Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 2

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Un desfile de Carnaval es un arroyo de vidas. Y un arroyo de aguas sucias y turbulentas es un desfile de la vida que somos.

Por Jorge Guebely

Tercera parte

2

En la entrega anterior, Alejandro se subió sobre una estatua de Bolívar. Permanecieron allí hasta cuando un vecino malgeniado los insultó. Finalmente apareció el arroyo de La María. Según José Domingo, los acontecimientos que allí tuvo nunca antes lo había vivido.

Circulaba el tiempo, pasaban los objetos, transitaban los desechos

El bramido sostenido del arroyo lo llenaba todo. Me penetraba hasta en la intimidad de los huesos. Eduardo, quien estaba a escasos metros, me gritó algo, pero sólo vi el movimiento de su boca.

Álvaro, protegiéndose de la brisa, encendió un cigarrillo. Fumó y aspiró como tratando de impulsar el humo a lo más profundo de los pulmones. Repitió el acto dos veces. Pasó el cigarrillo a Alejandro.

Alejandro hizo lo mismo. Después de fumar, observó el tamaño del cigarrillo, y lo pasó a Norman. Y mientras Norman fumaba, Álvaro encendía un nuevo cigarrillo.

Yo volví la vista al arroyo. Sumido en el ruido, vinieron a mi memoria los versos de Jorge Manrique, los que aprendí en clase de literatura española. Se me dio por declamarlos en voz  alta. Nuestras vidas son los ríos / Que van a dar a la mar…

Figurita, quien estaba a mi lado, me escuchó a medias. Me hizo seña con la mano para que los declamara de nuevo con más potencia. Lo hice como si quisiese ser escuchado en el mundo entero.

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

que es el morir;

allí van los señoríos

derechos a se acabar

y consumir;

allí los ríos caudales,

allí los otros, medianos

y más chicos,

allegados, son iguales

los que viven por sus manos

y los ricos.

Cuando terminé, nadie dijo nada. Ni siquiera Figurita quien ya no estaba a mi lado. Creo que nadie me escuchó.

Miré de nuevo el arroyo. Me pareció un espectáculo pavoroso. Impresionaba verlo pasar con su fuerza descomunal. Me atraía. Por momentos, daban ganas de revolcarse en sus aguas turbulentas.

Me senté sobre un pretil para apreciarlo. Me sumí aún más en el bramido, en los remolinos de sus aguas sucias, en los torbellinos de basuras. El enorme estropicio me adormeció. Objetos insólitos comenzaron a desfilar ante mis ojos.

Vi hojas blancas de papeles arrastradas por el arroyo. Descendían vertiginosamente sobre las aguas turbulentas. Unas se atascaban contra un poste de la energía. Se mantenían allí pegadas hasta cuando un empujón de agua las echaba de nuevo a la corriente. Seguían su descenso frenético bamboleándose de un lugar a otro.

Recordé a Catalina, la cachaca que andaba detrás de Álvaro. La oí sin conocerla cómo comparaba la vida con un río y la historia con un arroyo. Ahora lo veía claro. Frente a mis ojos circulaba la metáfora del tiempo lleno de despojos, papeles que no eran más que artificios.

Vi una cama de mimbre que descendía dando volteretas. ¿Cuántos sueños debieron forjarse sobre aquel mueble? ¿Cuántas noches de amor debieron darse en su superficie? ¿Cuántos planes fallidos debieron tejerse durante su fugaz existencia?

Cama que brilló por su novedad, apetecida por la novelería. El mismo tiempo la devoró, la convirtió en objeto viejo, pasado de moda. La redujo a la insignificancia del residuo. Recordé el destino de las personas.

Vi muebles de mimbre que descendían detrás de la cama: sillas, sofás, mesitas. Hacían cabriolas sobre las aguas. Se chocaban unas contra otras. Y pasaron más camas, una biblioteca, varios libros. Todo pasaba veloz hacia el río y luego al mar. Hacía la nada.

Vi un caballo muerto flotando con los cascos hacia arriba. Chocó contra un sardinel, y se ladeó pesadamente. Se estrelló contra una piedra gigante, y volvió a su posición inicial. Golpe tan fuerte que lo lanzó al centro de la corriente. Siguió de nuevo el descenso. Desapareció en la oscuridad con la patas tiesas apuntando al cielo negro.

Una vaca de vientre hinchado descendía apacible. Transportaba un gallinazo negro y voraz sobre el redondel de su estómago. Desde allí le daba picotazos feroces con la intención de taladrarle la superficie.

Miré a Figurita, también estaba absorto. Volví la mirada sobre la corriente. Alguien me tocó el hombro. Era Norman, me indicó con el dedo que observara hacia arriba.

Vi dos canoas remadas por dos personas disfrazadas: una, de marimonda y otra, de monocuco. Hacían equilibrio para no caerse al agua. Cuando la fuerza de la corriente se los permitía, saludaban a las personas situadas en las aceras.

Circulaba el tiempo, pasaban los objetos, transitaban los desechos. Las formas se movían, cambiaban de rostros. Mundo proteico. Detrás de tanto tránsito, la eternidad debía flotar. Mis ojos estaban atentos a percibir la eternidad, mi cuerpo quería sentir la persistencia, mi conciencia sentía necesidad de estallar en el vacío de la infinitud.

