Nuestra precaria seguridad

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El escenario se ha complicado con este nuevo ingrediente del terrorismo político. Toca entonces rodear a nuestros gobernantes con firmeza.

Por Jairo Parada

Nuestros espíritus han sido sacudidos por los violentos atentados terroristas ocurridos el pasado sábado y en la madrugada del domingo, los cuales han golpeado duramente, no solo a la Policía, sino el alma de los ciudadanos de esta Área Metropolitana.

Desde hace años se ha sabido que el tema de la seguridad es crucial para la vida y competitividad de estos territorios, pero ya uno se pone nervioso cuanto altos funcionarios públicos nos dicen que la ciudad y el departamento están “blindados”. La verdad parece ser que, por la debilidad institucional de nuestros gobiernos territoriales y las limitaciones de nuestras fuerzas policiales, no estamos blindados ante nada.

Lo saben los ciudadanos todos los días atracados en los buses, en las calles, asaltados en sus vehículos y viviendas. Comerciantes y guardianes armados han sido asesinados rápidamente en los atracos. Ahora, para completar, parece ser que el conflicto armado aún vigente con organizaciones terroristas urbanas se vino a Barranquilla, para afectar las mismas festividades del Carnaval, para recordarnos en qué clase de país vivimos, donde muchas fuerzas de extrema derecha y de extrema izquierda conspiran contra la necesidad de la paz.

Deseamos pasar la página de la violencia, pero dichos grupos -con vinculaciones políticas diversas- no desean que nuestras decisiones colectivas venideras se tomen en función de los programas y propuestas. No. Se trata de llenarnos de miedo, de asustarnos para buscar redentores de mano dura que nos puedan salvar de la debacle, precisamente cuando en la semana que pasaba vinieron candidatos presidenciales alternativos a presentar sus ideas en la ciudad.

No podemos permitir que el oportunismo político se apodere del rechazo que han causado estos terribles acontecimientos. Hace tiempo que ya no somos el territorio ni la ciudad de la paz, pero las cosas sin duda han empeorado a pesar de los dedicados esfuerzos de nuestras autoridades políticas y policiales. En el pasado diciembre, me asombraba yo que Argentina estaba escandalizado porque habían asesinado a un padre de familia, quien sacó a su hijo el 25 de diciembre cerca de Ezeiza a manejar una tricimoto, por arrebatarle el vehículo al niño fue asesinado. En Barranquilla estamos acostumbrados a que cada fin de semana caigan bajo las balas cinco o seis ciudadanos por diversas causas. Ya nos parece natural. Pero en el fondo lo que pasa es que nos hemos acostumbrado a vivir en medio de una sociedad que parece una jungla, donde todo es posible.

Las razones de los crímenes en el área han sido estudiadas profundamente por especialistas, dejando en claro que obedecen en su mayoría a la presencia de fuertes organizaciones criminales ligadas a grupos nacionales. El tema viene desde hace años y empeora cada vez más. Va ligado a causas estructurales relacionadas con la exclusión social, la pobreza y la inequidad en nuestra ciudad. Pero mientras se resuelven estos problemas de mediano y largo plazo se tiene que actuar con recursos, inteligencia y estrategias efectivas persistentes. Ahora el escenario se ha complicado con este nuevo ingrediente del terrorismo político. Toca entonces rodear a nuestros gobernantes con firmeza, a pesar de las criticas que pudiésemos hacerles.  No hay de otra. Es nuestro problema principal. Hay que priorizarlo.

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