Los cuentos de Carlos Polo ya están en Barranquilla

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Lea aquí el primer cuento de la nueva obra de uno de los escritores más destacados del Caribe colombiano en la actualidad. 

Carlos Polo regresa al tinglado de las palabras con un libro que desde ya está dando de qué hablar. La más reciente de sus criaturas, el libro de cuentos o novela breve, como bien escoja el lector, Las malas noticias llegan primero, uno de los proyectos ganadores del Portafolio de Estímulos de la Secretaría de Cultura de Barranquilla, será presentado este jueves 17 de mayo, a las 6:30 p.m. en el Bar -Restaurante La Cueva (Cra. 43 No. 59 – 03).

A continuación el cuento La gran carrera, que abre el libro:

Por Carlos Polo

Por fin había llegado el día y el hormigueo que me había estado recorriendo el cuerpo cada cinco minutos, cada vez que se me venía a la mente la carrera, se había hecho mucho más intenso. Desde la cocina podía escuchar el tintineo de las ollas y a Lucha caminar del fregadero a la nevera y de la nevera a la estufa.  Cuando Lucha está en la casa se despacha con unos huevos revueltos bien sabrosos, bollitos calientes con la mantequilla derritiéndose en el lomo, pan, tocino carnudo que no se deshace en la sartén y un café con leche tierno y espumoso que sabe a felicidad.

Durante toda la semana no había hecho otra cosa que pensar en la carrera. Me imaginaba pedaleando veloz como una bala, como Meteoro, como Flash. Una y otra vez saboreaba en mi cabeza el contundente triunfo e imaginaba el premio: ¿Qué tal un helicóptero a control remoto? O un juego completo de detective con placa y esposas, un robot de esos que bota rayos láser por los ojos o un Capitán Centella en miniatura con su moto y todo.

Cuando terminamos de desayunar, con regaño incluido de Lucha porque no me comí todo el desayuno, un susto raro se me metió en el pecho y no me dejaba ni respirar. Me acordé que estaba solo, que no conocía a los demás competidores y que mi amigo Armando no había querido participar. Ese susto fue el que me quitó el hambre. El miedo es como una cosa pesada que te cae encima del pecho y te aprieta duro como cortándote el aire.

El espejo me devolvió una cara de susto que intenté cambiar riéndome solo como un loco. Ahí estaba ese pelao con ojos grandes  y como extraviados metido en un mameluco azul eléctrico, ese mismo que llegué a odiar con los años, las botas de caucho que por fin me habían dejado de apretar, las medias azules de nylon, el polvo blanco recubriéndome el cuello como una capa pastosa innecesaria y ese peinado a medio lado como relamido por la lengua de una vaca, que Lucha insistía en hacernos a mis hermanos y a mí. Así estaba vestido para la gran carrera y así sin ninguna prevención salté a la calle con el miedo mordiéndome los huesos, pero convencido de que volvería a mi casitarojadelavivienda, convertido en un campeón.

“Ya se tomó la pastilla”. “Sí”.

El barrio entero estaba de fiesta y podría asegurar que hasta el sol nos sonreía. El clima hacía ver los almendros, los matarratones, los robles y los palos de uvitas playeras reverdecidos y vitales. El parque estaba lleno de gente que iba y venía. Los papás tomaban cerveza al amparo de los palos de mango; las mamás no se despegaban de sus hijos más pequeños, correteándolos entre las ventas de dulces y los pulgueros. Los niños mayores jugaban fútbol a pleno sol en la  cancha de arena  del parque y, aunque era temprano, ya habían empezado a reventar los voladores en honor a la Virgen del Carmen.

A Lucha la piropeaban unos vecinos atrevidos. “Vecina, vaya por la orillita pa’ que no se me queme ni se quiebre”, decía el viejo Joaco mirando por el rabo del ojo  y bajando la voz para que su mujer no lo escuchara. Lucha solo sonreía y meneaba más sus prominentes caderas. A mí me encolerizaba eso sin saber a ciencia cierta por qué.