Nuevas imágenes circularon ante mis ojos mientras yo estaba ebrio de tantas formas deleznables. Una marimonda, en medio de la turbulencia, se rascaba el culo y las huevas. Frente a mí, me miró, hizo señas con los brazos y la pea-pea. Indicó que quería culiarme. Hice bocina con las manos, le grité: ¡Vete a culiar a tu madre!. No me oyó.

Más arriba, una veintena de canoas descendían remadas por monocucos y marimondas. Parecía la cabeza de un desfile. Remaban y bailaban al ritmo del ‘Te olvidé’, la canción de Antonio María Peñaloza.

Un monocuco me miró fijamente. Vi, en sus ojos negros, un vaho de ternura. Me llamó la atención el colorido de su capuchón. Combinaba colores primarios: amarillo, azul y rojo, en una armonía resplandeciente. Al tiempo en que se alejaba, me decía adiós con la mano.

La marimonda me transportó a lo instintivo. A lo subterráneo de su nariz gigante como pene, de sus dos párpados abultados como escrotos, de su boca hinchada como labios vaginales de mujer gigante, de su música grotesca con pea-pea.

El monocuco flotaba en la delicadeza del aire. Su antifaz de refinamiento, su voz delgada como ser en vía de desvanecimiento, sus bromas delicadas como ironías angelicales colindaban con lo celestial.

Y mientras tejía pensamientos, sentí un gran estruendo. Descendía un desfile acuático de carnaval. Se acercaba un enorme barco llenos de luces. Barco pirata con bandera de calavera y huesos cruzados en la punta del mástil. Multitud de disfraces brincaba sobre la cubierta.

Dos hombres encendían fuegos artificiales. Una varilla salió disparada marcando una estela de luces amarillas. En la espesa oscuridad de la noche, hizo tres explosiones en cadena. En la primera, surgió una esfera de intensos verdes. En la segunda, un paisaje de palmeras rosadas envueltas en humo. En la tercera, una flor de crisantemo de un blanco intenso en el centro y múltiples colores en el contorno.

Y aún brillaba sobre el tapete oscuro de la noche, y otro cohete subió silbando y echando chispas. Y después otro y otro. Subían uno detrás del otro. El cielo oscuro se iluminó con luces artificiales, con  múltiples rosetas de colores, con múltiples paisajes de fuego.

Vi el barco más cerca, más imponente. Su sonido musical estridente. Su interior poblado de disfraces: el hombre del machete atravesado, el hombre caimán, el hombre sin cabeza, el toro bravo, el tigre de bengala… Todos bailando al ritmo del ‘Te olvidé’.

Vi la reina sobre una tarima lanzando besos. Los confetis salían de sus manos como palomitas de colores. –Uno cayó a mi lado y lo guardé en mi bolsillo-. Su corona de flores se adornaba con luces de neón que alumbraban intermitente su rostro. Cuerpo de soberana bailando desenfrenadamente sobre una tarima.

Vi dos mujeres bellas, vestidas con trusas deportivas de colores intensos, acompañando a la reina. Agarradas a tubos de hierro hacían maromas de circo. Se retorcían al mismo ritmo. Gemelas de la barra. Terminaron al mismo tiempo, hicieron la misma venia, y sonrieron con la misma discreción.

Sobre la misma tarima, un grupo de cuatro parejas venían bailando frenéticamente. Igual que las contorsionistas, sus movimientos eran rítmicos y milimétricamente equiparados. Faldas de las bailarinas, largas por detrás y abiertas por delante, mostraban sus bellos muslos de mujer. Las camisas masculinas lucían mangas con volantes rojos y amarillos. Se les sentía el enérgico fru-fru de las telas y el scha scha de las maracas.

Aparecieron los turbantes cónicos del congo grande, y los pollerones con volantes de mujeres al ritmo de una cumbia. Encima, un muñeco gigante los cobijaba con sus brazos abiertos. Orejas grandes y puntudas, un solo ojo en su frente. Recordé al cíclope de La Odisea.

También desfilaba la danza de los diablitos. Un enorme pez azul cubría la cubierta. La reina popular bailaba al interior de sus fauces pobladas de dientes aserrados.

Sus aletas gigantes sobrevolaban las fronteras de la embarcación. Su cabeza feroz superaba la proa y la cola, sobrepasaba la popa. La monstruosidad del pez azul despertaba temor.

Me pregunté si eso era lo que andábamos buscando en aquella noche de parranda, el bello y escandaloso encanto del placer. Ninguna respuesta se me vino a la cabeza. Sólo una tristeza inesperada me penetró la conciencia.

De nuevo, alguien tocó mi hombro. Era la mano de Norman quien me convidaba a abandonar el lugar. Los otros ya se habían ido. Al alejarme del arroyo de La María, sobre la calle de La Felicidad, sentí que una atractiva invención se quedaba atrás.

Más adelante le pregunté a Norman: ¿Viste el desfile de carnaval? Me miró sonriente, no me contestó nada, y seguimos caminando. Yo metí la mano en mi bolsillo, y palpé el confeti que me había lanzado la reina mientras bailaba frenéticamente sobre una tarima. Un confeti que parecía una palomita de color.

Ya todos ubicados en el jeep, emprendimos al regreso a La Cueva donde nos esperaba Gabo. Ahora sí vamos a comenzar la fiesta, exclamó Álvaro. Y arrancó el destartalado carro.

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 1

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte

Crónicas del invisible pez azul – Primera parte

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Jorge Guebely

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