Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 5 y 6

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Un adulto que juega como niño es más revolucionario que un guerrillero que se va a La Sierra Maestra con Fidel Castro.

Por Jorge Guebely

Tercera parte

5

En la entrega anterior, escuchamos las primeras disquisiciones de Gabo en La Cueva. Eduardo descubrió una aglomeración de borrachos en torno al mostrador. La novelería se debía a la exposición de calzones femeninos, entre los cuales, se hallaban los de Luz Marina Zuluaga, la reina universal de la belleza.

El amor es pura mierda, monjita. Es una foto vieja que ya se le borró la imagen de tanto manosearlo, y no encontrar nada

Observamos incrédulamente los interiores de la reina universal durante algunos minutos. Pronto volvimos a la mesa. Nos reencontramos con la Monja que se había quedado sola porque, según ella, estaba cansada de ver calzones y pantaloncillos en el prostíbulo de La Negra Eufemia.

Eduardo tomó de nuevo la botella de wiski y pidió, a gritos, que le trajeran un saca-corcho. Juró por la madre que no descansaría hasta descubrir los orígenes de esos calzones tan delicados.

Gabo le puso la mano sobre el hombro y lo tranquilizó. Le pidió que no se preocupara porque ese era un secreto entre los mamagallistas de La Cueva. Ni por el putas, respondió Eduardo. Yo no me quedo con ese secreto.

Gilberto llegó con el saca-corcho. Eduardo lo recibió y se quedó mirándolo a los ojos. Tú sí sabes quién trajo los calzones de la reina, le dijo en forma afirmativa e interrogativa al mismo tiempo.

El rostro del muchacho se sorprendió por la afirmación. Guardó silencio sin espabilar. Finalmente respondió que no tenía la menor idea. Marica, exclamó Eduardo, se te nota en la cara que tú sí sabes.

Eduardo tenía dificultades para destapar la botella de wiski. Alejandro se la arrebató junto con el saca-corcho diciéndole que él –Eduardo- sólo estaba acostumbrado a destapar cervezas.

Alejandro se puso en la tarea de destapar la botella de wiski. Mientras hundía la punta del saca-corcho en el corcho, exclamó: Eduardo es más ordinario que los calzones de popelina que acabamos de ver. Y todos reímos por sus ocurrencias.

Hundía más la punta del saca-corcho dándole vueltas en la parte superior. Empujaba y hacía esfuerzos con la boca cerrada. De pronto exclamó: Pero una vaina sí es cierta.

Todos callamos esperando a que concluyera su frase. Sin embargo, tuvimos que esperar hasta cuando hundió bien la punta del saca-corcho. Finalmente terminó su idea: La desigualdad social de las mujeres se nota hasta en los calzones.

Volvimos a reír. Figurita, que continuaba al lado de su Monja, comentó que eso era verdad. Y tengo otra verdad, indicó de nuevo Alejandro. Mejor que la anterior.

Quedamos esperando su nueva verdad. Se puso de pie, en posición para retirar el corcho de la botella de wiski. Antes de hacerlo, apuntó: No importa la clase de calzones: de seda o de popelina; el gustico es el mismo.

Alejandro agarró con seguridad el saca-corcho. Apretó los labios y tiró, de un solo jalón, el corcho de la botella. Todos aplaudimos como si se tratara de un acto encomiable. Con la botella en una mano y el saca-corcho en la otra, indicó: Y también tengo una tercera verdad. Mejor que las anteriores.

¿Cuál es tu tercera verdad? –preguntó Eduardo.

-Que no sólo el gustico es el mismo sino que el placer es supremo cuando se hace con amor.

-No joda. ¡Qué vaina tan cierta! –aceptó Álvaro.

Alejandro le pidió a Gilberto que le trajera hielo. Únicamente hielo porque así el wiski era más puro. Tan pronto terminó de hacer el pedido, exclamó: Pero insisto, con amor, no con deseo. El amor y el deseo son dos vainas diferentes. Son como el agua y el aceite.

