de julio, los nacionales de 31 países habremos pronunciado la palabra en cualquiera de los idiomas. 179 naciones más ni siquiera clasificaron a la jerga mundialista.

El sistema es demoledor. De otra forma no funcionaría. Cuatro años de espera, la expectativa al máximo, los mejores enfrentándose por ver quién es el mejor, el de verdad. Vencedores o vencidos. El escritor Jorge Luis Borges decía: “No sé si el fútbol le interesa a la gente como deporte o como generador de que alguien gane o de que alguien pierda”.

Para ser el ganador, el privilegiado, el superior a todos los demás, el único que no pronunció la palabra “perdimos”, se necesita mucho esfuerzo y trabajo, pero sobre todo que se alineen todos los astros: que los jugadores lleguen en buen nivel, que no se te lesione la figura del equipo, que el árbitro no te perjudique y muchísima suerte en el área de enfrente y en la propia.

Es curioso que los astros solo se le han alineado a ocho naciones: Brasil (5), Alemania (4), Italia (4), Argentina (2), Uruguay (2), España, Francia e Inglaterra (1). El G-8 del fútbol, como en geopolítica. La repartición de talentos en este deporte fue poco democrática: los mejores suelen estar en ocho naciones.

Así que, como los perdedores somos mayoría, encontramos motivos para celebrar, triunfos que en ojos de los verdaderamente ganadores serían absurdos. El caso de Panamá es ilustrativo: sus jugadores celebraron su único gol, a pesar de antes haber recibido seis, en el estadio se escuchó el grito en las tribunas y nadie les quitó la sonrisa al autor del tanto Felipe Baloy y a sus compañeros. Tanto es así que a pesar de haber perdido todos los partidos disputados, cuando los jugadores llegaron a Panamá fueron recibidos en caravana por cientos de compatriotas que los veían como héroes de la patria.

Conocida también es la historia de El Salvador en 1982 cuando celebraron su único gol en mundiales. El gol unió por un instante a un país que disputaba una profunda guerra civil. El registro quedó en la memoria histórica de la nación. Ellos se sintieron triunfadores, los once goles que recibieron de los húngaros fue anecdótico.

El caso colombiano

Si aterrizamos el fenómeno al caso colombiano encontraremos abundante material. Fue histórica la “remontada” en el mundial de Chile 62: cuando perdíamos 4-0 contra la Unión Soviética y logramos empatar el partido. Y aunque solo se trató de un empate, fue la más grande victoria de nuestra selección por muchos años. En las letras de la camisa de la Unión Soviética estaban las siglas “CCCP”, algunos compatriotas de agudo ingenio las descifraron así: “Con Colombia Casi Perdemos”. Incluyamos a eso el único gol olímpico que se ha marcado en los mundiales, Colombia lo hizo en ese partido con la pierna derecha de Marcos Coll.

Uniforme de la Unión Soviética en 1962

De aquel entonces han pasado 56 años, y a pesar de alguna eventual victoria, nuestro destino parece condenado por las palabras “perder es ganar un poco”.

Aun así los colombianos a veces nos ilusionamos y nos creemos capaces de vencer al que nos pongan en frente. En este mundial, con la clasificación de Colombia a octavos, algunos hacíamos los cálculos más optimistas. Nos tocó el lado más fácil, este es nuestro mundial, tenemos más equipo que nuestros rivales, nosotros tenemos mejor fútbol, James, Falcao, Mina. Los colombianos antes de los partidos solemos creernos los reyes del fútbol y al final de ellos terminamos siendo los reyes del condicional: “Si hubiéramos, si tan solo, si fulano de tal”.

Instantes después de la amargura que causa la derrota, los colombianos empezamos a darnos ánimos. Nojoda, pero jugamos bien, lo entregaron todo, los teníamos pariendo, se salvaron, cinco minuto más y era nuestro. Entre unos y otros nos damos aliento, y al final de la noche ya no estamos tristes, sino orgullosos. Solemos llegar a la conclusión de que “jugamos como nunca y perdimos como siempre”.

Los colombianos somos ficcionadores natos, logramos crear imágenes mentales de lo que hubiera sucedido si, por ejemplo, James no se lesionaba o si Bacca metía el penal o si el árbitro hubiera pitado gol o si la bola no pegaba en el palo. Lo único que le queda al derrotado es lamentarse y ficcionar, imaginar cómo hubieran sido las cosas si no hubieran sido como sucedieron en la realidad. En una ocasión, en Barranquilla, la ficción llegó tan lejos que se confundió con la realidad. Los hinchas no imaginaron cómo sería si el Junior hubiera ganado, sino que hicieron la suposición de que sí había ganado y se tomaron las calles de la ciudad celebrando el falso triunfo.

Noticia del periódico El Tiempo

Borges pensaba en la posibilidad de crear un juego en el que no se ganara ni se perdiera. Con Borges muerto, alguien debería retomar la tarea o por lo menos hacer del fútbol un deporte donde prime más la belleza y menos el resultado. Los colombianos lo agradeceríamos, son muchos los que solemos afirmar que si en el fútbol los arcos fueran paisaje, mera decoración, tendríamos al menos un par de campeonatos del mundo.

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Ever Mejía González

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