Puerto Frasquillo, la paz incómoda

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Un breve recorrido por uno de los centros del conflicto armado colombiano.

Por Carlos Ortiz

1. Contexto: la tierra, la guerra 

Puerto Frasquillo se encuentra ubicado a orillas del embalse artificial Urrá I, a unos 20 km de Tierralta, municipio de Córdoba situado a 80 km de la capital Montería. Tierralta es una población que ha sido sacudida por las más cruentas manifestaciones de la guerra, ya que es un punto estratégico donde las Farc, Los Úsuga y el Ejército han establecido alianzas para el narcotráfico, como cuentan algunos de sus habitantes, investigadores y autoridades que representan al Estado.

Puerto Frasquillo es un punto de encuentro y abastecimiento de grupos humanos que arriban en yonson o chalupas (embarcaciones impulsadas por motores) después de una hora o varios días de viaje desde veredas y corregimientos como Tucurá, Las Nubes, Gallo, Chorro de Mutatá, Sierpe, Crucito, entre otros. Es una zona que sigue siendo sagrada para los Embera-Katíos aunque haya sido profanada y devastada por la guerra.

Estas poblaciones mencionadas hacen parte del PNN Nudo del Paramillo. Según Parques Nacionales es la décima área protegida más grande del país con 460.000 hectáreas; además es un gran reservorio de biodiversidad. Por tal motivo desde hace varias décadas ha despertado intereses en diversos sectores poderosos tanto al margen de la ley como estatales, ya que alimenta la red hídrica de cuatro grandes cuencas del noroccidente colombiano: el Río Sinú, el Río San Jorge, el Río Cauca y Río Sucio.

Sin embargo, no es un lugar que pueda ser visitado por un turista nacional o extranjero como en otros Parques Naturales, ya que es uno de los escenarios más complejos donde se ha venido desarrollando el conflicto armado. Este fue un territorio en poder del Frente 58 de las Farc; por lo tanto en uno de los puntos finales de las negociaciones de paz llevadas a cabo en 2016, se ha establecido esta zona junto a otras 22 en el resto del país, como un espacio o campo de concentración de población guerrillera.

No es difícil acceder a Puerto Frasquillo porque consta de un sinnúmero de caminos ancestrales y nuevos que han servido para el transporte de cocaína y productos para su fabricación mezclados con la variedad de alimentos que produce esta fértil tierra. Los únicos que han impedido el acceso tanto a las comunidades como a visitantes han sido los actores armados.

2. La paz incómoda

Recorrí este puerto y sus alrededores guiado por un profesor oriundo de Tierralta, quien ha impartido clases de español en varias escuelas de la región, principalmente en veredas ubicadas entre Tierralta y Puerto Frasquillo. La figura del maestro inspira respeto, muchos lo conocen, lo saludan, charlan con él.

Cuando llegamos estaban dos militares hincados en el puerto, uno tomaba apuntes en una hoja sobre una tabla y el otro repartía su mirada a todos los que se montaban en las embarcaciones. No eran soldados como los que estamos acostumbrados a ver en las calles de la ciudad, estos parecían máquinas asesinas sacadas de una película de guerra. Preparé la cámara, uno de ellos se retiró de la escollera y a los cinco minutos volvió con otro que parecía de un rango superior; no hablaba, solo me miraba mientras el otro soldado le susurraba no sé qué cosas al oído. Yo lo ignoraba y seguía fotografiando. Quería decirme algo pero vio al profesor y sin advertirlo se retiró.

De pronto aparecían de la nada o de lo profundo de la selva sobre un yonson mujeres Embera con su vestimenta tradicional de colores vivos, adornadas con diversas figuras geométricas; unas llevaban a sus bebes sujetos a la espalda con una tela, otras cargaban costales que parecían más pesados que ellas mismas. La ropa de los hombres no era distintiva, unos llevaban pantalones yines y camisas, zapatos tenis o botas de caucho; lo que los diferenciaba eran los tatuajes de majagua en el rostro.

Algunos hombres salían de las casetas de madera para acercarse al profesor, no eran Embera, varios iban vestidos con pantalones tiesos por el barro seco, botas pantaneras con fango recién pisado, camisas rotas, sudadas; el machete sobre un hombro, en el otro una especie de trapo parecido a una ruana con el que constantemente se secaban el sudor del rostro. Parecían campesinos, aunque yo sospechaba de la verdadera actividad que desempeñaban.

A veces las voces en castellano interferían en las conversaciones en lengua Embera. Se encendían y apagaban los motores de las embarcaciones o se iban reduciendo sus ruidos mientras salían de la represa y se adentraban en el río. Motociclistas en sus aparatos transitaban acompasados en la orilla, eran individuos que me producían un leve temor, a veces intenso por las miradas desafiantes.