Álvaro se tomó el último sorbo de cerveza que tenía en el vaso y lo arrimó hacia donde estaba Alejandro para que le echara un trago de wiski. No joda. Estás filosofando finamente, indicó.

Alejandro hizo caso omiso de la petición de Álvaro. Más bien le dio la botella a Eduardo para que él se encargara de servir los tragos. Pero tengo otra verdad, insistió.

La Monja, quien estaba al lado de Figurita, exclamó: Ve, mi amor. Tus verdades están muy buenas. Seguí sacándolas todas.

Alejandro, que aún estaba de pies después de haber destapado la botella de wiski, la miró con simpatía. Le dio las gracias y apuntó: El amor es pura mierda, Monjita. Es una foto vieja que ya se le borró la imagen de tanto manosearla y no encontrar nada.

Quedamos en silencio como mascullando mentalmente la afirmación. Figurita aventuró a decir que le parecía que Alejandro tenía razón. Nadie más expresó idea alguna. Fue la Monja quien finalmente preguntó: Ve, mi amor. Entonces, ¿qué pasa allí?

Y Alejandro respondió: Pasa que hay que aprender a tirar con un fantasma en la cabeza. Todos guardamos silencio, rumiando las nuevas conclusiones de Alejandro.

Gilberto llegó en ese momento con la hielera. Con la tenaza, echaba trocitos de hielo en los vasos. Yo me abstuve de tomar wiski porque sentí que el paso siguiente era la borrachera.

Eduardo se reafirmó en su idea de descubrir cómo habían llegado los calzones de la reina universal a los predios de La Cueva. Y el secreto lo iba a descubrir de inmediato. Se dirigió a Gilberto, lo tomó por un brazo, y le preguntó cómo habían llegado los calzones de la reina.

El muchacho se extrañó de nuevo. Guardó silencio. Finalmente respondió que no sabía nada. No hables mierda, le replicó Eduardo. Yo sé que tú sabes.

Gilberto movió la cabeza en forma negativa. Se lo veía empantanado y asustado. Eduardo lo amenazó: Si no me cuentas cómo llegaron esos calzones, te echo esta misma noche.

La amenaza fue suficiente para que Gilberto ablandara la lengua.

6

Un adulto que juega como niño es más revolucionario que un guerrillero que se va a la Sierra Maestra con Fidel Castro

Silencio, sólo silencio en un comienzo. Seguimos esperando a que Gilberto se manifestara. Finalmente lo hizo, aclaró que había hecho la promesa de cubrir el nombre del santo, pero no el milagro.

Entre los clientes de La Cueva había uno con un numerito que trabajaba de mucama en el Hotel de Prado. A ella le pidió que, a cualquier precio, le robara un interior a la reina universal de la belleza. En dos días, el hombre ya tenía la pieza en sus manos.

Hubo expresiones de sorpresas. No joda, el secreto era fácil, exclamó Álvaro. Erda, ¡qué mamadera de gallo tan bacana!, dijo Figurita. Eduardo se puso de pies y le dio un golpe sobre la mesa para llamar la atención.

Todos callamos. Él aventuró la hipótesis de que sólo tres clientes habían podido hacer esa proeza. El posible autor se hallaba entre tres corronchos cazadores que tenían mocitas trabajando en el Hotel del Prado.

Gabo tomó el vaso con wiski y nos pidió ponernos de pies para brindar. Cuando todos estuvimos dispuestos a brindar, exclamó: Brindemos por el reencuentro con los amigos porque ellos constituyen la verdadera riqueza de un ser humano.

Unos brindaron con wiski: otros, con cerveza. Yo no tomé nada porque no quería emborracharme.

Gabo hizo un gesto con las manos para que nos quedáramos de pies. Quería decirnos algo antes de sentarnos. Se dirigió a Eduardo y le sugirió que se dejara de esa maricada de estar buscando el autor de semejante genialidad. Más bien había que felicitarlo porque era el verdadero héroe del juego.

