Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 7 y 8

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Le dijo a Alejandro Obregón que ella estaba en el mismo bar en donde todos estaban a la espera en la narración de Álvaro Cepeda Samudio.

Por Jorge Guebely

Tercera parte

7

En la entrega anterior, mientras Figurita dormitaba sobre la cabeza de la Monja, comenzó a dar profundos alaridos. Cuando terminó los alaridos, entró en el llanto. Finalmente se iba calmando. Eduardo manifestó que conocía las razones, por las cuales, Figurita lloraba.

No joda, en nuestro tiempo, no es el amor lo que importa, sino el billete

Eduardo reveló la conversación que habíamos sostenido en El Unicornio. Estaba en Barranquilla porque se había peleado por su verdadera Monja en Medellín. Repitió los mismos acontecimientos que había oído. Finalmente concluyó, raro en Eduardo, con una frase sentenciosa: No joda. En nuestro tiempo, no es el amor lo que importa sino el billete.

Figurita había terminado de llorar y se limpiaba las lágrimas. Entre balbuceos, explicó que soñaba con su verdadera Monja. Los dos paseaban por las orillas de unos acantilados en un mar desconocido. De pronto, él tropezó y se fue al fondo. Caía sin cesar, y nunca terminaba de caer. Erda, no había ni siquiera una hijueputa piedra donde estrellarme y volverme mierda.

Alejandro se acomodó mejor en su silla y, desde allí, aconsejó a Figurita que se tomara el agua. Agregó que el nuevo capitalismo se empeñaba en hacer infeliz a todo el mundo. La sociedad se había llenado de personas satisfechas pero frustradas. Concluyó: Hoy, más que nunca, hay que aprender el arte de vivir.

El interior de La Cueva estaba prácticamente desocupado. Los dos muchachos de la barra se preparaban para partir a sus casas. El último borrachito iba saliendo metiéndose la mano en el bolsillo. Eduardo me convidó a cerrar la puerta de la verja.

Afuera, mientras el borracho se dirigía a la carrera 20 de Julio para buscar un taxi, sucedió lo insólito. Apareció una mujer como surgida de las sombras. Semejaba un bello fantasma.

Le manifestó a Eduardo que quería entrar a La Cueva. Era su última oportunidad de cumplir un deseo que no la dejaba en paz. No, señorita. Aquí estamos cerrando. Aquí ya no vendemos más ron.

La mujer se acercó más a nosotros como forzando la entrada. Me impresionó la lividez de su rostro que relumbraba en la oscuridad de la madrugada. A veces parecía un retrato barroco. Otras, un espectro por la blancura de sus vestidos y el pelo alborotado.

Su voz le denunciaba su extranjerismo. No era del Caribe. Parecía incluso una mujer llegada de las lejanas tierras de la Grecia antigua. Pero no era así porque su español era perfecto. Manifestó que no venía a tomar licor.

-Entonces… ¿a qué viene?

-Vengo a buscar a Álvaro Cepeda Samudio, el autor de los cuentos ‘Todos estábamos a la espera’.

Eduardo la miró con atención, de pies a cabeza, y le dijo:

-¡Ah! ¿Entonces tú eres la cachaca que estás buscando al Cabellón?

-Pues sí. Yo soy la cachaca que estoy buscando a Álvaro Cepeda Samudio, el autor de los cuentos ‘Todos estábamos a la espera’.

-Entonces, ¿tú eres la cachaca Catalina?

-Pues sí. Yo soy la cachaca Catalina que busca a Álvaro Cepeda Samudio, el autor de los cuentos ‘Todos estábamos a la espera’

Catalina ya estaba con nosotros. Por fin la tenía al frente. De “perturbada” fue el primer calificativo que le di mentalmente. Siempre repetía el nombre completo de Álvaro y el del libro de cuentos.

Eduardo continuó con el interrogatorio:

-Ajá. ¿Tú eres la estudiante de literatura, y quieres hacerle una entrevista porque ya pronto te regresa a la capital?

