Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 3 y 4

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García Márquez les dijo: “He descubierto que la verdadera patria está en las sensaciones de niño porque nunca se van de la memoria”.

Por Jorge Guebely

Tercera parte

3

En la entrega anterior, José Domingo fue presa de un flujo de conciencia frente al arroyo de La María. Cientos de objetos intrascendentales pasaron por su conciencia. El ensimismamiento estaba a punto de terminar. 

Volver a Barranquilla es volver a la vida

Yo miraba ensimismado el tumultuoso arroyo de La María. Observaba al mismo tiempo mi flujo interior. Pensé: Como en el arroyo, muchos objetos inútiles pasan por mi conciencia.

Alguien tocó mis espaldas y volteé. Eduardo me hacía señal para indicarme que era el momento de partir. Hizo bocina con las manos, se me acercó al oído, y gritó: Vamos a La Cueva que allá debe estar Gabo.

Nunca pensé que iniciaba el descenso al fondo de mí mismo.

Llegamos a La Cueva encaramados caóticamente en el jeep descapotado de Álvaro. Nos bajamos en medio de la bulla, en el momento en que un gallo cantó dos veces. Para Eduardo, era la una de la madrugada porque ese animal era el mejor reloj que había en toda la cuadra.

La Cueva tenía aún las puertas abiertas a pesar de ser martes para amanecer miércoles. Aún sonaba el tocadiscos estéreo, el primero que hubo en negocio alguno de Barranquilla, con el disco ‘A la orilla del mar’ en la voz de Bienvenido Granda. Desde afuera, se oían los gritos melifluos de borrachos.

Al interior, encontramos los mismos de siempre. Muchos, aglomerados en torno al mostrador. Cada uno con su cerveza o su trago de ron en las manos.

Tan pronto Eduardo entró, los espantó para que se regresaran a sus casas:

-Ajá. ¿Qué vaina es esa que todavía están bebiendo? –les gritó-. Ya es hora de irse. También hay que atender a sus mujeres. Después no se quejen de los cachos. De hecho, algunos ya tienen cara de toro: bravucones pero con cachos.

Álvaro exclamó, mostrando con el índice al fondo de La Cueva. ¡Mierda! ¡No joooda! ¡Mira quién está allá! Miramos y descubrimos a Gabo. Exhibía su sonrisa limpia debajo de sus espesos bigotes. No podía negar su cara de árabe.

Álvaro corrió y fue el primero en abrazarlo. Se golpearon las espaldas fuertemente como dos niños juguetones. No hay nada como volver al corazón de los amigos, exclamó Gabo.

En un minuto, se juntaron los viejos amigos. Cada uno lo abrazaba con golpes fuertes sobre las espaldas. Gabo les respondía con una frase elogiosa.

A Figurita le dijo: El hombre que le robó una monja a Dios para devolvérsela en una obra de arte. A Alejandro: El pintor capaz de hacer con los colores un bello poema. A Álvaro: Dios no pudo haber escogido mejor personaje literario para mostrarnos su enorme creatividad.  A Eduardo: Tienes el alma más limpia como prueba de que la cerveza es el mejor diurético para el cuerpo y para el alma.

Eduardo llamó a Gilberto, uno de los dos muchachos del mostrador. Le ordenó que arreglara dos mesas con sus sillas porque el hijo pródigo había regresado a la casa paterna. El muchacho obedeció con diligencia. En un minuto, la orden estuvo cumplida.

Eduardo pidió cervezas para quienes quisieran tomar. Manifestó que había reservado una botella de wiski sello negro para esta ocasión. Y salió a buscarla al lado donde tenía su residencia.

Gabo buscó una de las sillas, y Álvaro lo acompañó, llevándolo por el brazo. En el trayecto le preguntó las razones por la cuales estaba en Barranquilla. No creo que sea únicamente por el matrimonio.

