La rutina: cicuta que mata a quien escribe

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No hay tiempo para escribir. Eso de coger la libretita y abandonarse al ulular de las brisas septembrinas bajo el sueño de un algarrobo blanco…

Por Sayd Peñaranda

Eso no se puede. Sencillamente no; no hay tiempo para escribir. No hay tiempo para andar por la vida creyendo que algún día -en un andén y en medio de una turbamulta de desconocidos vencidos por el aguardiente y el carnaval- uno conozca a algún loco que encontró el blog de uno o que se tropezó con un poema que le publicaron en una revistica cultural de esas y le diga: «Uy pana, ¿en serio es usted? ¡Severo, güevóóón! ¡Qué brutal lo que hace! Venga, mire que yo soy amigo de fulanito, un editor bien pero bien chimba en Bogotá. El tipo es un duro y está buscando pelados así como usted pa’ publicarlos. ¿Se pega o qué?».

No hay tiempo para racionalizar entelequias. No, carajo, no hay tiempo para eso. Sale uno de la casa a la universidad, regresa corriendo para almorzar y de vuelta al mismo trote, casi que con el bolo alimenticio aún atosigando la garganta. Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes. Toda la semana. Y entonces de la nada aparece esa suerte de claro en el que se cree poder, al menos por unos veinte minutos, hacer pereza y echarle cabeza a un nuevo texto bien loco sobre una revolución socialista de zarigüeyas, un agrimensor musulmán que por las noches se pone a fumar marihuana con el imán de la mezquita local o vete tú a saber de qué.

Pero nada, hombre. No termina uno de acomodar el culo en la cama cuando ya le están hablando para recordarle aquel  trabajo en grupo que toca entregar o que si el parcial  o que si las lecturas o que si cualquier maricada. Porque hay tiempo para todo, menos para escribir.

Sin embargo, he logrado sacarle el lado bueno al asunto: no tener tiempo para escribir es ahorrarse el leer -una y otra vez en efecto loop– las insufribles cosas que de uno salen. Esos intentos más bien escuetos y ridículos por hacer un cuento fantástico, a lo Saki, a lo Cortázar; un poema medianamente decente en el que uno no peque por barroco, por soberbio; un microrrelato que deje al lector viendo chispitas, como aquel de Monterroso. También es soslayar esa patada en el vientre producto del fervor inicial de creer que uno por fin consiguió hacer algo digno, pero que luego decanta en pensamientos vomitivos sobre la propia -dizque- producción escrita.

Sí, mi hermano, algo bueno se tiene que sacar de la frustración y de no tener tiempo para ese jueguito todo cacorro de ponerse las ropas de escritor. Pero aún con todo eso, quisiera que hubiera más tiempo para escribir. Porque sí. Porque a veces uno tiene que tirarle lápiz a la vida para entenderla (y entenderse) mejor. O a veces uno simplemente quiere quedarse viendo un árbol por horas, tratando de escuchar lo que tiene por decir. Porque los árboles hablan, ¿sabías? O las nubes. O las ardillas. O las cayenas. Lo que sea. Todo quiere contar y ser contado, pero repito: no hay tiempo para eso; solo hay tiempo para quejarse y escribir sobre la falta de tiempo para escribir…

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