La memoria del mago: los carnavales de Aníbal Velásquez – Crónica ganadora del Premio Ernesto McCausland

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Crónica sobre el artista que es sensación en cada Carnaval de Barranquilla desde hace más de medio siglo. 

Por Fabián Buelvas

La Noche de Tambó es el kilómetro cero del Carnaval de Barranquilla. La primera llama de la fiesta grande se eleva al cielo la noche del viernes en la Plaza de la Paz, donde se congregan aquellos que reconocen a la cumbia como la emperatriz de todos los sonidos. Los que llegan se abren paso entre los cordones de seguridad, los vendedores ambulantes y el trago que pasa de mano en mano como si lo regalaran, hasta llegar al corazón de la fiesta: la rueda de cumbia.

Esta noche hay más de mil bailarines. Muchos están vestidos como típicos cumbiamberos, a algunos les bastó con una falda larga y un sombrero cualquiera para meterse en el baile, y otros tantos no tienen ni falda ni sombrero. Todos, sin embargo, mueven sus pies al son de una misma música que emana del centro de la rueda, donde hay una tarima metálica. Sobre la tarima hay cumbiamberas, gaiteros y tamboreros siguiendo el mandato de un músico que toca acordeón.

El músico lleva puesta una camisa roja de lentejuelas, cuyo brillo es aún más intenso en contraste con el negro del pantalón y el sombrero. El reflejo de la prenda se puede ver desde cualquier lugar de la plaza, y bastan algunos pocos movimientos corporales para que la luz blanca se disperse por la camisa.

Mientras acomoda su acordeón, suelta una risa estridente. “¡Oye, pero qué belleza, de verdad!”, le dice a un público que no necesita de ninguna camisa brillante para saber quién es él. No hay carnavales sin su música, no hay emisora o picó que no lo programe y no hay barranquillero que no lo haya bailado. Aún así, el animador del evento cumple con el protocolo y lo presenta: “Es la sensación, es el mago del acordeón”, dice. El músico anuncia que tocará una cumbia, La negra Celina, se ríe una vez más y se apresta para empezar su show.

– Vamos a hacer todo lo posible para que salga bien esta vaina.

*

– Yo toco donde me paguen, hermanito

Sentado en un sofá blanco, Aníbal Velásquez intenta abotonar su camisa. Abajo lleva una franelilla blanca que no alcanza a cubrir los tatuajes de Jesús y la Virgen del Carmen que tiene en el pecho, sobre el que cae también una cadena con una cruz de oro. En su antebrazo derecho tiene dos tatuajes más: una cruz sosteniendo una corona, y otro con la frase Mi Dios todo lo puede, hecho apenas hace unos días. En el izquierdo lleva un retrato de sí mismo con el acordeón al hombro, mirando al horizonte. “Debajo del acordeón hay dos cayenas, la flor de Barranquilla”, agrega.

La camisa es azul rey con flores blancas y amarillas. Sus dedos gruesos, adornados con sendos anillos de oro, no le dan para cerrar los botones de una prenda que a todas luces le queda pequeña. “El bocachico me hizo echar barriga, por eso solo como pescado de mar”, explica antes de soltar una risotada. Tiene cinco dientes de oro tan llamativos como su risa, compuesta por breves carcajadas graves que lanza una tras otra, como si se ahogara con su propio ingenio.

Su bigote es una línea delgada sobre el labio superior, de un negro intenso que evidencia su gusto por el tinte. Aníbal dice temerle tanto a la vejez que si llega a ver una cana, o se la arranca o se la pinta. Su pelo no es algo que deje ver seguido porque acostumbra a cubrir su cabeza; hoy no lleva puesto alguno de sus seis sombreros vaqueros, sino una gorra multicolor. Es un hombre vanidoso, que habla de sí mismo con la satisfacción de aquel que cree tener la razón siempre.

– ¡Esta camisa me queda chiquita, Julieta, tráeme otra!

*

Aníbal Velásquez es una sensación incluso en su casa.

Aníbal Velásquez es una sensación incluso en su casa.

Cuando llegamos a su casa, a las dos de la tarde, recibía la visita de Lisandro Polo, Rey Momo del Carnaval de Barranquilla en 2016. Le trajo un retrato al óleo de medio metro de altura, en el que la cara de Aníbal se confunde entre un acordeón y un tambor alegre. La obra será la imagen del afiche de la vigésima cuarta versión de la Noche de Tambó, en la que será homenajeado por sus más de 60 años de vida musical. Aníbal toma la pintura con las dos manos mientras piensa en qué pared de su atiborrada casa pondría algo tan grande, más cuando todas están llenas de fotografías, posters, recortes de periódicos, diplomas y medallas suyas o de su conjunto. Al no dar con el espacio, deja el cuadro sobre la mesa y se sienta en el sofá. Le pregunto en cuántos carnavales ha estado.

