Ética para qué, si no da plata

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La lectura no es sólo un mecanismo de defensa contra los prejuicios, sino también un antídoto indoloro contra la ignorancia.

Por Joaquín Robles Zabala

En un aparte de su libro ‘Historia e historia vital’, el sociólogo italiano Franco Ferrarotti (1991) asegura que “cada vida se revela en sus aspectos menos generalizables como una síntesis de la historia. Cada comportamiento o acto individual aparece en su forma más específica como síntesis horizontal de una estructura social. Cada individuo es una totalización de un sistema”. Particularmente, creo que al cura no lo hace el hábito, ni al payaso el disfraz, y que los niños aprenden más de las costumbres de sus amigos de la calle que de las que intentan instaurarse en la casa. El hecho de que alguien obtenga un título universitario no lo convierte, necesariamente, en una buena persona, ni mucho menos en un buen profesional. La educación de hoy deja por fuera la ética y superficializa la lectura, centrando sus mayores esfuerzos en el “éxito” inmediato. Es decir, uno medido en números y porcentajes.

Ferrarotti no se equivoca cuando afirma que la cultura es definitoria, entendida en el aspecto de que un niño nace y se integra a esta sin mayores esfuerzos. Este no mueve un solo dedo ni agrega ni inventa nada. Se convierte en algo parecido a una esponja seca que al caer en un balde de agua se transforma, toma peso y consistencia. La formación educacional de los individuos de una sociedad debería ser igual, pero con la salvedad de que esta tenga como objetivo crear mejores personas y excelentes profesionales.

Hoy, sin embargo, a las universidades colombianas parece sólo interesarles las estadísticas y cómo estas las posesionan en el listado de las mejores del país. Siguiendo las directrices de Colciencias, las humanidades son remitidas al cuarto de San Alejo porque se hacen necesarios los números en una investigación si lo que se busca es el rótulo de investigador. Si una indagación sólo reflexiona y pone en evidencia las taras de una educación que le importa poco las transformaciones sociales, es mirada como literatura. Es decir, como simple ficción. Y las investigaciones literarias en Colciencias se insertan en el contexto de las disciplinas menores, algo así como el hijo defectuoso que da vergüenza mostrar.

La ética es evidenciada, entonces, como una norma inútil porque no da plata. Es decir, cuando un abogado logra acumular en cinco años fortuna y popularidad es visto por el gremio como “exitoso”. No importa cuántas veces haya quebrantado la normatividad jurídica y cuántas otras haya sido el factor dilatorio de los procesos con el fin de ganar tiempo para sus defendidos. Si es cierto que el vencimiento de los términos no exime al criminal de su delito, ni lo aparta de la investigación, ni mucho menos de un futuro juicio, es una fórmula extendida entre los abogados litigantes que les da resultados. Aquí se pone en práctica la célebre sentencia maquiavélica “el fin justifica los medios”. En otras palabras, no interesa el camino que se escoja para alcanzar el objetivo porque lo importante es el punto de llegada.

El fascismo se cura leyendo y el racismo viajando, sentenció el maestro Miguel de Unamuno. De la ética se podría decir lo mismo: se adquiere leyendo porque la lectura no solo nos ilustra sobre la vida sino que también nos da la lucidez suficiente para entender al otro. Cuantos más libros lee una persona, menos posibilidad tiene de quebrantar las normas y mayor respeto le profesa al vecino, pues sus altos niveles de comprensión les permiten mirar más allá de su nariz. El problema en Colombia es que la gran mayoría de los estudiantes llega a la universidad sin haber aprendido a leer ni a escribir correctamente. De las normas que componen la gramática no saben nada, ni les interesa, y la comprensión lectora no supera el párrafo. Según un informe de 2015 de la Cámara del Libro, el promedio de lectura de un colombiano es de 1.9 libros al año, muy inferior al de muchos otros países de la región como Argentina o México, que ocupan los puestos 17 y 24, respectivamente, según el estudio de 2014 realizado por la Unesco en asocio con Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE.

Colombia no aparece en el listado de los 20 países cuyos ciudadanos dedican un promedio de 6.5 horas semanales a la lectura. Venezuela, sin embargo, ocupa el puesto 13, por encima de naciones como Canadá (20) y España (19). Según este informe, el nivel de vida de los países está directamente relacionado con la educación y sus niveles de lectura. Esto les permite un mayor desarrollo y una comprensión más amplia de la sociedad en la que viven. Los lazos comunicacionales entre sus ciudadanos se hacen mucho más tibios y a las comunidades les resulta más fácil la integración grupal.

Desde esta perspectiva, la lectura no es solo un mecanismo de defensa contra los prejuicios, sino también un antídoto indoloro contra la ignorancia. Cuanto más se lee, más se camina, escribió Cervantes en el Quijote. Cuanto más caminas, más gente conoces y el ángulo de visión y comprensión del mundo crece. Por eso resulta contradictorio y paradójico que un “abogado” que se ufana (sospechosamente) de haber leído más libros que nuestro Nobel de Literatura, diga tantas babosadas juntas sin sonrojarse y desde una tribuna de opinión aseguré que la solución a los problemas sociales, económicos y políticos de Venezuela sea el asesinato de su presidente. La pregunta que surge entonces es qué tanto comprendió el “abogado” de lo que dice haber leído o si es sólo un excepcional lector de contraportadas. Sabrá el Diablo, dicen los abuelos.

Twitter: @joaquinroblesza

E-mail: robleszabala@gmail.com

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