Dorina

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Dorina Divina Encarnación estaba desnuda, encuera. Bajo el chorro que la bañaba de agua y cabellos indios.

“Amo a las sirvientas por irreales”.
Augusto Monterroso, Las criadas.

Cuento escrito por Jaime Cabrera González

Sus cuentos valían los cinco centavos que yo dejaba de guardar en la alcancía de mis meriendas. Cada tarde a mi regreso de la escuela, Dorina Divina Encarnación, que para entonces había terminado los oficios del día, me contaba una historia que dejaba en suspenso con una serie de preguntas sobre qué acontecería para asegurarse la monedita de la jornada siguiente y partía envuelta aún en un olor a frituras recién hechas, y yo me quedaba ya sin cabeza para hacer las planas, los mapas, las cuatro operaciones, los avioncitos de papel.

En un principio me contó historias verdaderas de una casa llena de paujiles que ella debió atender en un pueblo hacía varios años atrás. Luego me refirió los hechos que sucedieron en cierta curva que atraía a los vehículos en los días que trabajó en casa de los Valemberg. Después siguió con los cuentos poblados de brujas y espantos, que sus abuelos le habían contado en la niñez, lloronas, hombres sin cabeza, tío Uñita. Prosiguió con gruesas novelas rosas con dibujos e impresas en papel de periódico que debía devolver a un hombre que tenía un puesto contra una pared de la Biblioteca Departamental, a quien posteriormente mamá señalaría como “ese Olaciregui de mierda que le endulzó el oído y la sacó a vivir”.

Cuando sentía que el material se agotaba, nadie da ta para tanto, sino inténtelo, pasaba a contarme los capítulos de las radionovelas, El Derecho de Nacer, Renzo el Gitano, Kadir el Árabe, Dulce Veneno, León de Francia (¿También Kaliman el hombre increíble?), o cualquier otra historia que escuchaba en un radio Philips, aprovechaba que yo estaba en la escuela, mamá salía muchas veces de compras y papá trabajaba como un burro, y ella quedaba a sus anchas, ama sin sirvienta.

O contaba a partir de la trama de alguna película de una de las vespertinas de sus domingos libres El Astral, El Ópera, El Caribia, sin importarle que El Santo apareciera en la corte de Sisi Emperatriz o John Wayne tuviera dos hijas gemelas llamadas Pili y Mili.

No sé porqué la tarde que la vi por última vez, cambió su rutina y se negó a aceptar el aumento que insistí en darle para que rompiera su silencio, cuenta, cuenta, saca la cuenta, cuenta, suelta la lengua.

Llegué a pedirle que me repitiera una historia que ya me hubiera contado como en otras ocasiones cuando además terminaba por cambiarle el final, el colorín colorado, el chirrín chirrán, y fueron felices y comieron perdices, y yo le decía que así había terminado otra historia y ella se reía a carcajadas y sus ojos era un par de rayitas que la hacían parecer una china, mesera del restaurante Sun Sun.

No pude convencerla, ¿sería que se aburrió de mí?, ¿volvería a hablarme?, ¿porqué se le escurrían las lágrimas?, ¿tienes tú alguna idea? No dejen de ver el siguiente capítulo.

Esa tarde Dorina decidió bañarse antes de partir. Por primera vez y única vez la vi entrar al baño con una toallita deshilachada y un jabón en una mano, y pensé que esta vez se iría sin contarme un cuento y sin dejarme su olor.

Yo aproveché que mamá estaba donde una vecina para arrimar contra una pared la mesa del comedor; subí como pude una silla y trepé, acto del Circo de los hermanos Egred, y la miré por una ventanita abierta. Ya no pude cerrar la boca, una babita se me salía, goteaba, temblaba.

Dorina Divina Encarnación estaba desnuda, encuera. Bajo el chorro que la bañaba de agua y cabellos indios, cómo me gustaban a mí, envuelta en un olor a jabón, de pino, de bola, azul, estaba totalmente desnuda. Desnudamente desnuda. Con una desnudez redonda, apretada y cobriza. Desnudita, como no he vuelto a ver nunca más a ninguna mujer en mi vida.

El recuerdo de su cuerpo, después de todos estos años, hecho con el final feliz que Dorina le robó a cada historia, sigue valiendo por todos los cuentos del mundo y todos los ahorros de ese despilfarro que mamá llama con orgullo: “Mi tierna infancia”.

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