-Pues sí. Yo soy la estudiante de literatura, y en algunas horas regreso a la capital, pero no quiero hacerle ninguna entrevista.

-Ajá. ¿Entonces cuál es tu afán de hablar con el Cabellón?

-Pues, mire usted, yo no quiero hablar con el Cabellón. Yo quiero hablar con Álvaro Cepeda Samudio.

Catalina metió la mano en un bolso grande que traía colgado del brazo. Buscó utilizando únicamente el sentido del tacto. Revoloteaba de un lugar a otro sin ningún éxito. Mientras tanto, Eduardo le contestó:

-La misma vaina es. Aquí lo llamamos “Cabellón” porque tiene más pelo que un oso polar.

-Pero yo no quiero hablar con el Cabellón. Yo quiero conversar con Álvaro Cepeda Samudio. ¡Dígame! ¿Él está aquí?

Finalmente, Catalina sacó del bolso un libro pequeño. Lo sostuvo entre su mano y su pecho. Eduardo le respondió que Álvaro sí estaba y la condujo al interior de La Cueva en donde se hallaban todos en torno a las dos mesas.

Sin dirigirse a nadie en particular, Eduardo exclamó: Oye, Álvaro, te está buscando un espectro. Luego se volvió para cerrar la puerta de la verja, no sea que se meta otro fantasma, aclaró. Y salió.

Alejandro se levantó solícito como perro zalamero batiendo la cola. La tomó del brazo, le puso una silla a su lado, y le sirvió un ron. Era evidente que quería hacerla sentir bien, pero también era evidente que estaba sembrando intenciones masculinas.

Ella rechazó con mucha amabilidad el ron. Aclaró que no le disgustaba tomar. Además, nunca se emborrachaba. Pero había un “pero”, en unas horas regresaba a la capital.

-¿Qué es lo que quieres? –preguntó Alejandro.

-Pues, mire usted, quiero ver a Álvaro Cepeda Samudio, el autor de los cuentos ‘Todos estábamos a la espera’.

Me hice mentalmente varias preguntas: ¿Por qué tanta insistencia para hablar con Álvaro? ¿Qué tenía que decirle o escucharle? ¿Por qué su búsqueda rayaba en la obsesión? Pensé que estaba loca. La incógnita se me despejó en los siguientes minutos.

8

¿Quién escribe el cuento en donde Álvaro no es más que un personaje?

Catalina se acomodó en la silla que estaba al lado de Alejandro. Insistía, en voz alta, que ella sólo quería conversar con Álvaro Cepeda Samudio, el autor de los cuentos ‘Todos estábamos a la espera’. Esta era su última oportunidad porque partiría a la capital en las primeras horas de la mañana.

Todos miramos a Álvaro. Curiosamente él permanecía en silencio. Nos dimos cuenta de que, en verdad, Catalina no tenía ninguna idea de la persona que buscaba.

-Y ¿para qué carajo lo buscas con tanta insistencia? –preguntó de nuevo Alejandro.

-Pues, mire usted, quiero ver en persona a un hombre que sólo he visto en mi imaginación.

Alejandro se tomó otro wiski. Cruzó una pierna sobre la otra como para acomodarse mejor. Puso el vaso sobre la mesa para que se lo llenaran de nuevo. Después de todos esos gestos, dijo que esa no era una respuesta adecuada.

Catalina colocó el libro que tenía en sus manos sobre la mesa. Eran los cuentos escritos por Álvaro. Vi la portada muy arrugada. Sin embargo, conservaba bien el dibujo de Cecilia Porras: el payasito de colores, la niña montada sobre el caballito, el dueño del circo…

Se dirigió a Alejandro, y le pidió que no la considerara loca por lo que iba a contar. Después nos hizo a todos el mismo pedido. Guardamos silencio porque queríamos escuchar su historia.

Mientras recogía el bolso que tenía a su lado, dijo que ella sí recordaba el momento en que pasó de niña a adolescente. No fue un tránsito paulatino como todo el mundo, sino repentino, de la noche a la mañana. No sólo porque se despertó con la inédita menstruación entre sus piernas sino porque su nueva conciencia era como un inquilino molesto en su cabeza.

