Los catalanes y la historia de su independencia

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Cataluña tiene idioma, cultura e historia propios. Todo para ser una nación. Pero tiene fuerzas opuestas que no le hacen el camino fácil.

Por Jorge Guebely

La Historia se construye con acontecimientos orquestados por las élites económicas de cada tiempo. Ilusorias son las palabras de Bismarck cuando afirma: “No podemos hacer la Historia, sino sólo esperar a que se desarrolle”. Basta el actual intento independentista catalán para revelarnos cómo se cocina el devenir histórico.

Durante siglos, los catalanes han repetido el mismo intento. Han esgrimido el argumento de la “nación”: un pueblo con lengua propia, cultura distinta e historia particular, amerita ser autónomo, independiente. No olvidan que, como las naciones indígenas del Nuevo Mundo, fueron sometidos por Castilla.

Han esgrimido también el argumento de su economía próspera, producto de su puerto a orillas del Mediterráneo. Y también, el argumento político: son centro del pensamiento liberal español, residencia de movimientos anarquistas y el último bastión de la resistencia contra el fascismo de Franco. Por eso, rivalizan contra la Madrid conservadora.

Pero el movimiento independentista de hoy parece tener contenidos distintos. Corresponde más a una estrategia de la derecha conservadora apoyada por la ultraizquierda. –Carles Puigdemont, titular de la Generalitat, milita en el PDeCAT, partido de orientación conservadora-. Tal vez, el mismo conservadurismo que promovió el Brexit de Inglaterra y al Donald Trump de los Estados Unidos. El que abandera los nacionalismos, la xenofobia y el hogar tradicional. Resurgimiento del conservadurismo internacional ante la decadente y fracasada liberalización de la cultura.

Por eso, dos escollos no han podido superar los independentistas catalanes: la oposición de la Comunidad Europea y el retiro de capitales empresariales y financieros. Otra evidencia de que no son los políticos quienes construyen la Historia sino el sector económico; en este caso, el capitalismo financiero.

Para los banqueros no es el momento de construir nuevas Repúblicas sino fundirlas en enormes mercados libres. Implementan el neoliberalismo, complementado con el desmantelamiento del Estado Benefactor, el debilitamiento de las ideologías, la internacionalización administrativa y el adelgazamiento del Estado tradicional a través de las privatizaciones. Nuevamente el “laissez faire, laissez passer”.

Con este ritmo, las Repúblicas avanzan hacia su aniquilación. Terminaría una entidad creada como estrategia económica y política después de la revolución francesa. Descubriremos, entonces, que Bolívar, fundador de cinco Repúblicas, fue un peón sobresaliente del capitalismo de entonces.  Y si viviéramos en el siglo XIX, Puigdemont sería tan interesante como nuestro Libertador. Y si Bolívar existiera hoy, sería tan anodino como un Puigdemont tercermundista.

En verdad, la Historia es un fastidio cacofónico, tejido por los capitales de cada época. La de hoy, nos la teje el capitalismo financiero y sus pavorosos comodines.

jguebelyo@gmail.com

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Jorge Guebely

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