Victor Ephanor: crack de pies a cabeza

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En 1972 arribó a Barranquilla el más espectacular jugador de fútbol que he visto jugar con la camiseta de Junior: Víctor Ephanor Da Costa.

Por: Javier Castell

Javier Castell López

Javier Castell López

Un electrizante zurdo de pegada incontenible y gambeta fantasiosa. El de un escapulario que se salía de su camiseta, y él metía, mientras corría y desairaba -ridiculizaba- a sus oponentes, todo al mismo tiempo. El de los 86 goles se transformó en mi ídolo.

Empecé a entrenar sin camiseta porque la amarraba en mi cabeza, como Víctor. Con tenis blancos de una suela y sin medias, como Víctor. Con una mala imitación de un escapulario al que manoseaba cada tanto durante el partido, como Víctor. Con los pies abiertos para correr, como Víctor. Lo único que no podía -no pude- hacer como Víctor fue jugar como él: mi pierna izquierda fue lo más inútil que tuve como futbolista.

Mi admiración por el diez del Junior me hacía asistir a los entrenamientos en el Romelio Martínez y, una vez finalizada la jornada, seguirlo en su caminata de regreso a su residencia en la calle 72. Víctor fue, sin duda, la simbiosis perfecta de eficacia y estética. Su estilo combinó goles y gambetas en dosis similares. Frenos y aceleraciones embaucadores de impotentes defensas. Saltaba para cabecear, pero no, inflaba su pecho y la pelota se rendía y se acurrucaba en esa especie de colchón. Los teledirigidos que salían de su pie izquierdo contenían tanta fuerza como engaño; el chanfle perfecto.

Victor

Victor Ephanor

La suela del zapato de Víctor era tan protagonista como las demás zonas: en ella escondía y manipulaba el balón, se lo ofrecía al rival y luego, sin ningún pudor, lo atraía cual imán para el desencanto del defensor. En un momento estaba y un segundo después ya no. Ni el balón, ni él. Se iba raudo y zigzagueante, levantando su mano derecha insinuando no sé qué, devolviendo a su lugar el famoso escapulario y con el arco rival en su mira.

En una entrevista a El Heraldo eligió al holandés Robben como el jugador actual que más se asemeja a su estilo. Sí, quizá, pero Víctor era más estilizado, más elegante, su cintura brasileña hacía gala de fintas aprendidas en alguna playa de Río. Y era mucho más goleador.

La responsabilidad de Víctor con el compromiso grupal y la disciplina laboral estaban en su disfrute por jugar, gambetear, anotar muchos goles. Pero esa artística relación con su profesión, esa sibarita actitud no era fácil de comprender por un entrenador hiper realista y severo como José Varacka, y en 1975 se fue a Medellín, y luego al Barcelona de Ecuador, en donde por varios años, como tenía que ser, fue ídolo. Como lo sigue siendo de todos los que tuvimos el enorme placer de verlo jugar en aquellos primeros años de la década de los setenta. Y más nunca se ha ido de nuestra memoria.

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