Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 9 y 10

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Catalina lloró al no descubrir quién era Álvaro Cepeda Samudio. “No hay peores cadenas que las cadenas que provee un sueño”.

Por Jorge Guebely

Tercera parte

9

En la entrega anterior, Catalina hacía uso de la palabra. Intentaba explicar las razones por las cuales buscaba a Álvaro. Palabras lúcidas eran las suyas. El Cabellón no sólo era el autor del cuento ‘Todos estábamos a la espera’, sino que también era un personaje. Ella también era personaje de ese mismo cuento. Quería descubrir si los personajes de ficción existían en la realidad.

Muchas personas solo caminan detrás de ilusiones

Catalina guardó nuevamente la muñeca en el bolso. Lo hizo con sumo cuidado. De pronto, hizo una pregunta dirigiéndose a Gabo: ¿Acaso no era Álvaro Cepeda Samudio quien decidió vestirse de payaso para camuflarse en el circo? Gabo no le respondió.

Luego, un tanto alterada, se dirigió a la Monja: ¿Acaso Álvaro Cepeda Samudio, al igual que yo, no ve la sociedad como un circo? La Monja tampoco le contestó.

Catalina se dirigió a mí. Le vi los ojos vidriosos. La voz se le quebraba de vez en cuando. ¿Acaso no todo el mundo tiene su propia canción que necesita oír antes de finalizar su periplo por la Tierra? Tampoco le contesté.

Recordé que los dos personaje principales del cuento ‘Hoy decidí vestirme de payaso’ esperaban a Sammy, un cantante negro, para que cantara la canción que necesitaban oír. La guitarra verde era el único instrumento apto para tocar aquella melodía. Y mientras Sammy volvía, porque andaba perdido en algún lugar del mundo, los dos se salvaban por el amor.

Catalina volvió a tomar wiski. Se hallaba más relajada, pero más conmovida en su discurso. Recordó que el soldado Wesley Jackson, ese personaje de William Saroyan, sabía que todo el mundo tenía su propia canción. Nos preguntó a todos: ¿Ustedes saben cuál es su canción? Nadie le contestó.

Nos confesó que su enorme soledad era el precio que debía pagar por ver el mundo como niña cuando ya era adulta. Tan pronto se entraba en el circo, no era fácil ocultarse del director. Como Adán y Eva que no pudieron esconderse de Dios después del pecado.

Yo pensé que era muy difícil definir la personalidad de Catalina. A veces parecía muy ingenua. Otras veces, demasiado moralista. Sin embargo, había lucidez en sus palabras.

Se tomó el resto del wiski que Alejandro le había servido. Primero, guardó silencio después del trago. A continuación, nos preguntó: ¿Ustedes se preguntarán por qué estoy buscando a Álvaro Cepeda Samudio? Y ella misma se respondió: Porque no es fácil encontrar un adulto que jamás se haya olvidado de ser niño.

A Catalina se le quebró la voz. Se tragaba las palabras como si fuesen de huesos. Felizmente, Eduardo volvió haciendo ruido y con la otra botella de wiski. Nos aclaró que era la última que él ponía.

Alejandro se la arrebató de la mano. Preste pa’cá que tú sólo sabes destapar cervezas, le dijo. Y la descorchó con mayor versatilidad y mayor rapidez que la anterior botella.

Norman puso el vaso para que le echaran más wiski. Mientras tanto, recordó que ya habíamos tenido noticias de Catalina en El Unicornio. Tanto don Manuel como Patricia habían dicho que ella andaba obsesionada buscando a Álvaro. Eso parece más la búsqueda de un espejismo, concluyó.

Catalina colocó el enorme bolso a un lado. Señaló que ella también había pensado lo mismo. Muchas personas sólo caminaban detrás de ilusiones. Mire usted, dijo mirando a Norman, tengo miedo de parecerme a Madame Bovary, el personaje de Flaubert.

Agregó que, si ella caminaba detrás de una ilusión, de seguro se trataba de un castigo de Dios. Ella misma no se lo proponía. Simplemente obedecía a impulsos irrefrenables. La búsqueda de Álvaro Cepeda Samudio, el autor de los cuentos ‘Todos estábamos a la espera’ se salía de su voluntad.

-Ve, ¿y ni siquiera lo has visto en fotografía? –preguntó la Monja quien ya estaba muy despierta por los sucesos de Figurita.

-Mire usted. Ni siquiera en fotografía porque el libro no trae ninguna –dijo, mostrando los cuentos de Álvaro.

La Monja movía la cabeza como diciendo que no, que aquello le parecía increíble. La miró con una explícita expresión de compasión femenina y le preguntó: Y ¿cómo lo ves en tu imaginación?

Mire usted. Lo veo como una sombra, y quiero verlo con nitidez. Quiero saber que existe de verdad.

-Y ¿qué tal que la realidad sean esas sombras difusas que imaginas?

-Entonces moriría de tristeza –respondió.

-¿Por qué?

-Porque la vida sería muy vulgar.

Alejandro pidió a los muchachos del bar más hielo, pero ya se habían ido. Entonces se dirigió a Eduardo, y le dijo que era él quien tenía que traer el hielo. Para eso era el dueño de La Cueva, para atender a los amigos.

Eduardo se levantó. Tomó la hielera. Y, camino al bar, gritó: No joda. Yo soy el dueño, no la mesera.

Alejandro le respondió que no hablara tanto, y era mejor que obedeciera. Después se dirigió a nosotros: No joda. Me acabo de inventar un juego para resolver el problema.

Todos quedamos atentos para conocer las reglas del juego que se había inventado Alejandro. Especialmente, para conocer cuál problema quería resolver.

