Fernando Vallejo. Una profecía cumplida

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Cuando Dante Alighieri escribió La Divina Comedia, incluyó como profecía a un escritor paisa que desde México tumba a la Puta de Babilonia.

Por Leo Castillo
El advenimiento del reformador de la Iglesia, que nacería en el valle del Aburrá, fue profetizado hace setecientos noventa años por Beatriz en la Cantiga Segunda, Purgatorio, de la Comedia del Dante. En efecto, la Musa del Dante dice en el lenguaje críptico de las profecías a su enamorado ch’io veggio certamente, e pero’il narro/ a darne tempo gia’stelle propinque,/ secure d’ogn’intoppo e d’ogni sbarro, /nel quale un cinquecento diece e cinque,/ messo di Dio, ancidera’ la fuia/ con quel gigante che con lei delinque, tercetos que Ángel Chiclana (Bogotá, 2001) ha traducido así: “pues veo ciertamente, y por eso lo refiero, algunas estrellas ya cercanas a un tiempo seguro de todo obstáculo y de todo impedimento, en el cual un quinientos diez y cinco enviado por Dios, destruirá a la ramera y a aquel gigante que con ella delinque”.
Chiclana recuerda que en notación romana este “quinientos diez y cinco”, DXV, traspuesto, DVX, significa capitán. Como se sabe, Vallejo es el campeón impenitente, imbatible, de los enemigos que el Vaticano se ha sabido ganar de México al norte de Sudamérica.
La profecía, pues, se ha venido a cumplir a asombrosa cabalidad. Los nativos de Medellín, coterráneos del plumífero que inspiró a Beatriz en el purgatorio estas palabras, no caben de contento en su pellejo prieto de bandeja paisa y ron de caña. No cualquiera es mencionado en la Comedia dantesca, apenas unos insignes pederastas, monstruos mitológicos del paganismo y algún que otro santurrón, como el autor mismo de esta inamovible catedral de la literatura del Medievo. Un motivo que excita el fervor de los lectores del capitán paisa es su emblemática modestia, que no de otra manera se comprende que, gozando de tan señalada alusión literaria y aún teológica, no sólo no blasone de ello sino que ni siquiera haya jamás hecho la más remota referencia a esta inclusión de su persona en tan grandiosa e inmortal obra del ingenio humano de todos los tiempos.
A Vellejo todo honor y toda gloria sean rendidos, y con él a la Iglesia católica, sin la cual su nombre no figuraría en la portada de ningún pasquín, libelo o injuria contra institución humana alguna: de la manera como sin Fidel Castro no habría un Montaner, no hay Fernando Vallejo sin catolicismo.
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