Tres noches de Alientos Indecentes

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Un par de putas y un cabrón me abrieron las puertas de sus almas en un teatro de Bogotá y en las calles de su vida. Yo también les abrí la mía.

Por Jorge Mario Sarmiento Figueroa

La primera vez que vi y escribí sobre Alientos Indecentes, en Barranquilla se había armado una alharaca porque algunos líderes del periodismo local denunciaban sordidez en varias escenas de esta obra teatral. La calificaban de pornográfica.

En aquel momento me centré en preguntar cómo se puede hacer denuncia o crítica de una obra de arte sin siquiera haberla visto ni cumplir, al menos, el rigor periodístico de contrastar fuentes.

Alientos Indecentes era entonces, en el año 2014, el resultado de un proceso académico de la asignatura Creación Colectiva, de octavo semestre del programa de Arte dramático, de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico. Estaba en fase de ensayos y aún no se había estrenado.

Ahora vuelvo a escribir sobre ella. Pasaron cinco años, sus protagonistas han crecido en formación y vida. En ambas se abren camino.

La obra la montaron esta vez en la capital para tres presentaciones en días consecutivos en Ensamblaje Teatro. Lo hicieron por su propia cuenta y riesgo, herederos de la orientación de Darío Moreu. Ya no está Clara, en su lugar entró Tatiana Agudelo. Siguen Paola Díaz y Steven Arzuza.

Sus personajes, demacrados en la tragedia que sucede todos los días en los callejones de cualquier jungla y que termina en cuartos de mala muerte, ya no son criaturas de pichones de artista que se esmeraron en Barranquilla por recrear prostitutas y cabrones verosímiles del mundo bukowskiano. Ya rompieron el huevo y sus creaciones son personas. Tanto, que a Steven le duele comer.

Salió en los huesos a las tablas. Mareado. No desayunó, no almorzó. El primer coctel de humo y ron lo tiró a la colchoneta y lo puso a contorsionarse como el gollum Sméagol, apenas apto para balbucear los parlamentos extraídos de cuentos del realista sucio que heredamos de Los Ángeles. Nada peor, nada mejor, para ser un humano y un adefesio en manos de putas que no saben salir de los brazos de un cabrón.

Ahora en Bogotá esos personajes son la vida que se duele de los hombres y mujeres que la usan como objeto, lo mismo para el deseo que después para lo deshecho. Pero esta vez no fueron cuerpos protestando, son el alma desgarrada.

Alientos Indecentes atravesó el pudor y la lasciva de las formas para mostrar de la manera más cruda la poética tragedia de este mundo, el fondo donde no se violan cuerpos sino almas, donde lo placeres se venden como migajas de alegría en ruinosa soledad.

En la noche, bajado el telón de la obra y como si nada hubiera terminado, nos fuimos adonde conviven los actores en la ciudad de las calles frías, a cantar con las gargantas roncas nuestras historias más reales, las que nunca se subirán a las luces del teatro y que sin embargo son la sangre de donde beben las putas y cabrones de Alientos Indecentes. Steven logró cenar.

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Acerca del Autor

4. Jorge Mario Sarmiento Figueroa

Editor general de Lachachara.co y gestor de proyectos de la Fundación La Cháchara. Ejerce el oficio periodístico desde niño, combinado en la actualidad con la docencia universitaria, asesorías en comunicación para personas y organizaciones. También practica manifestaciones artísticas como la poesía, la pintura y la realización audiovisual. Email: jorgemariosarfi@gmail.com Móvil: 3182484320

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