Adiós a la hermana Elfride

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El pasado lunes, en el Santuario de la Madre Bernarda, despedimos a la Hermana Elfride, una mujer extraordinaria que dio estatura al carisma de su comunidad religiosa e hizo conocer, al pueblo de Cartagena y a sus autoridades, el buen olor del Evangelio. 

Por: Padre Rafael Castillo Torres

Padre Rafael Castillo

Padre Rafael Castillo Torres

Fue una verdadera discípula de Jesús que tomó la decisión más importante de su vida cuando sólo tenía 15 años de edad: colaborar con el proyecto del reino de Dios, introducir el Espíritu de Jesús y hacerlo con un estilo de vida franciscano: desde los pobres y con los pobres.

En Cartagena la recordamos como una monjita muy querida que entendió la autoridad como servicio. Con sus propuestas educativas, su cercanía a los desamparados, su capacidad de escucha y su intuición femenina fue regando esperanzas y arreglando vidas. A ella sólo le interesaba que el entorno de las comunidades donde asistía, fuera lo más sano y humano posible y que allí, en esa dignificación de la vida, ellas conocieran un Dios que salva y que libera.

Escuchando los testimonios sobre su vida, retomo algunas voces muy sentidas: “su amistad me hizo más humana; era mi amiga y salvó mi familia; cuando me hablaba aliviaba mis sufrimientos; lo que hoy soy se lo debo a ella porque creyó en mí y me dio una oportunidad en la vida; era una verdadera alegría trabajar con ella y apoyar lo que hacía”.

DFA73YqXYAE3gSNLa madre Elfride fue una caminante de Jesús por las periferias de Cartagena. Jamás se instaló porque siempre estaba en camino. No estaba atada a nada ni a nadie, y tenía, como buena Francisca, sólo lo imprescindible. Sabía llegar, con prontitud, allí donde una persona, una familia o una comunidad la necesitaba y, una vez que llegaba, no mandaba, sino que caminaba con los demás abriendo espacios de solidaridad y fraternidad según la espiritualidad franciscana.

Recuerdo que uno de los episodios más difíciles de su vida fue cuando la guerrilla de Montes de María vino hasta Cartagena para secuestrar, en Nelson Mandela, al arquitecto responsable de construir el colegio Bernardo Foegen, pensado para niños hijos de familias desplazadas. Le tocó enfrentarlos, con la determinación y el carácter que le conocimos, exigiendo su liberación, y a mí me dijo: “padre, estos locos destruyen lo que pretenden construir, vaya a buscar al doctor que ellos lo van a liberar, con él está un pastor protestante que es su compañero y tiene su familia, a ese también tiene que traerlo, aquí está mi carro… si se le recalienta le echa agua, pero tráigalos; yo voy a estar orando”. Eso con tono fuerte y mirándome a los ojos. Yo miré el Nissan viejo, sin llanta de repuesto, y me fui confiando. Todo salió según Dios.

Recordemos a la hermana Elfride como una mujer integra y honesta, que nos hizo sentir en cada momento la cercanía de Dios.

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