Adiós, Francisco

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Varios fueron los mensajes que el Papa trajo a Colombia. En especial su ejemplo, el de un hombre de pobreza material y alegría de paz.

Por Jorge Guebely

A Colombia vino un Papa que afirma: “La economía debe estar al servicio de la gente, no en su contra” y “El futuro de la humanidad depende de la gente, no de sus líderes” es un hombre distinto y respetable. Ojalá el mensaje que trajo ilumine la conciencia del 80% de la población colombiana de orientación católica o en el 98% de orientación cristiana.

Ojalá esa feligresía comprenda que la paz es la única bandera honorable para los excluidos (estrato 4 hacia abajo) que sólo aspiran a vivir en paz. Y descubra que la moral de las élites sólo anhela la acumulación, origen de toda iniquidad, de cualquier injusticia y de muchas guerras.

Descubra también que Francisco prolonga la tradición más humana y más terrenal de la iglesia católica: su solidaridad con los excluidos. “Cómo me gustaría una iglesia pobre y para pobres”. El mismo mensaje de Cristo al expulsar los cambistas del templo (espíritu banquero de entonces) por el sucio negocio de la acumulación voraz en connivencia con las altas jerarquías judías. El mismo de Francisco de Asís quien eligió la pobreza material como su norte vital en contraposición a la prosperidad mercantil de su padre. Y el mismo de Camilo Torres quien optó por la lucha armada en favor de los oprimidos. Sabían que la cultura de la élite no es territorio de paz, ni de humanidad.

Ojalá la feligresía cristiana descubra que la guerra es el más infame de los mercados, la más pavorosa bandera electoral, el aterrador espacio donde muchos políticos sobreviven consumiendo muertos. “Cuando los ricos hacen la guerra, son los pobres los que mueren”, afirmaba Sartre.

Si esa feligresía visualiza el rostro mortuorio de muchos líderes, políticos y religiosos, le dará entonces una segunda oportunidad a la vida humana de los colombianos. Sabrá que un líder, en permanente guerra personal, es un lisiado para la paz; que un constructor de muros ideológicos es un negado para el diálogo, que un defensor de privilegios es un impedido para la inclusión. La paz no prospera, tampoco la vida humana, en donde imperan las frustraciones personales, las ideologías y los privilegios.

Tal vez, entonces, esa feligresía recordará las palabras de otro papa, Juan Pablo II, “Que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra, aun siendo tan deseada, sea sinónimo de una paz verdadera. No hay verdadera paz sino viene acompañada de equidad, verdad, justicia, y solidaridad”.

Adiós, Francisco.

jguebelyo@gmail.com

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Jorge Guebely

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