El golpeteo de las bolas del billar en la cantina y sus escasos borrachos. El vendedor de ñame, ahuyama, maíz y patilla vociferando. El soldado en el puerto de nuevo haciendo el conteo de las cargas estimadas y permitidas dentro de las chalupas: costales de yuca, racimos de plátano verde, neveras de “icopor”, mochilas, bolsas plásticas, maletas, calambucos de 10 a 20 litros con diversas sustancias, no sabía exactamente qué tipo de líquidos.

En un yonson se embarcaba toda una familia, siendo la mayoría niños y adolescentes, junto a una o dos mujeres adultas, un hombre que parecía padre o hermano mayor y el conductor. También había algunos aletargados con las cabezas incrustadas en los teléfonos como en las ciudades.

Los únicos uniformados eran esos tres militares, no obstante el profesor afirmó que la mayoría de los que caminaban por ese sitio eran guerrilleros y paracos vestidos de civiles, lo que confirmó mi teoría sobre los supuestos campesinos. La sospecha se transformó en una  terrible desconfianza. Yo no sabía si estábamos en medio de la manifestación pura de la paz, en el triunfo de la civilización o en el núcleo de una guerra silenciosa, reprimida, que en cualquier momento podía estallar y que nosotros quedaríamos en medio, igual que los Embera y los verdaderos campesinos. Una paz inquietante.

Por momentos esa incomoda paz se convertía en una verdadera al ver a un niño que trataba de pescar con un hilo nailon y un anzuelo, y luego ofrecía a la venta por 200 pesos un pescado del tamaño de su mano. Esa paz incómoda también desaparecía al ver súbitamente a un navegante solitario que emergía con su canoa entre la lejana bruma, “tirando canalete” como decía el profesor. Luego tornaba la inquietud por el repentino encendido de los motores, me sobresaltaba y caía nuevamente en las maderas del puerto.

Creo que mis tatuajes no eran extraños para los Embera, porque ellos suelen tatuarse con majagua el rostro y otras partes del cuerpo para indicar una característica especial del individuo, por ejemplo: si está casado, si ya puede tener relaciones sexuales, si es mayor de edad, si es madre, si es padre, entre otras.

Ir a Frasquillo implicó una regresión dolorosa. Puerto fatídico –pensaba-. ¿Cuántos cadáveres han flotado en estas aguas estancadas a la fuerza por la mano humana? ¿qué clase de estúpido desvía y detiene el cauce de un río para su propio beneficio? ¿qué clase de idiota tala un bosque milenario para crear un embalse y arruinar lo que la naturaleza ha fabricado a la perfección?–me preguntaba.

Solo media hora estuvimos en el puerto. Media hora de completo silencio, tensión y observación. Cuando veía al profesor parecía que me decía: “relájate”. Pero la única palabra que realmente me dijo fue “vámonos”. La forma como lo expresó indicaba que ya habíamos pasado mucho tiempo allí. Además, muchos hombres se acercaban para saludarlo, no sabía de qué hablaban, pero ya quería irme.

Y se iban sumando esas historias que me venía contando el profesor en el camino: “aquí han matado a mucha gente, a campesinos y Emberas que el ejército y los paracos clasificaban como guerrilleros o familiares de ellos, eran los falsos positivos. Los cogían en el puerto, los montaban en un yonson y en la selva los desaparecían. Todos los días, todos los días mataban dos, tres”.

Continuaba diciéndome en el camino de vuelta a Tierralta: “Hace unos cuatro años era imposible hacer ese viaje hasta allí y mucho menos tomar fotografías, o te llevaban en el yonson y te desaparecían o si tenías suerte solo te quitaban la cámara o la memoria. Hace unos años tu no hubieras podido caminar por aquí sin ser interceptado por alguien que te preguntara quién eres”.

El profesor contaba también que con el proceso de paz las cosas estaban cambiando: “mira, por ejemplo, antes de los diálogos solo salían dos yonson, uno en la mañana y el otro en la tarde; ahora salen cada 20 minutos durante todo el día para Gallo, Tucurá, Sierpe, a todas esas veredas en medio de la selva”.

Al llegar a Montería una persona me preguntó: “¿y cómo sacó esa cámara, no le preguntaron nada, no se le acercaron?”.

Hay miradas en Colombia que son más profundas que un himno y valen más que un saludo a la bandera.

Hay miradas en Colombia que son más profundas que un himno y valen más que un saludo a la bandera. Foto por: Carlos Ortiz.

3. La barbarie de la civilización

Cada vez confirmo que el llamado desarrollo occidental ha sido construido a través de la suma de sus fracasos como humanidad, y este proceso de edificación podría resumirse en esta frase: sin barbarie no hay civilización, y esta se funda tratando de dominar y luego superar a la naturaleza.

