Nuestra cantora se llamó Edna Guerrero

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Prepara el corazón para este lamento, esta historia es tuya, un canto para la voz de La Magdalena.

Por: Luis Mallarino
luis.mallarino@gmail.com

«Nuestra cantora se llama Josefina.

Quien no la ha oído, no conoce el poder del canto. (…)

Con su desaparición desaparecerá también la música

—quién sabe hasta cuando— de nuestras vidas». Kafka

Si a alguien se le erizaba la piel al otro lado del mundo sin razón aparente era porque ella había tarareado dos notas entre nosotros. Si se rompía la cuerda de un laúd olvidado en una habitación antigua, ella había empezado a sonreír en el escenario. Si el vino en las copas crecía uno o dos dedos, ella había alcanzado una nota que no estaba en los contrabajos ni en los ruiseñores. Nuestra cantora se llamó Edna Guerrero. Todos los pianos del mundo le fueron insuficientes.

Edna Guerrero, nuestra cantora. Ilustración por Linda Montoya. Mayo de 2018.

La veo ahora en la plazoleta de la Universidad del Atlántico cuando era una estudiante de ingeniería. La veo en Lunabril cantando La maza ante una muchedumbre a punto de inclinarse o llorar. La alcanzo a ver en La Cueva (los vasos tiemblan, los meseros equivocan los pedidos y entregan un Daiquirí en la mesa que esperaba, quizá un Martini). La veo en “La noche del río” con el río revuelto en la garganta. La veo en el balcón de un hotel de Ibagué, una noche de 2008, con los integrantes del coro de la Universidad del Atlántico. Ese año, bajo la dirección del maestro Eleazar Torreglosa, vencimos a los ibaguereños en su propia casa. Ganamos el Concurso Nacional Ascun Cultura, y yo gané un concierto gratuito de Edna en aquel balcón.

Coro de la Universidad del Atlántico. Edna guerrero, tercera de derecha a izquierda. Año 2008.

La escucho aún en los pasillos de la escuela de Bellas Artes. Entre esas paredes que ahora con más razón se irán al derrumbe sin remedio, aunque antes habían aguantado varias veces el temblor de abrazarnos a las canciones de La Magdalena (nombre de su proyecto musical junto a Milo Romero, percusión; Roy Sampayo, cello; y Jonathan Cabrera, en la guitarra).

Soprano lírica, poeta, cantadora del caribe colombiano, compositora, musicalizadora de obras teatrales, Dido en la ópera Dido y Eneas, egresada del programa de Licenciatura en Música de la Facultad de Bellas Artes, docente de canto de la Universidad Reformada, dibujante. Una especie de milagro del aire que anduvo entre nosotros como si nada durante poco más de treinta años y nos regaló, entre tantas otras cosas, esta pieza de valor supremo:

Intento reconstruir las escenas de las pocas veces que la tuve cerca; busco la primera y caigo siempre en la plazoleta de la Universidad del Atlántico. Estamos sentados junto al lago y no estamos solos, pero por más que hago esfuerzos, el rostro de los otros ha desaparecido. Sospecho que ella acaba de cantar y que yo leí poemas en uno de esos eventos espontáneos en pro de alguna revolución fallida. Sospecho eso porque ya sé que canta y, además, me siento con derecho a hablarle. Le pregunto por qué estudia ingeniería y se le empaña el rostro. Errores de la vida, anota con sarcasmo, y adivino que está cansada de la misma pregunta. Intento consolarla con alguna tontería, y ella agrega que el ser humano se inventa consuelos hasta en las circunstancias más terribles. Pienso que mi propia vida es un consuelo vano, pero no se lo digo. Poco tiempo después, como si el río Magdalena recobrara su curso, ella abandona los estudios de ingeniería por los de música.

«Con las ganas que tengo de abrazarte,
mis pies corren huyendo de ti.
Tú que tienes más tesón,
aquiétame.
En tus ojos se acaban las preguntas
y aparece el mundo nuevo también.
Tú, que eres mi inspiración,
guíame.

Hagamos brillar el sol de amor sincero
y, abrazándonos, hagamos un temblor;
yo que tengo de los pájaros, el cielo;
tú que tienes de los días, el color;
yo tengo pluma y cincel en una mano;
tú en la punta de la lengua, la verdad;
y tú que eres un milagro…»

Edna Guerrero en Pueblo Santo y la Magdalena. Foto: Juan Martínez Janna

En la escuela de Bellas Artes, si había dos músicos reunidos en un rincón, el nombre de Edna no tardaba en aparecer. Los estudiantes hacían entonces un silencio de redonda en señal de respeto, y luego seguían con el ensayo. Esta especie de rendición ante su talento la presencié en su máxima potencia el día en que ella llegó a “Lunabril”, aquel bar bohemio, en medio de un homenaje a Silvio Rodríguez.