La pregunta, como un interruptor, encendió las palabras de Gabo quien pidió que nos sentáramos todos. No se le borraba la sonrisa de sus labios. Tampoco podía ocultar la felicidad en su rostro. Y mientras se sentaba dijo que bien habría podido casarse en Caracas, pero en Caracas no están ni el caribe colombiano, ni los locos de mis amigos.

Apenas nos sentamos, observé a la Monja. Del disfraz de monja quedaba poco. El velo color crema que le llegaba hasta la cintura  y la camándula ya habían desaparecido. Miré a Alejandro y lucía una camisa grande que le habían prestado en El Unicornio.

Ellos contrastaban con la pulcritud de Gabo. Su camisa con palmeras fosforescentes se destacaba aún en la oscuridad. Pensé: Cualquier vestido es bueno para andar los caminos de la noche. Sin darme cuenta, me estaba poniendo filosófico.

Regresó Gilberto con media canasta de cervezas y media docena de vasos de cristal. Preguntó que quiénes querían cervezas. Quienes levantábamos la mano, nos destapaba una y nos la servía con mucho cuidado para no derramar la espuma.

Gabo tomó un vaso y lo mantuvo en sus manos. Dijo que había vuelto a Barranquilla porque le faltaban la arepa de huevo y los chicharrones con yuca harinosa. He descubierto que la verdadera patria está en las sensaciones de niño porque nunca se van de la memoria.

Se llevó la cerveza a la boca. Quienes tomábamos cervezas, hicimos lo mismo. Se sacó el pañuelo para limpiarse la espuma que le había quedado en el bigote. Para mí, dijo, volver a Barranquilla es volver a la vida.

Nos miraba a todos por momentos, y no dejaba de hablar: Me falta el Caribe, el sol y el mar, los matarratones y los almendros. Me falta esa madre natural.

Guardó silencio. Movía la cabeza como diciéndose ‘sí’. También extraño los carnavales y los vallenatos de Escalona, los goles del Junior y las carreras del Vanytor. Me falta esa madre cultural que me enseñó a vestir con camisas coloridas.

Hablaba conmovido. Sus palabras surgían libremente desde los profundo de su conciencia. Estaban cargadas de una sentida belleza que, para mí, fueron luminosas. Pero lo mejor de su discurso estaba por venir.

4

Uno anda por Europa como un alma en pena, como una persona con el alma suspendida

Gabo tomó nuevamente cerveza. Arreglándose el cuello de la camisa, dijo que contaría una experiencia que vivió en la catedral de Nôtre Dâme de París. Había estado allí varias veces, por lo tanto, su interés de novedad había desaparecido.

Usaba las palabras con el cuidado de cirujano. Aclaró que, terminado el interés por la novedad, sintió que surgían los recuerdos como un vendaval de añoranza. La nostalgia en Europa me desbarató la conciencia. Me trastornó la realidad.

Tomó otro sorbo de cerveza, y continuó su discurso: Sonaban las campanas de Nôtre Dâme de Paris, y yo oía las de San Nicolás en Barranquilla. El órgano tocaba la ‘Missa in Angustiis’ de Haydn, y yo sólo escuchaba la canción de Aníbal Velásquez: “sonaron la campanas de San Nicolas, llegó el amanecer, me vuelvo a estremecer…” Levantaba los brazos, y se movía como si estuviera bailando.

Con un gesto displicente, tomó la botella de cerveza, y llenó el vaso nuevamente. Uno anda por Europa como un alma en pena, como una persona con el alma suspendida, como un turista movido por la sed de novedad, motorizado por el delirio de importancia personal, pero sin corazón. Uno está muerto en vida aun cuando se mueva de un lugar a otro.

Todos permanecíamos atentos a sus palabras: Uno vive allá, y el corazón permanece aquí esparcido entre los amigos. Flota en el olor de la ciudad que te vio despuntar, en la mamadera de gallo con la que te reciben los emboladores del Paseo Bolívar.

