Del amor y otros asuntos virtuales

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Así están amando los millennials, una forma que confirma que el amor desde siempre está online. 

Por Yesid Torres Rodríguez 

De Oriente a Occidente, de Cleopatra al rey azteca Tízoc, todas las culturas han dejado tantas leyendas como obras de arte, dando muestras de la universalidad del amor. Tal como afirma el músico John Paul Young en su canción ‘Love Is In The Air’, el amor parece estar por todos lados, incluso en el aire.

Investigaciones que dan cuenta acerca del “impulso rey en otras especies, han reconocido manifestaciones que permiten concluir que este es un instinto primitivo que surgió antes de la aparición del ser humano. No es una expresión exclusiva del hombre, pues se encuentra directamente ligada a la reproducción y a la conservación de la vida en nuestro planeta.

Aun así, la manera como hemos venido instaurando principios de interpretación y de demostración, alude de manera exclusiva a nuestra especie. Es decir, aunque el impulso primigenio sea un mecanismo que la evolución ha desarrollado durante millones de años, no quiere decir esto que nuestra forma de hacerlo y de interiorizarlo no esté sometida a nuestros propios matices.

Como expresión humana se encuentra ligado a un momento y a una visión del mundo, que aparece en un escenario determinado y en una época especifica. Para el hippismo se trató del amor libre, en el Edad Media surgió como el amor cortesano, para los griegos se configuró en el eros, los cristianos a su vez lo condensaron como el “vínculo perfecto” (Colosenses 3:14).  Cada cultura, religión y movimiento se ha encargado de idealizarlo por medio de la caracterización de sus atributos.

Al indagar entre amigos, es normal encontrar que estos expliquen el amor invocando una lista extensa de sentimientos. La ilusión, el deseo, la esperanza, la honestidad, el respeto y la tranquilidad encabezan la lista. Entonces, ¿qué es el amor si se invocan otros sentimientos para explicarlo? ¿Puede acaso un sentimiento ser explicado por otros sentimientos sin perder su quintaesencia?

Cuando miramos con detenimiento este fenómeno, podemos llegar a la conclusión de que el amor, más que un sentimiento, es una actividad.  El amor se hace, se practica; después de eso, se siente, se experimenta, se interioriza. El amor es un acto, motivado por una condición interna, que responde a los impulsos de nuestra biología y que se encuentra sometido a nuestra forma de interpretar el mundo.

Ahora bien, como acto debe cumplir ciertas condiciones. Una de ellas es que debe ser un acto de pareja, trío, cuarteto y no pare de contar. Requiere más de un partícipe, pues una manifestación unidireccional (por lo menos en lo que se refiere a su expresión sexo-afectiva) es incompleta. Si no hay más de una persona entregada del todo al “impulso primogénito”, caminamos sin duda por la peligrosa cuerda floja del desamor, tal como lo hizo Jay Gatsby, el personaje del maravilloso escritor norteamericano Scott Fitzgerald, en su novela ‘El gran Gatsby’.

Afirmar que es una actividad desidealiza las creencias que durante siglos lo han perseguido y lo han condenado a toda suerte de idilios. Cuando se interpreta como una sumatoria de sentimientos que se comparten mutuamente y que se ven reflejados y materializados por medio de actividades que se realizan en conjunto, entonces comenzamos a entender que se trata de algo que está más allá de un impulso primitivo, activado  por la físico-química de nuestra anatomía y que a lo sumo deriva en cierto cúmulo de responsabilidades que entre los partícipes  deben asumirse.

Amor millennial

Los millennials son aquella generación que llegó a su vida adulta con el cambio de milenio, es decir, aquellas personas que nacieron entre 1982 y 1995. Una de sus características fundamentales es haber crecido con un uso abierto y (hasta cierto punto) democratizado de la tecnología. Para ellos el internet, los videojuegos, los teléfonos inteligentes, la televisión digital y un sinfín de ‘gadgets’ tecnológicos hacen parte de su forma de entender e interiorizar el mundo. Es más, el crecimiento de estas industrias y corporaciones estuvo ligado directamente a esta generación, pues el consumo masivo ha estado a cargo de ella.

Con la aparición de Facebook e Instagram, especialmente, como realidades alternativas que permiten crear alter egos en el ciberespacio, se ha comenzado a modificar las relaciones entre individuos, dando origen a la aparición de fenómenos como las relaciones a distancia, que ya se habían popularizado (si hacemos memoria) con las páginas de citas años atrás, pero que terminaron de madurarse con las redes. Para esta generación, el ciberespacio existe tal como existe la categoría “realidad” para el materialismo dialéctico; es decir, como materia (como cosa cierta).  Es una realidad aceptada, validada y compartida entre sus miembros.

La virtualidad ha permitido que las personas reconozcan como absolutamente reales las interacciones  y los vínculos al interior de él. Hoy por hoy podemos llamar “amigo” a una persona que no hemos visto en nuestras vidas, más allá de su perfil en redes. Tan es así que un ‘visto’ en redes es tan grave como ignorar a alguien cuando nos habla frente a frente, una afrenta rechazada con ímpetu por esta generación de ‘ciber-personas’.

El amor como piedra angular de las expresiones humanas no se escapa a estas nuevas formas de relacionarnos en el ciberespacio. Y no solamente como forma de vencer los obstáculos físicos que pueden separar a dos seres, sino también como expresión profesa de él. Estamos comenzando a validar nuestros instintos primarios al interior del caldo digitalizado de esta era.

La comunicación virtual, el sexo-chat, los emojis, los estados de Facebook, las relaciones a distancia, los memes, las fotos íntimas por WhatsApp, las etiquetas, las muestras públicas de afecto en nuestros muros, son expresiones válidas y necesarias en nuestros días. El amor digital es uno de los sellos distintivos de esta generación.

Claro está, no falta quienes ven en este proceso visos apocalípticos al mejor estilo de las hermanas Wachowski (directoras y guionista de Matrix), al predecir un futuro donde la humanidad  se encuentre condenada a un “infierno cibernético” (y puede que haya algo de razón en eso). Lo cierto es que las redes sociales han surgido (nos guste o no) como formas de mediación de las relaciones en el siglo XXI. Son facilitadoras y proveedoras de listas casi que inagotables de posibles candidatos para elegir pareja. Estamos cambiando nuestra forma de conocer a las personas y de relacionarnos con ellas, al modificar la manera como expresamos, sentimos y vivimos nuestras vidas. Este es nuestro presente.

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