Cómo me encontré con Fayad Jamís

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Conocí al poeta, pintor y periodista mexicano un mediodía largo y caluroso en Managua(Nicaragua).

Por: Jorge Sierra Quintero

Fayad Jamis

Fayad Jamís poeta, pintor y periodista méxicano

Nicaragua, año 1989. Estaba recostado a la pared de una casa con estampa de museo. Nunca en mi vida lo había visto, y conocerlo así tan de improviso causó en mí una conmoción interior que aún hoy, más de 20 años después, me sigue impactando.

Su poema —al que arbitrariamente titulé “Con tantos palos que te dio la vida”, y que parece que en realidad es “Te quiero”— colgaba de letras bellamente diseñadas y fue como si todos los azares de mi existencia llegaran con él en un conjuro. Lo leí una y otra vez hasta que me acerqué al escritor guatemalteco Roberto Díaz Castillo, entonces director de la Editorial Nueva Nicaragua y propietario de la casa en que me recibía, para preguntarle por aquel poeta, autor de ese poema.
Me dio una información muy corta pero ahí supe que el más bello prólogo de Cartas a Theo, ese inquietante epistolario del genial Vincent Van Gogh, lo había escrito él, Fayad Jamís.
Nunca supe cómo, ni porqué, una mañana amanecí con la certeza de que Fayad Jamís había sido un cubano loco, que andaba por el malecón de La Habana con un ramito de guirnaldas obsequiándoselas a los jóvenes enamorados que soñaban sus amores en los celajes de sus atardeceres mientras contemplaban el mar que en sus vaivenes semeja la vida; y que una tarde aciaga, mientras silbaba una canción que solo él conocía, un taxista atrabiliario lo había atropellado cegando la vida de aquella mente lúcida y maravillosa. Creo que algún azar de mi memoria lo confundió con Gómez Jattin, ese auténtico zahorí de las palabras del Caribe colombiano.

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Fayad Jamis

Fayad Jamís, el que resultó al final haber nacido en Ojocaliente, Zacatecas, México, pero que hizo desde la escuela primaria hasta sus estudios de arte en Cuba, me acompañó entonces por muchos instantes y lugares, siempre con ese rumor como de aguas cristalinas que brotan en las palabras de sus poemas, como ese de “eres un loco que jamás se cansa de abrir ventanas y sembrar luceros”, o “qué es para Usted la poesía(…) además de la cólera de los que son torturados porque luchan por la equidad y el pan sobre la tierra,(..) además de la victoria de los débiles”.
Indagué un poco más y supe que Fayad más allá de poeta fue también un excelso dibujante y pintor, profesor de arte, editor, ilustrador gráfico, consejero cultural, tallador de cerámica, colaborador de varios periódicos y revistas y escritor; que ganó, con su libro de poesías “Por esta libertad”, el Premio Casa de las Américas de 1962. Con esta trayectoria y palmarés, entendí entonces la profunda sensibilidad y ternura que anidó en aquella mente universal, y el porqué con ese solo poema que leí, se me trastornó la existencia.
Ya en México, me hallé en Lagos de Moreno con mi gran amigo Andrés Castillo Bernal, (q.e.p.d.) a quien alguna vez en Colombia le había hablado de ese poeta “cubano” llamado Fayad Jamís. Con su entusiasmo desbordante y su voz de trueno, Castillo Bernal me contó que un artista plástico de su pueblo Sancti Spíritus le había hablado de Fayad Jamís, y que entusiasmado por su amigo, se había también él embarcado en la apasionante aventura de investigar a aquel portentoso artista.

Como Castillo Bernal carecía de ese odioso carcoma de la envidia o el deseo de figurar que acosa a muchos escritores, me recalcó una y otra vez ese agradecimiento que tenía por su colega ausente al haberle “presentado” la figura de Fayad Jamís. Curiosamente Fayad había estudiado su escuela básica superior en Sancti Spíritus por lo que hallar referencias sobre este, se le facilitó a Castillo Bernal, quien años después también estudió en la misma escuela.
Creo que se han hecho muchas investigaciones sobre la obra de Fayad Jamìs. Pero yo me quedo con la de poeta y pintor. Con aquel que fue capaz de decir “tú dormías, tú duermes, tú no sabes cuánto te amo”; quien dijo “Lo mejor que puedes hacer es convencerte de que la poesía te completa”, o ese final que aún asumo como si alguien lo hubiese escrito para él: “Con tantos palos que te dio la vida y aún no te cansas de decir Te quiero”.

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