10

No hay perores cadenas que las cadenas que provee un sueño

Alejandro se dirigió a Catalina. Le informó que, entre nosotros, se hallaba Álvaro. Le propuso hacer un juego para que lo descubriera. Hubo un silencio corto de incertidumbres. Finalmente, ella aceptó el reto.

Alejandro explicó la mecánica del juego. Consistía en que todos diríamos al unísono unos versos que él se iba a inventar. De inmediato, ella escogía a uno de nosotros, y observaba su rostro. Y si su intuición es buena, adivinarás en el primer intento, le dijo.

Norman preguntó por los versos. Alejandro le dijo: Espérate, que ya me los voy a inventar. Pensó algunos segundos, y los versos fueron tomando forma en su boca: Obsesión, obsesión / Dile a Catalina / Cuál de nosotros / Es el cabellón.

Los repitió una vez, dos veces. A la tercera, ya todos nos los sabíamos de memoria, y los repetíamos con él. Sólo esperábamos que Alejandro diera la orden de director de orquesta para comenzar el juego.

Eduardo volvió con el hielo. Gritó que no lo dejaran por fuera del juego. Alejandro aclaró que con él o sin él era la misma vaina porque con esa cara de dentista no podía ser escritor. En verdad, habíamos pronunciado tanto su nombre con el asunto del wiski y el hielo que Catalina ya sabía que no era Álvaro sino Eduardo.

Por fin, Alejandro dio la orden de comenzar, entonando él mismo, los versos del juego. Todos lo seguimos al unísono: Obsesión, obsesión / Dile a Catalina / Cuál de nosotros / Es el cabellón. Finalmente, todos hicimos bien el coro.

Catalina aclaró que, antes de comenzar, iba a descartar a algunas personas. Descartó a Eduardo porque sabía que se llamaba Eduardo. Descartó a la Monja porque sabía que era mujer. Cualquiera de los restantes podía ser Álvaro Cepeda Samudio, el autor de los cuentos ‘Todos estábamos a la espera’.

Catalina echó un vistazo sobre todos los rostros. Ni siquiera se detuvo en el de Álvaro. Incluso, fue el que menos observó. Al final señaló a Figurita como el elegido. No mijita, le aclaró la Monja, vos no te das cuenta que mi flaco tiene cara de pintor y de bailarín, pero jamás de escritor.

Volvimos a recitar los versos: Obsesión, obsesión / Dile a Catalina / Cuál de nosotros / Es el cabellón. Catalina aceptó de nuevo el reto, pero tenía el rostro sombrío. De nuevo miró a los restantes. Finalmente me señaló como el elegido. Nuevamente había fracasado.

El rostro se le puso aún más sombrío. Se le veía que estaba a punto de llorar. Alejandro intervino, le pidió a Catalina que no se preocupara. Ni siquiera nosotros sabemos quién putas es Álvaro cepeda Samudio. Todos reímos, tal vez, para distensionar el momento.

Gabo lo comparó con un viento que andaba por todas partes para no estar en ninguna parte. Eduardo agregó, con ironía y humor, que más que viento era un vendaval porque a donde llegaba causaba destrozos.

Alejandro pidió silencio pronunciando tres veces la palabra onomatopéyica: shiito. Levantó los brazos para dar la orden de director de orquesta. Volvimos a repetir los versos. Pero Catalina ya estaba vencida. No quería jugar más. Tomó el bolso, lo abrió, y guardó el libro de cuentos.

Sacó un pañuelo, y se secó las lágrimas. Lloraba como una niña desamparada. No escuchaba a nadie. Ni siquiera respondía a las caricias que la Monja le hacía en la cabeza.

Todos callamos. Creo que por solidaridad. Tal vez, por respeto. Y permanecimos en silencio mientras ella lloriqueaba y se recuperaba. Al final, exclamó: Qué pena con ustedes. Se levantó de la silla, se acomodó el bolso en el hombro, y se dispuso a abandonar el lugar.

Álvaro trató de detenerla, la tomó por los hombros. Le dijo que no valía la pena llorar por una pendejada. Pero ella señaló que ya había tomado la decisión, y nunca reconsideraba una decisión tomada. Yo sé que soy más terca que una mula, dijo.

Eduardo decidió acompañarla porque él tenía la llave de la puerta. Salieron los dos. Quedó en el ambiente una sensación de inquietud, dudas y misterio. Nadie se atrevía a explicar lo que había sucedido con Catalina, ni quién era Catalina.

Norman fue quien se atrevió a opinar sobre aquella mujer. La definió como una inquietante metáfora. Veía en ella a gran parte de la humanidad que vivía encarcelada en una ilusión. Concluyó: No hay peores cadenas que las cadenas que provee un sueño.

Eduardo regresó con su permanente alboroto. Dijo que la había acompañado hasta tomar un taxi. Esperó hasta cuando tomaron el primero que pasó. Aun, en el taxi, iba llorando, agregó.

Gabo le dijo a Eduardo que, ya que había vuelto, le echara hielo en el vaso. Después, le pidió que le echara wiski. En son de broma, también le pidió que le revolviera el hielo.

Eduardo lo miró, cariñosamente, con los ojos torcidos. Se acercó al cuerpo de Gabo, y dijo, también en son de broma: Cariño. Por qué no me preguntas por la hora de salida, y nos vamos a dormir los dos en la misma cama. Todos reímos.

Por los acontecimientos que vinieron después, comprendí que la broma era el puente que Gabo tendía para relacionarse cariñosamente con los amigos de La Cueva. Pero su grandeza residía en saber mirar lo cotidiano para convertirlo en arquetipos universales.

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 7 y 8

Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 5 y 6

Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 2

Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 1

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte

Crónicas del invisible pez azul – Primera parte

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Jorge Guebely

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