La mamá de Armando, doña Alvita, atravesó la calle halando la nave, el Mach 5. Cruzó un par de palabras con Lucha mientras yo miraba embelesado el bólido. Era el azul que me pega con la ropa. Pensé que estaba de suerte porque no me hubiera gustado que me prestara el rojo, porque ese era más viejo y estaba ya descascarado. Era la primera vez que iba montar el azul, porque hasta ahora a Armando no se la había pasado la fiebre y no me lo había querido prestar.

Cuando llegamos a la pista, esa que los grandes habían improvisado en la calle posterior, con señales de inicio y una cinta que marcaba la meta, empecé a sentir la mirada fija de los niños y de los papás. Estaba seguro de que algunos se burlaban de mi peinado y de mi mameluco azul. “Ese pelao está muy grande para competir en esta carrera”, creí escuchar esa frase suelta entre el público que comenzó a aglomerarse en la zona de partida.

Lucha no me decía esas cosas como “vas a ganar, tú puedes”, pero sí me acomodó bien las medias, el odioso peinado y me cogió a besos en la mejilla delante de toda esa gente que seguía mirándome raro.

Cuando subí al Mach 5, el triciclo azul de mi amigo Armando, volví a estar seguro de que iba a ganar, que era imparable como Superman. Entre el público, conformado por mamás, papás y otros niños que no quisieron participar, pude ver a mi hermano Xandro que me hacía la seña del bacano enseñándome el pulgar y el resto de los dedos apretados como un puño. Eso fue suficiente para que por unos pocos segundos me olvidara del miedo y de la piedra que me aprisionaba el pecho, incluso de las burlas de la gente que seguía mirándome raro.

Antes de empezar la carrera me di cuenta de que yo, era  más alto y más grueso que el resto de los competidores y que los demás estaban vestidos diferente, con  camisetas holgadas, pantalonetas y tenis de tela.

Cuando la corneta dio la orden de partida, el corazón se me aceleró como una moto pistera. Enseguida metí mis pies en los pedales con toda la fuerza y la velocidad que me permitía mi corazón y fue ahí donde me enredé por primera vez y en vez de avanzar con el grupo caí al piso y escuché las carcajadas de los presentes.

Me levanté, todavía convencido que iba ganar la carrera, que solo era cuestión de coger el ritmo y hacer que el Mach 5 empezara a volar. Avancé veloz un par de metros pedaleando con fuerza, con corazón, pero de repente mis pies se volvieron hacer un ovillo entre los pedales y volví a caer. Las carcajadas se volvieron a sentir…

Intentaba no levantar la cabeza, no mirar a nadie y tener los ojos fijos en los pedales y en la meta. “Saquen a ese pelao por la oreja”. “Pobrecito, déjenlo tranquilo hombre”. “Nojoda, semejante pelao grandote y hueva”. “¿Ese no es el hijo de la Mona?”. Los comentarios estallaban en mis oídos, pero volví a levantarme y a pedalear con los arrestos del alma, del orgullo, de la dignidad…

Cuando iba cogiendo de nuevo el ritmo y creía en serio que podía superar al puntero, el manubrio me jugó en contra y volví a besar el asfalto. En ese momento la carcajada fue unánime, completa y redonda, y ahí si me atreví a mirar al público y los vi doblados de la risa, señalándome como a un objeto, como a un trasto. Y aunque quería evitarlo con todas mis fuerzas, rompí a llorar como un bebé. Cogí a patadas al Mach 5 con una mezcla de odio y vergüenza y lo dejé tirado en medio de la pista y busqué el camino de vuelta a casa.

Atrás, como una canción triste de domingo, quedaron las risas del público, los gritos de Lucha llamándome y el estallido de júbilo que se produjo cuando el más flaco y el más chico de todos los participantes rompió la cinta de la  meta.

Ese día probé por primera vez el amargo sabor del fracaso y supe, como un golpe de intuición, lo que me venía cuesta arriba. De alguna manera todavía estoy en esa pista intentando sostenerme en el lomo de ese pequeño triciclo prestado del que todavía me caigo, me levanto, vuelvo a subir, dando pedalazos y bandazos,  con los ojos fijos y  centrados en la meta…

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Chachareros

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