A propósito de las brujas

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En todas las épocas los hombres han señalado a la mujer como culpable de sus desgracias. Leamos aquí qué es lo que el hombre teme en verdad.

Por Sara Martínez Vega

¡Qué otra cosa es la mujer sino un enemigo de la amistad,

un castigo ineludible, un mal necesario, una tentación natural,

una calamidad, un peligro doméstico, un deleitable detrimento,

un mal de la naturaleza pintado con colores!

Malleus Maleficarum

Entre las figuras oscuras que habitan el museo del horror asociado a la Edad Media, se encuentra la de la bruja, investida de poderes inquietantes que aún percibimos a través de las letras, el arte y el cine, aunque nuestro presente descrea de su eficacia.

Ya en una obra fundacional del arte de narrar en Occidente, como La Odisea, Homero alude en sus cantos X, XI y XII a Circe, “la de hermosos cabellos y habla humana, la rica en venenos”, capaz de convertir en cerdos a los hombres de Ulises, el héroe mañero que en virtud de su sagacidad, bajo la guía de Hermes, consigue regresarlos a su estado humano, granjearse los favores de la hechicera y obtener de ella las indicaciones que le permitirán descender al Hades, retornar con su tripulación intacta y superar la embestida del canto de las sirenas.

Medea, sobrina de Circe, será otra de las figuras ligadas a la hechicería en la tradición griega, aunque la historia haya privilegiado el recuerdo del filicidio con que buscaba castigar el abandono del hombre por el que había dejado todo y en cuya aventura ella había contribuido activamente con su conocimiento y astucia: Jason, líder de los Argonautas, quien tenía la tarea de enterrar los huesos de Frixo y volver con el vellocino de oro a Yoco, gobernada por su tío Pelias.

Medea, tras convencer a su padre Eetes, rey de Cólquide (actual Georgia), de entregarle el vellocino de oro a Jason a cambio de una serie de trabajos que empezaban por poner el yugo a dos toros que escupían fuego y labrar  con ellos un extenso campo, sembrándolo con dientes de dragón, untará al héroe con ungüentos que lo protejan del aliento de las bestias. El padre descubre la treta y se niega a cederle la zalea dorada porque su hija le ha ayudado con “malas artes”. Esa noche robarán juntos el vellocino bajo la guía de Medea, que dormirá a la serpiente guardiana con cantos mágicos y bálsamos de Amapola.

La tragedia de Eurípides la mostrará como una mujer vengativa, enceguecida por la pena que le genera el inminente matrimonio del que hasta entonces fuera su esposo con la hija del rey de Corinto.  En ella se le describe como “de naturaleza hábil y experta en muchas artes maléficas”. Pese a ser un personaje inmerso en el pathos propio de su estado, algunas de sus líneas exponen el tipo de vida que podían esperar las mujeres de entonces, como lo mostrará cerca de un siglo después Aristóteles en el primer libro de su Política, particularmente en el apartado que da cuenta de las relaciones familiares.

Aunque no sean documentos históricos en sentido estricto, estas obras dan cuenta del tipo de experiencia que el mundo griego tejía en torno a la hechicería. Julio Caro Baroja indica que “en Grecia y Roma, la práctica de la magia con fines benéficos era considerada como lícita y aún necesaria… El mismo Estado mantenía a los encargados de augurar el porvenir y a los que, en interés público, adivinaban lo que había ocurrido o tenía que ocurrir ”.

El paso de los siglos y el ascenso de ese cristianismo que dominará la vida política, social y espiritual de la Edad Media, otorgarán a la hechicera un carácter marginal respecto del poder, hasta convertirla, ya entrado el Renacimiento, en objeto de persecución, tortura y aniquilación.

En el siglo XIII se crea, durante el papado de Gregorio IX, el Nuevo Tribunal de la Inquisición, con el propósito de combatir la herejía de los cátaros y albigineses, sectas muy difundidas en ese periodo. La pasión frenética de los inquisidores permitirá el pronto cumplimiento de la meta mediante el exterminio de estas formas de herejía.

La historia muestra cómo las instituciones suelen sobrevivir a la ejecución de su tarea originaria. A veces, ni siquiera necesitan mutar, sino que les basta con extender o deslizar su campo de acción. El Tribunal de la Inquisición encontró en las brujas el objeto que le garantizaría siglos de supervivencia.

El Malleus Maleficarum, célebre manual que constituyó la guía de los inquisidores, escrito por los monjes dominicos Jacobus Sprengler y Heinrich Kramer entre 1485 y 1486, está plagado de argumentaciones misóginas y otorga especial atención a los efectos de la brujería sobre la procreación, la virilidad y el deseo sexual. Hay un especial cuidado por parte de los monjes en describir, por ejemplo, cómo las brujas realizan el acto lascivo con los íncubos, cómo los demonios saben asegurarse la virtud del semen, cómo amedrentan a los hombres generando la ilusión de que su miembro viril ha abandonado su cuerpo y cómo impiden la copulación mediante hechizos.

Más allá de la importancia que pudieron tener el Tribunal de la Inquisición y el manual de Kramer y Sprengler en la percepción que se tuvo de la hechicería durante los siglos XV y XVI, en los que se masificó la persecución de sus practicantes, las brujas, como otros focos de segregación de las sociedades occidentales, cumplían una función social práctica: ser el chivo expiatorio de los desarreglos sociales que ni la Iglesia, ni los Estados, estaban dispuestos a asumir. Así el hambre, la peste, la prolongación del invierno y las pérdidas de los cultivos no ponían en peligro el funcionamiento social en la medida en que se quemaba a la bruja que, se suponía, había causado tales males y se confiaba en la divina providencia para que restituyera el balance desajustado por su influjo demoníaco.

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