Los simios van al cielo

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Este cuento del escritor John Better (Barranquilla, 1978) tiene letras de apocalipsis. Pero es de amor.

Por John Better

Había una vez un chico, un chico que vivía bajo el agua y que controlaba el océano.

Fue asesinado por un millón de libras de lodo desde New York hasta New Jersey

Este mono se fue al cielo.

Pixies (Monkeys gone to heaven)

Orko es el primate más querido en el nivel 18 del Ape.Mac Laboratorium. Es un chimpancé de tres años de edad nacido en cautiverio y que hace cosas  asombrosas: armar cubos rubik en tiempo récord, bailar tap, resolver complejas operaciones matemáticas entre otras no menos considerables destrezas. Una hermosura de animal de erizado pelaje negro y ojos como enormes botones de caramelo.

Orko vive encerrado entre cuatro paredes, una ventana diminuta le muestra a diario una tajada de cielo plomizo y la copa de un árbol de Sequoia. A veces Orko se deprime y llevan a otros de su especie, para que interactúe con ellos. Pero algo parecido a la vergüenza lo invade, mira de soslayo cómo sus colegas se acicalan y comen sus propios bichos. Orko se tapa los ojos para no verlos, cubre sus orejas para no oír sus chillidos de lujuria, por último tapa su boca como si una maldición fuese a salir desde el fondo de su garganta.

Es víspera de fin de año. El Ape.Mac  Laboratorium ha quedado totalmente vacío. Son las diez de la noche. Orko cuelga de una barra de metal dispuesta en su cubículo. Parece un hombre boca abajo meditando. De pronto llega hasta el piso de un salto. Toma de su mesita un bloc de hojas en blanco y una crayola de color rojo. Se sienta sobre el piso, toma la primera hoja y escribe una palabra, la observa unos segundos y la vuelve una bola de papel que encesta en una caneca. Toma otra hoja y repite el ejercicio, la caneca va llenándose poco a poco de más pelotas de papel.  La palabra es la misma en cada nuevo intento, es una asombrosa palabra, la escribe en la última hoja que le queda, la caligrafía es estupenda. Orko mira el vidrio polarizado desde donde supone que lo observan. Toma la hoja en su mano y se acerca hasta pocos centímetros del vidrio con  ella extendida. Ya  allí se queda, estático, tal vez esperando  que alguien  entre  a su jaula y le dé un abrazo, un aplauso o  un gran racimo de bananas como recompensa a su gran hazaña.

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