Nos sentamos de nuevo. Gabo apuntó que el juego de niños era el acto que más complacía a los dioses. Según él, habíamos nacido para vivir en un paraíso y pasar el tiempo jugando. Pero el hombre había cometido el error de construir su propio destino y sólo había construido infiernos.

Yo apreté fuertemente el vaso vacío porque me puse nervioso. Recordé lo que el poeta alemán, Schiller, había dicho del juego. Y no estaba seguro de intervenir y decir bobadas ante Gabo.

Apreté más fuerte el vaso. Toqué varias veces la mesa para llamar la atención. Cuando todos callaron y me miraban, el susto fue mayor. Sin embargo, ya no había retorno.

En voz alta, les dije que el poeta Schiller consideraba el juego como un acto estético. Tan honorable como un poema o un cuadro. Si un poeta utilizaba el poema para rescatar los tiempos originales; en el juego, los adultos se volvían niños. Es decir, volvían a sus tiempos primigenios.

Todos callaban. Esperaban más ideas de mi intervención. Pero yo estaba asustado. Sólo quería decir la última idea y la expresé: Un adulto que juega como niño es más revolucionario que un guerrillero que se va a La Sierra Maestra con Fidel Castro.

Y mientras hablaba, se me desapareció el susto. Para Schiller, según yo había leído, el juego era una lucha contra la gravedad del sistema. Y concluí: La gravedad es una estrategia del sistema para hacer infeliz y someter a los pueblos del mundo.

Álvaro dio un manotazo sobre la mesa. Dijo que lo que yo había dicho era pura filosofía popular. Y se preguntó ¿qué era lo que hacía Eduardo cuando la mujer lo sorprendía con otra vieja? Simplemente se ponía bravo, fingía gravedad. Eche, simplemente finge dignidad para que no lo jodan más. Y todos le hicimos algarabía al dueño de La Cueva.

Seguimos en el ritmo de la parranda. La madrugada avanzaba más hacia su fondo. El gallo reloj de la cuadra volvió a cantar. Eduardo confirmó que debían ser las dos de la mañana.

De pronto, oímos una risita. Luego, la risita se volvió a repetir. Buscamos con la mirada el origen y descubrimos que tanto la Monja como Figurita se habían dormido. Los dos habían juntado sus cabezas para dormir recostados uno sobre el otro.

Figurita sonreía desde su sueño. Tenía una cara muy feliz. Álvaro afirmó que era la primera vez que lo veía feliz en la noche. Eduardo complementó diciendo que posiblemente soñaba con su verdadera Monja porque estaban peleando.

Eduardo no había terminado su frase cuando Figurita se despertó pegando un fuerte alarido. Se agarraba el pecho como si le hubiesen metido un puñal en el corazón.

Todos nos asustamos. La Monja también se despertó y trató de calmarlo. Pero era imposible, Figurita seguía echando berridos. Estaba como loco. Estaba como en otro mundo.

Gabo sugirió que le dieran un vaso con agua. Yo llené con agua el vaso que tenía en mis manos y se lo pasé a la Monja.  Pero Figurita sólo lanzaba alaridos y golpeaba la mesa con sus dos puños.

Álvaro lo abrazó y lo inmovilizó para que no se hiciera daño. Así lo mantuvo durante algunos segundos. Finalmente dejó de dar alaridos. Paulatinamente se fue calmando.

Cuando ya se hubo calmado, entonces comenzó a llorar. Lloraba sin control alguno. La Monja le sobaba la cabeza con ternura para que se tranquilizara. Gabo sugirió que lo dejaran llorar para que se desahogara.

Lloró durante algunos minutos. Paulatinamente iba recuperando la calma. La Monja lo estrechó contra su pecho. Parecía un niño desconsolado.

Eduardo confesó que él sabía las razones de su llanto. Todos lo miramos para que contara lo que sabía. Ante las miradas insistentes, comenzó diciendo que no había peor tortura que los conflictos que se iniciaban debajo de las cobijas.

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 2

Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 1

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte

Crónicas del invisible pez azul – Primera parte

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Jorge Guebely

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