Colocó el bolso sobre sus piernas, y siguió narrando. Ella, por voluntad propia, contra todas las leyes de la naturaleza, decidió quedarse con la conciencia de niña. Me sentía muy cómoda siendo niña, explicó.

Sacó del bolso una muñeca, y explicó que se llamaba Juana. Era su preferida en una docena que tenía en casa. Prefería el juego de las muñecas, el de la rayuela, el de ‘brinca la cuerda’, el del ‘o a sin moverme’… que los asuntos ficticios y graves de los adultos.

De pronto, Catalina guardó silencio. Se quedó mirando hacia adentro de ella misma. Finalmente exclamó: Cuesta mucho conservar la inocencia y vivir entre adultos.

Álvaro, quien había estado silencioso y atento, quiso saber el precio de permanecer niña en un mundo de adultos. Para Catalina, no sólo había que pagar un precio muy alto por andar entre lobos. La astucia y la mezquindad adultas eran el peor demonio de la sociedad.

Pidió un trago de wiski. Aclaró que ahora sí se lo tomaba porque iba revelar algo que nunca antes había dicho. Dirigiéndose a Álvaro, exclamó que, por primera vez, se sentía cómoda en un lugar. Percibía una atmósfera de niño entre tantos adultos.

Alejandro, nuevamente solícito, se lo sirvió. Ella se tomó un sorbo. Lo saboreó. Tuvo una expresión de satisfecha. Y exclamó: El peligro de permanecer como niña es que veas el mundo como niña.

Yo pensé: Catalina está loca. Pero parece una loca demasiado lúcida.

Nada era más degradante para ella que ver permanentemente visiones en mundo real. Delante de cada rostro siempre percibía una máscara. Por encima de cada cuerpo descubría un disfraz. En cada palabra, había un sentido oculto.

Al tiempo que hablaba, se entristecía y se le apagaba la voz. Por la calle sólo veía muñecos. El mundo entero se le había convertido en una vitrina poblada de maniquíes. Hace tiempo que no veo un rostro humano, exclamó con cierto dramatismo.

Guardó unos segundos de silencio. Tragó en seco y con dificultad como si ingiriera una enorme pena. Habló entonces de Samuel Beckett. Ella también estaba esperando a Godot. Era personaje de ese exasperante drama.

Tomó otro sorbo de wiski. Miró a Alejandro, le dijo que ella estaba en el mismo bar en donde todos estaban a la espera en la narración de Álvaro Cepeda Samudio. Estaba sentada en el mismo banco rojo con las otras personas.

Intentó recogerse el pelo pero era difícil porque lo tenía muy alborotado. Insistió en que ellos no eran personajes porque no eran la ficción. La ficción estaba por fuera, ficticios eran los lectores. Buscan las verdades de los personajes literarios para ver si encuentran su propia verdad, concluyó.

Las palabras de Catalina me emocionaron. Pedí un wiski pero ya la botella estaba vacía. Eduardo dijo que iría por la otra pero que él no era ningún marica para pagar la pea de todos. Alejandro le pidió que no pusiera tanto pereque, que trajera rápido la otra botella porque la situación se estaba poniendo buena.

Mientras Alejandro regañaba a Eduardo, recordé una novela, creo que de Unamuno, en donde el personaje recriminaba a su autor. Le hacía caer en cuenta de que el autor era pasajero. Por el contrario, él revivía cada vez que alguien abría la novela.

Ahora, Catalina se consideraba un personaje literario. Y en Barranquilla, algunas personas afirmaban que Álvaro era un personaje de ficción. Comprendí que los dos, Álvaro y Catalina, estaban desadaptados, se movía entre personajes literarios. Me pregunté: ¿Quién escribe el cuento en donde Álvaro no es más que un personaje?

Me puse atento para observar y escuchar a Catalina en su relato.

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 5 y 6

Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 2

Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 1

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte

Crónicas del invisible pez azul – Primera parte

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Jorge Guebely

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