– Desde que nací –responde de inmediato–. En los primeros me disfrazaba de burro, de toro, de mono… Cuando cogí la vaina de la música participaba en los carnavales, tocando en cualquier sitio que me contrataran. A veces iba de casa en casa, o me llamaban para sitios especiales. En ese entonces tenía conjuntos pequeñitos.

– ¿Cuál es el primero que recuerda?

– No me grite, me hace el favor.

Su esposa, Julieta Peinado, nos pregunta desde la cocina si queremos tinto. “¡Tres!”, grita Aníbal, antes de que la escritora Cristina Bendek, que me acompaña, o yo, alcanzáramos a responder. Julieta es serena como un manantial, distante de la personalidad volcánica de su marido, pero comparten el mismo sentido del humor. “Mijo, no les cobres menos de setenta por hora de charla”, le dice mientras reparte los tintos. “Eso es costumbre mía, yo siempre ando mamando gallo”, explica Aníbal.

– Una vez, por disfrazarme, me mordió un perro en la nalga. Tenía como once años, mi mamá me vistió de indio piel roja. Yo estaba en la casa haciendo mi bulla de indio, llegó un perro y ¡pam!, me agarró por la nalga. Ahí se me acabó el disfraz.

A mediados de los años treinta del siglo pasado, Barranquilla era una ciudad de 250.000 personas distribuidas en un puñado de barrios organizados casi espontáneamente para confluir en el río Magdalena, cuyo único atractivo era un pequeño carnaval del que hoy es la hora y no se sabe de dónde salió. Por ese río entraron la cumbia, el porro, el merengue, la puya, el bunde y el currulao, ritmos que sonaban con fuerza en los barrios populares, y que se mezclaban con aires internacionales del Caribe insular: la guaracha de Miguelito Valdés, el son montuno de Tito Gómez o los boleros de Barbarito Díez. El carnaval era una fiesta sin palcos ni vallas, gestionada por los mismos participantes y sin más reglas que llegar con vida al día siguiente. En esa ciudad, en el barrio San Pacho, nació Aníbal Velásquez, el miércoles 3 de junio de 1936.

*

– La primera vez que me gocé los carnavales como músico fue en una comparsa. Me contrataron, yo tocaba y ellos bailaban, pero no me quedaron muchas ganas de hacerlo de nuevo. Eso era muy cansón. ¿Tú sabes lo que es caminar un carnaval? Empezaba en la calle Belén hasta el mercado, luego dábamos la vuelta y cogíamos por la calle Soledad y regresábamos al mismo sitio. Y dele, y dele y toca y dele, los cuatro días.

Aníbal es de los últimos barranquilleros que menciona las calles por su nombre, un sistema de ubicación poco práctico pero más poético. Belén es la calle 15 y Soledad la 17, mientras que el mercado queda en la calle 30 con carrera 42, de manera que los carnavales para él significaban un recorrido de cuatro kilómetros a pie, bajo el sol, sin más tregua que la que daba su sombrero. En ese entonces era el acordeonero de Los Vallenatos del Magdalena, aunque a veces formaba grupos temporales para rebuscarse. El grupo desapareció en 1955 y Aníbal armó rancho aparte con su hermano Cheo, de quien jamás se separaría. Como solista le llegó la fama y el dinero: “Se vio bastante billetico”, dice.

Para los años sesenta ya era un músico reconocido y no había caseta que no lo programara. Durante décadas, las casetas fueron una atracción más del carnaval: enormes salones que aparecían poco antes de la Batalla de Flores y desaparecían el Miércoles de Ceniza, en las que sonaban los músicos del momento. La gente llenaba a reventar La Piragua, la del Hotel El Prado, Tres Esquinas, El Toro Sentao, El Salón Carioca, Mi Kiosquito, La Tremenda o La Guepajé. En esos lugares compartió tarima con Los Hermanos López, La Gran Orquesta de Porfi Jiménez, Pacho Galán o Nelson Henríquez.

– Eso eran llenos totales, hermanito, había que pedir permiso para entrar, mucha gente. Había un escenario para los músicos y silletería por todos lados, cabían miles de personas. La gente amanecía ahí, veías tú a la gente disfrazada tirada en las calles, borracha. Ahora no puedes hacer esas vainas porque te dejan sin disfraz.