Quitó, con el dedo, la espuma de cerveza que rebosaba en el vaso. Uno anda escindido. El cuerpo camina por Europa con su séquito de sensaciones secundarias, pero el alma está en el Caribe. Partido. Dos mitades locas.

Se detuvo un segundo sólo para tomar respiración. Creo yo que para darle mayor contundencia a su conclusión final: Yo vuelvo al Caribe y todo el cuerpo se me encaja de nuevo.

La palabra “escindido” me taladró el alma. La imagen de andar por el mundo con el alma suspendida me removió los cimientos de la conciencia. De pronto, me sentí como un cascarón lleno de fantasía, una vitrina poblada de artículos inoficiosos.

En ese momento, Eduardo reapareció con la botella de wiski sello negro. Antes de sentarse, miró la aglomeración de borrachos y mareados en torno al mostrador. Los volvió a espantar pero ninguno le hizo caso.

Gabo le advirtió, con sorna, la dificultad que iba a tener para mandar a esos borrachos a sus casas. Él había estado allí, antes de que nosotros llegáramos, y lo que vi es un elogio desproporcionado al machismo costeño.

Explicó, extendiendo los brazos, que allí se exhibían  los  calzones de mujeres que habían sucumbido ante los asedios masculinos de los hombres que frecuentaban La Cueva.

Álvaro hizo un gesto con la mano para indicar que eso no tenía importancia. Explicó que los calzones estaban colgados desde la semana anterior, por lo tanto, ya habían perdido todo interés.

-Entonces, por qué mierda se aglomeran como si fuese el primer día –preguntó Eduardo quien sostenía la botella de wiski en la mano.

Gabo, arreglándose los bigotes, dio la respuesta.

-Porque allí están los calzones de Luz Marina Zuluaga, la reina universal de la belleza.

Nos quedamos perplejos. Nadie se atrevía a decir nada. Simplemente nos mirábamos las caras los unos a los otros.

Alejandro rompió la perplejidad. Recordó que la reina había estado la semana anterior en Barranquilla. Se había hospedado en el Hotel del Prado, y había recibido todas las atenciones del gobierno departamental y municipal. Pero uno nunca sabe cómo son los secretos de una mujer, dijo.

Eduardo puso la botella de wiski sobre la mesa para manotear con mayor libertad. Aclaró que aquello era simplemente un juego de desocupados. Sin embargo, tenía sus reglas que debían cumplirse estrictamente.

Como nadie intervino ante su afirmación, entonces continuó. Y una de esas reglas consistía en que los interiores debían ser auténticos. Por lo tanto, esos calzones pertenecen de verdad a la reina universal de la belleza.

Nos mirábamos desconcertados. Todos teníamos cara de incredulidad. No joda, aquí hay gato encerrado, conjeturó Norman.

Figurita, quien estaba al lado de la Monja, propuso mirar de cerca el cuerpo del delito. Nos levantamos y fuimos a observar. Yo llevaba la curiosidad de ver, por primera vez, unos calzones de talla universal.

Nos acercamos abriéndonos pasos entre los borrachos. Efectivamente allí estaban los interiores de la reina. Se los reconocía porque destellaban delicadezas elaboradas en seda azul y encajes níveos. Creaban una sensación vaporosa. Parecían prendas celestiales. Sólo de verlos y surgía de inmediato la imagen de un arcángel. Pensé: Así deben ser los calzones de las angelitas.

Contrastaba con los otros que eran de popelina gruesa y colores estridentes. En vez de elásticos, tenían cauchos negros. Y ninguna figurita delicada –mariposita o florecita- adornaba sus superficies desteñidas.

Sin embargo, el misterio quedó resuelto porque Eduardo no se creyó la idea de que uno de sus clientes hubiese tenido el más mínimo roce con una reina universal. No joda. Intelectuales o cazadores, aquí lo que hay es una partida de corronchos, concluyó.

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 2

Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 1

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte

Crónicas del invisible pez azul – Primera parte

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Jorge Guebely

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