La belladona

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Noveno y último cuento de la Selección de Cuentos del escritor Giulio Puccini titulada Los pares no pedidos son los menos ordenados. La publicaciones son inéditas para La Cháchara.

Por Giulio Puccini

Caminábamos juntos, yo estudiando el paisaje, él apenas observando. Su mirada rondaba más el piso que los setos de eugenias, levantados a nuestro alrededor como cortinas de púrpura. Su mano se apoyaba en mi hombro y, cada vez que miraba a la derecha, podía ver el fondo azul de sus ojos, oculto tras la irisada madera. Cojeaba un poco y había olvidado el bastón, mientras yo me movía, algo rígido en el hombro, con elegancia.

Algo lo había mantenido en ese humor sombrío durante los días pasados, pero lo guardaba para sí. El hombre oculta mejor lo que lo aflige en lugar de lo que atesora. Y nada se quiere lo suficiente para ser eterno. Quizá eso era lo que lo mantenía pensativo: la insignificancia del ser ante el tiempo; no sería la primera vez que esto sucedía. En el último mes se había hecho recurrente la analogía del hombre y el reloj. Empezaba siempre con una carcajada nerviosa, algo triste, para seguir: “¿Cuántos años tiene el tiempo?”. Mi silencio respondía su pregunta en una cruda mezcla de desdén e ignorancia. “¿Cuánto tardas en mirar la hora? Unos poco segundos, podría apostar. Pero ¿Cuánto gasta el tiempo al verte a ti? ¿Sesenta, quizá setenta años? Y ¿Qué dice de ti? Nada. Sin embargo, tú, que apenas logras mirarlo de reojo, te atreves a ponerle un precio y considerarlo insignificante. Tú que, aunque quisieras, no podrías decir el color de una sola hebra de su cabello, osas creerte mejor que él. Pecas por inocencia más que por ignorancia…” Solía perderse a la mitad de su monólogo, su mirada puesta más allá del reflejo en el espejo. Parecía un regaño a sí mismo, antes que un consejo a su hijo, que le servía de paje. Aún así, por más que preguntara, él nunca dejaba salir más de lo debido. Ni siquiera delirante o moribundo lo habría hecho.

Caminaba como muchas tardes lo había hecho, pero el aire, que se escapaba entre suspiros, cantaba poco más que melodías perplejas. En el vaho de su aliento se perdía la luz, como en las nubes se pierde el fulgor de las estrellas. Parecía que algo más preciado que su vida lo había abandonado. Mi madre había fallecido, es cierto, pero muchos astros habían muerto desde ese segundo. Quería romper el silencio, pero nuestro ser siempre flaquea cuando más se le necesita.

Llegamos a una bifurcación en el camino: yo quería ir a la derecha, a la fuente; él me empujó a la izquierda, a su sección favorita del jardín. En el centro había una gran belladona, la única planta que él regaba personalmente. Decía que “había echado raíces sobre algo que valió un segundo alguna vez.” Lanzaba más elogios a sus frutos que a las bellas sirvientas de la casa; pasaba más tiempo adornando las flores que acicalándose él mismo. Alrededor de ella había un camino de ladrillos negros, que encajaban a la perfección. Por último había un anillo de lirios de todos los colores que se movía al ritmo de su respiración, o esa era la impresión que me daban siempre.

Nos sentamos en una banca de mármol, que se encontraba frente a la entrada de esta sección. Observé la belladona en silencio, pensando en lo que decía mi padre siempre. Él acariciaba los lirios inconscientemente. Me parecía que las flores y frutos de otra planta no contrastaban más que los de esta. Sus pétalos eran suaves y a veces se hacía audible el campanazo que daban, al ritmo del viento. Sus flores bailaban con vida. Su fruto, por otra parte, podría ser una piedra y su color era tan oscuro como el de una noche sin luna, como las noches de los que no guardan esperanzas. Eran ónices colgando de las verdes hojas.

– Sinónimos son la vida y la muerte – susurré sin darme cuenta.
– Al fin la has visto – dijo, con una sonrisa que no le había visto en años, mientras señalaba la belladona con sus dedos flacos.

Lo miré confundido, sin terminar de entender lo que decía. Daba vueltas en mi cabeza, intentando encontrar el mensaje, pero nada surgía.

– Al fin la viste – repitió, rompiendo a llorar.

Lo estreché contra mi pecho, mientras veía los frutos alinearse como lágrimas negras, de esas que caen de las almas sin sueños. Se detuvieron los sollozos y solo quedaron colgando las hojas y las flores. Mi conciencia no comprendió, pero mi boca marcó con cincel las siguientes palabras en mi memoria: “Sinónimos son la vida y la muerte, para aquellos que solo sueñan de noche, para aquellos que solo viven de día”. Lo hice enterrar a su lado, bajo las flores que los dos amaban.

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