En cada carnaval, Aníbal pegaba mínimo un disco. Ya había inventado su propia guaracha, más rápida y alegre que la versión cubana. También tocaba mambos, sones, paseboles, merengues y uno que otro vallenato, todos a una velocidad endiablada. Los mismos dedos gruesos que no le dan para abotonarse una camisa se expanden y se contraen a la velocidad de la luz cuando les da a sostener un acordeón.

– Todavía toco en casetas, pero en pueblos: Baranoa, Sabanalarga, Malambo. En Barranquilla ya no hay casi.

*

– ¿Dónde es que voy a tocar el viernes, mija? – grita mirando a la cocina.

Julieta Peinado se asoma y recita la agenda de Aníbal como si la estuviera viendo:

– En Candelaria el viernes y el domingo en Malambo–, precisa ella.

Julieta, la que maneja la agenda y el hogar del mago.

Julieta, la que maneja la agenda y el hogar del mago.

En Barranquilla, la música de Aníbal Velásquez es la expresión de una época pasada que amaga con regresar en dos periodos del año, cuando la tradición se envalentona y cree tener la fuerza suficiente para detener el tiempo: Navidad y Carnavales. En los pueblos, en cambio, lo llaman frecuentemente para corralejas o la fiesta de la Virgen del Carmen.

– Yo toco donde me paguen, hermanito ­–dice de nuevo.

Al hablar, Aníbal Velásquez da la impresión de que lo único que le interesa es la plata. Le da igual tocar en carnavales o irse para una fiesta de pueblo si allá pagan mejor. Cada vez que se refiere al dinero, su expresión se endurece y contrasta con la del Aníbal alegre que habla de los viejos tiempos.

– Para mí son una fiesta más –dice.

– ¿Es que los carnavales te dan igual?

Por la manera en que me mira, me da a entender que lo estoy malinterpretando. Su expresión cambia, se recuesta en el mueble y extiende los brazos sobre el espaldar. No sé si tanta seriedad repentina es sincera, o si está exagerando aún más su espíritu bromista.

– Claro que les tengo cariño, la alegría que yo les he puesto no se la ha puesto nadie. Siempre que llegan me pongo mi pinta de carnaval, chévere, y me cambio de sombrero. Para la Noche de Tambó ya sé qué ponerme.

Y como si se arrepintiera de lo que acaba de decir, repite:

– Pero para mí son una fiesta más.

En este punto se distrae. Ignora mis preguntas y me cuenta de la vez que tocó sin saber para un mafioso, de sus años en Venezuela, de sus estudios interrumpidos como médico o de su habilidad para la soldadura y la construcción. Mientras habla pienso qué tan libreteado es su discurso y de qué manera su verdadera personalidad se manifiesta entre sus palabras. Luego de unos minutos, sin que se lo pregunte, me resume su visión del carnaval de Barranquilla:

– Los carnavales están muy distintos. Antes te parabas en la puerta de la casa y veías pasar varios disfraces, a veces llegaba alguien disfrazado de toro y se metía en tu casa haciendo bulla. El carnaval se regaba en la ciudad, en las calles había comparsas. Ahora lo meten es en la Vía 40, imagínate. Antes eran del pueblo, pero pusieron eso en la Vía 40 para estar exprimiendo a la gente, hay que pagar una silla para sentarse, todo es pago, y eso no debiera ser así porque el carnaval es del pueblo. Yo siempre lo he criticado.

Aníbal no deja de ser un barranquillero octogenario al que le han quitado lo que era suyo. Los carnavales de su infancia ya no existen y los nuevos no le gustan, de manera que su motivación para vivirlos está más asociada al trabajo que al gozo. Suele tocar en Baila la Calle, o –por mas que reniegue– se monta en una carroza a animar la Batalla de Flores. Las fechas de sus conciertos no son anunciadas en vallas gigantescas, ni el público paga mucha plata por verlo. No hace falta, tampoco: su música será ubicua durante cuatro días, y da igual si es él quien la toca o si la hace sonar un picó.

– En la Noche de Tambó voy a tocar La negra Celina, porque es una cumbia –dice, y ahí mismo empieza a tararearla.

– ¿Y cómo es la pinta que te vas a poner?

Aníbal vuelve a desatar su risa incontrolable.

– No, hermanito, eso es callado. Ya tú lo vas a ver.

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