Corría el año 2011. Con un grupo de amigos habíamos organizado el evento sin alcanzar a prever su magnitud, no teníamos presupuesto ni patrocinio; solo queríamos una excusa para tomar vino y enloquecer. Casi puedo sentir otra vez la sensación de felicidad en el aire: El lugar está a reventar, da la impresión de que toda la ciudad se ha instalado ahí dentro. Hay más de veinte artistas programados para presentarse, algunos son poetas, también hay músicos y cantautores. Ella no hacía parte de nuestros planes; no nos atrevimos siquiera a invitarla. Nuestro evento estaba, a todas luces, muy por debajo de su talento. Entonces sucede lo impensable: La Magdalena llega a media noche al bar como una cliente más y ya nadie quiere cantar. Los que minutos antes se peleaban el turno del escenario han empezado a mirarse entre sí, expectantes. Son minutos de una tensión plácida, tierna. Desde el micrófono por fin alguien —quizá yo— anuncia su arribo. El público la aclama y ella, sonriente, se deja aclamar. En pocos segundos la tarima está despejada para que Edna abra su boca y nos quite en el acto, a todos, la ilusión de creernos cantores.

Edna Guerrero – Un día contento – Foto de Roberto Camargo

Hace tres años la tuve cerca por última vez.

Con un presupuesto irrisorio, se me había dado ahora por organizar un concurso de canciones inéditas.  Publiqué las bases y supliqué en silencio a todos los dioses que Edna se inscribiera. Y los dioses —los mismos que envidiaron a Dido— concedieron la petición.

Una canción desesperante llegó al correo electrónico del concurso. Era una pieza espléndida a guitarra y voz. Tuve que haberla escuchado más de veinte veces el día que la conocí. Era mi ganadora indiscutible incluso antes de oír las demás, pero los jurados eran otros. La canción quedó entre las seis finalistas. Un concierto en vivo iba a definir al ganador.

Cruzamos varias palabras por esos días; palabras que ahora puedo releer gracias al milagro de la tecnología. Alcancé a expresarle (y me consuela, aunque sea en vano) toda la admiración que sentía por su música. Le hablé del valor universal de algunas de sus piezas y de lo fácil que se le daba la poesía. Ella se limitaba a agradecer con caritas felices.

El día del concierto se presentó sola, desganada; el guitarrista le había cancelado a última hora y no podía ocultar su decepción. Propuso declinar su participación y rechacé en el acto su ofrecimiento. Le sugerí que cantara a capela y rechazó en el acto mi ofrecimiento. No había tiempo para discusiones. Estaba programada para abrir y el público esperaba incómodo. Subí a la tarima sin saber qué iba a pasar. Respiré profundo y la llamé al escenario con el riesgo de empeorar las cosas. Ella me juzgó con la mirada pero me hizo caso; tomó el micrófono y por poco revienta la cristalería del bar con su canción. Nos regaló así, durante cinco minutos, la sensación de creernos inmortales.

Concierto final luego del veredicto, año 2015. Foto: Eliza García.

Los jurados no coincidieron conmigo. Orito Cantora se llevó el galardón y en realidad, ahora que lo miro sin apasionamientos, era casi imposible poner una canción por encima de otra. Quizá debí haber declarado un séxtuple empate. Precisamente, la fiesta que se armó al final del evento reflejaba eso: un triunfo general. Los concursantes se olvidaron pronto del veredicto y cantaron juntos en tarima. Esa noche en La Cueva, por fin y por primera vez, todos teníamos la razón.

Ese mismo día decidí lo que ahora parecerá quizá una mentira extraordinaria: que el concurso debía convertirse en festival y que ese festival tendría que llevar la imagen de Edna en el afiche. La idea quedó en bocetos porque los patrocinadores nunca llegaron, porque la vida es el boceto de algún dios caprichoso que deja todo a medio concluir, o porque me ocupé, tal vez y como siempre, en cosas sin importancia alguna; pero ella se enteró en aquel entonces de la idea y alcanzó a expresar lo mucho que le alegraba. Eso también me sirve ahora consuelo, aunque el ser humano se invente consuelos hasta en las circunstancias más terribles.

La Magdalena en grabación. foto de Simón Sanchez Sotomayor

Sus últimos meses de vida y su enfermedad se mantuvieron casi en secreto la mayor parte del tiempo. Las noticias alrededor de su estado de salud eran siempre una especie de canción incompleta. Los conciertos de solidaridad prendían alarmas y rumores, pero no había certeza alguna.

Diez días antes de su fallecimiento me llegó un audio al celular: Edna cantaba con voz adolorida (el ruiseñor / unos días viene, / otros días no). Parecía el canto de alguien que se levanta de los escombros luego de un temblor causado por su propia voz. Lo interpretamos como una esperanza, una señal de que la muerte también estaba rendida ante su voz. Interpretamos mal. Ese canto resultó ser su despedida.

Adios, édniqus, Edna, Magdalena, María Morena, ¡cómo te queremos!

Apuntes de ideas y bocetos para imagen de festival “Josefina la Cantora”. Junio de 2016. – Ilustraciones por Linda Montoya Vega.

*Esta crónica de Luis Mallarino fue publicada originalmente en la revista La Lira.

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