El animal moribundo

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La semana anterior murió Philip Roth, otro gigante de la literatura norteamericana, quien utilizó la escritura para combatir los roles sociales.

Por Jorge Guebely

No cohonestaba con la cárcel de los comportamientos predeterminados. Un hombre, inmerso en un rol, deja de ser un ser humano para convertirse en máquina de reacciones configuradas. Cárcel donde el joven se comporta mecánicamente como joven y el viejo, como viejo. Sumisión que diseca el alma. Sin embargo, el eros lo puede rescatar de ese sepulcro social. “La sexualidad desarregla todo lo que arregla la mojigatería”, afirma uno de sus personajes.

Grandes sus novelas en la trilogía americana: “Pastoral americana”, “Me casé con un comunista” y “La mancha humana”. Grande también, muy grande, su novela “El animal moribundo”. Título surgido de los versos de Yeats: “Consume mi corazón; enfermo de deseo / Y atado a un animal moribundo / No sabe lo que es”. Inquietante historia del sexagenario profesor universitario, David Kepesh. Ser humano muerto en su rol profesoral, sepultado en sus conocimientos mediocres, con los que logra conquistar alumnas incautas. Dedicado a deambular de sexualidad en sexualidad, no supera los límites estrechos del placer biológico, ni toca jamás los territorios de la vida. Mediocre en el recinto universitario y en su función de crítico de arte brillante y vacío; muerto en el hogar con una mujer divorciada, un hijo complicado y una amante decadente, vive revolcándose en una soledad ácida.

Inmerso en esa convulsiva muerte humana, aparece Consuela Castillo, alumna de origen cubano. Incapaz de mirarla fuera del espectro sexual, surge con ella el erotismo real, erotismo a lo Freud, la sexualidad vivificante. Sexualidad que desciende a los infiernos para buscar a la bella Eurídice. “No importa cuánto sepas, no importa cuánto pienses, no importa cuánto maquines, finjas y planees, no estás por encima del sexo”, afirma Kepesh.

Y el cuerpo de Consuela se le convierte en sujeto de arte, en cuadro de Goya, en fotografías artísticas. La belleza de sus senos turgentes resplandece como dos puntos de rupturas en un universo oscuro. Luz erótica lo ilumina, de la que sólo hará conciencia cuando un cáncer destroza los pechos de Consuela. Y en el fondo de la crisis, la lucidez de la conciencia reaparece en el animal moribundo. De nuevo, el eros triunfa sobre el tánatos. Bello relato, auténticamente literario.

jguebelyo@gmail.com

“Elegía”, título de la película en la red basada en esta obra. En el guion participó Roth. Fue dirigida por Isabel Coixet y magistralmente protagonizada por Ben Kingsley y Penélope Cruz.

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