El embalse de Urra I es una represa artificial cuya construcción devastó un inmenso territorio ancestral y sagrado para los Embera-Katios. Se taló una gigantesca selva, masacraron a hombres, mujeres, ancianos y niños; se destruyó un gran ecosistema para represar las aguas de un río para construir una hidroeléctrica que actualmente no le sirve de nada a Colombia sino a Ecuador. La supremacía del hombre sobre la naturaleza.

Algunas de estas veredas en el Paramillo, según el acuerdo de paz, se van a convertir en improvisados resguardos o asentamiento de exguerrilleros, como alguna vez se hizo durante la colonia con los resguardos indígenas. Campos de concentración donde van a continuar exterminando a los Embera disfrazándolos de militares, paracos o guerrilleros. Campos de concentración que no aparecen en los noticieros, en los periódicos que se leen en las ciudades, ni mucho menos en las redes sociales.

¿Es esta “paz” el sello o triunfo de la civilización sobre la barbarie, representada la primera por los grandes terratenientes y la segunda por los Embera?, ¿es el tapabocas definitivo del “blanco” sobre otro desangrado pueblo originario de Abya Yala que ha resistido hasta el cansancio?, ¿es la sumisión total de una comunidad milenaria?, ¿es el tiro de gracia de una cultura poderosa a una cultura en decadencia?

Hay preguntas que se responden solas: ¿Cuáles son los otros propósitos del Estado para convertir una región en PNN, más allá de la idea de conservación natural? declarar un lugar PNN implica que el Estado es el que tiene el control absoluto de ese territorio sin importar la existencia de las comunidades asentadas desde antes de la creación de las naciones.

Esa paz para el citadino y el de las redes sociales es una avanzada del progreso como diría Joseph Conrad, o el triunfo de la civilización. No obstante para los que viven en el corazón de la guerra no es más que el triunfo de la barbarie, porque van a seguir asesinando y desapareciendo, entonces como “ya no hay guerra” esos nuevos muertos ya no van a ser noticia. No lo han sido nunca los miles durante esa época oscura, mucho menos ahora que se está re/legalizando el asesinato por parte del Estado estableciendo nuevos conceptos a la fuerza como: posconflicto, reparación, restitución, paz una y otra vez.

Le están dando pie a una nueva forma más tenebrosa, esta vez sacada del marco de la expresión “guerra”. “No, ya no hay guerra, ahora hay paz”, esos muertos son de otro fenómeno, porque la “guerra” acabó, lo que tenemos ahora es “paz”, es el discurso del internet y los medios de comunicación. No obstante, mientras los europeos y los gringos se sigan dando por la cabeza nunca va a existir esa paz, al menos que legalicen la cocaína, pero los narcos no van a permitir que les arruinen el negocio. Mientras existan ríos que puedan desviarse y represarse, selvas que talar, minas que saquear y seres humanos que asesinar, nunca va a haber paz en Colombia.

Pues la paz en Puerto Frasquillo no es de la que tanto se habla en los medios, en las redes sociales, en las ciudades, en Estocolmo. Esa es una paz inestable, frágil, que pende de hilos. Haber sentido esa tensión por media hora me hizo pensar en los casi 500 años que llevan los Zenúes y Emberas resistiendo un guerra que no es de ellos ni de ninguno de los que han habitado esas tierras por siglos.

Por último, a modo de moraleja de esta fábula de fútbol y Facebook en la que vivimos los colombianos diariamente: para los Embera cuando se habla del termino “tierra” se refiere a otro ser vivo más como los animales, las mujeres, los hombres. Cuando se lastima también se daña a estos seres porque no están separados de ella, son uno mismo, los seres humanos no tienen potestad sobre la tierra, puede decirse que ella posee conciencia, espíritu, incluso un nivel creativo superior al del simple humano.

La paz de la naturaleza suele ser surcada por seres humanos que nacieron con el respeto por el mundo. Foto por: Carlos Ortíz.

La paz de la naturaleza suele ser surcada por seres humanos que nacieron con el respeto por el mundo. Foto por: Carlos Ortiz.

“Para los pueblos indígenas quizás el valor más importante es el equilibrio. Equilibrio del hombre con la naturaleza, equilibrio en nuestras relaciones sociales y productivas, equilibrio con nuestros Dioses. Del equilibrio derivamos nuestra salud y todas las garantías para las generaciones que nos siguen. Cuando el equilibrio se rompe surgen los conflictos, los problemas, y es necesario recurrir a nuestros sabios, a nuestros chamanes… el alejamiento de los malos espíritus por intermedio del jaibaná, restablece el equilibrio”[1].

[1]”Urrá: Vida y Muerte del río Sinú”. Ponencia ONIC, Audiencia Pública Ambiental, Junio ll/98, Montería.

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Chachareros

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