Demasiado humano

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El siglo XX fue el cementerio de las utopías. Murieron porque sus paraísos no eran más que discursos de poder económico y fraudes políticos.

El comentario de Elías

Por Jorge Guebely

Murió el cristianismo y Nietzsche fue su portavoz: “Dios ha muerto”, anunció. “Y nosotros lo hemos matado”. Después de tantos siglos de poder, de represión, de jerarcas corruptos, su paraíso celestial se volvió una jeringonza religiosa.

Murió la utopía de la razón al poco tiempo de su nacimiento. Los románticos le dieron su primer golpe de muerte, advirtieron que el corazón del ser humano poseía una lógica distinta y desconocida por la lógica de la razón. “El sueño de la razón produce monstruos” afirmó y pintó Goya. Y Hölderlin lo dijo poéticamente: “El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa”. La utopía perversa encubó guerras mundiales, bombas atómicas, millones de indigentes y una élite económica infame.

Murió el marxismo en sus excesos de marxistas sin Marx. Lenin la enfermó convirtiéndola en política sin humanismo. Al igual que Hitler, ni Marx ni Nietzsche son culpables de que la política haya degradado sus construcciones filosóficas. No había igualdad comunitaria en sus paraísos, ni transiciones socialistas, sólo vulgares dictaduras de estirpe pre-moderna.

Murieron las utopías del liberalismo. Las ideologías se pudren cada vez más en la conciencia de quienes aún creen en ellas. Nos convertimos en “hombres unidimensionales”, según Marcuse, seres humanos con un “encefalograma plano”, sólo poseídos por la ideología del consumismo. Su “democracia” resultó un falso positivo histórico, un paraíso social fallido, un pretexto para invadir territorios ajenos, un juego de poderes entre élites. La máscara de la democracia quema cada vez más el rostro de la gente decente.

Murieron incluso las utopías de la contracultura que no aspiraban a ningún poder económico ni político. Las asesinó la publicidad que asesina todo lo que no conviene al sistema. Las despojó de su contenido para comercializar su forma. El rostro del Che Guevara se convirtió en ilustración de camisetas baratas; los jipis, en figuras folclóricas con marihuana y flores; y Frida Kahlo, en pequeños retablos para colgar en paredes. Los convirtió en basuras comerciales.

Sin horizontes trascendentales, nos quedó “la era del vacío” según Lipovetski. Era del narciso, del ególatra, de la torpe importancia personal. Era de lobos trastornados por el dinero y acosados por la necesidad de placer. Cultura voraz y banal que perpetua el capitalismo.

Sólo no queda volver al ser humano, nuestra gran anti-utopia. En fin de cuentas, nacimos humanos, “Demasiado humano”, como lo afirmaba Nietzsche.

jguebelyo@gmail.com

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Jorge Guebely

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