Crónicas del invisible pez azul – Tercera parte – 1

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Alejandro Obregón se montó sobre una estatua de Simón Bolívar. Lo espoleaba como si el Libertador fuese un caballito de mármol.

Por Jorge Guebely

Tercera parte

1

La entrega anterior nos dejó el final de una lluvia y el alboroto de quienes se bañaban. Antes de ir a La Cueva, al encuentro con Gabo, decidieron ir al arroyo de La María. En el camino, Alejandro tomó una determinación insólita.

Este Bolívar no es un símbolo, sino una publicidad engañosa

Estuvimos inmerso en esa algarabía hasta cuando los truenos se alejaron, y la lluvia amainó, y ya no hubo más relámpagos. Volvimos al interior de El Unicornio, y nos secamos con dos toallas que don Manuel nos prestó. Álvaro, quien tenía la costumbre de guardar ropa en sus lugares predilectos, nos prestó camisas y pantalones.

En pocos minutos, estuvimos listos para subirnos al jeep de Álvaro, y continuar las rutas de la noche. Eduardo nos recordó que era hora de volver a La Cueva porque allí debía estar Gabo esperándonos. Guardamos silencio porque pensábamos lo mismo. Y ese silencio no hizo audible un pavoroso bramido, sostenido y tumultuoso.

Me pregunté mentalmente: ¿Qué será ese ruido? Alejandro se hizo la misma pregunta, pero en voz alta. Don Manuel le respondió: Eso ya se sabe. Ese es el arroyo de La María que ya se creció con la lluvia.

Alejandro propuso ver el arroyo antes de volver a La Cueva. Aseguró que era un espectáculo alucinante. Y nos encontrábamos sólo a dos cuadras.

No lo pensamos más, nos pusimos en camino a la calle de La Felicidad por donde descendía La María. Sólo Álvaro se subió al jeep que, al principio, no quería prenderle porque hasta la máquina se le había mojado.

Descendimos por una calle solitaria rumbo al arroyo. Algunos bombillos opacos intentaban iluminar una noche dominada por la oscuridad. Álvaro se adelantó en el jeep. Allá abajo los espero, nos dijo al pasarnos.

Descendíamos en manada haciendo escándalo. Cada cual tejía una broma o una burla contra alguien. Eduardo se dirigió a Alejandro. Lo llamó para contarle un chiste, pero no hubo respuesta alguna.

Eduardo insistió una, y dos, y tres veces. ¿Dónde mierda está Alejandro?, se preguntó en voz alta. Y nadie respondió. Nos miramos entre nosotros mismos, y Alejandro no estaba con nosotros.

Buscamos con la mirada cada uno de los rincones que nos rodeaban, y no aparecía. En ese momento, descubrí que estábamos en un parque. No joda, Alejandro, exclamó Eduardo. Déjate de tus pendejadas, y aparece. Pero nadie respondió.

Figurita consideró que Alejandro nos estaba mamando gallo. A pesar de lo viejo, se comportaba como un niño. Erda. Ese marica está jugando a las escondidas con nosotros, afirmó finalmente,

Norman pegó un grito llamando a Alejandro. Yo también hice lo mismo. La Monja le dijo: Ve, mi amor. No fregués tanto. Aparecé de inmediato que Álvaro nos espera en el arroyo. Pero no hubo respuesta.

Y Eduardo gritó varias veces el nombre de Alejandro. Norman lo repitió como un eco. Yo mismo grité repetidamente el nombre de Alejandro. Lo mismo hizo Figurita. Hasta que por fin apareció la voz de Alejandro: ¡Aquí, marica!

¿En dónde?

-¡Aquí, marica!

-¿Aquí en dónde?

-¡Aquí arriba!

Lo vi como una sombra que batía los brazos, montado sobre una estatua de Bolívar. Se le había encaramado en el cuello. Lo espoleaba como si el Libertador fuese un caballito de mármol.

Trataba de moverlo, pero la estatua permanecía inmóvil. Lo intentó por segunda vez, con el mismo resultado. ¿Se dan cuenta de que este man no sirve ni para jugar a los caballitos?, exclamó.

Le pegó un manotazo en la frente, y lo arreó como si fuese un burro para que arrancara. Repitió dos veces la misma acción con la mano abierta. Como no hubo ninguna reacción del mármol, gritó: ¡Me cago en Bolívar!

La Monja, con acento maternal, le pidió que respetara, que se bajara. Le recordó que ese era el gran héroe nacional. No, Monjita, le respondió Alejandro. Este no es Bolívar. Esto no es más que una masa de yeso frío.

La Monja le pidió mesura con esta estatua. Le recordó que eso era un símbolo de la patria. Ella lo había estudiado así en el colegio. Alejandro le respondió: Tranquila, Monjita. Este Bolívar no es un símbolo sino una publicidad engañosa.

La Monja le insistió para que se bajara. De todos modos, era un patriota. Había que respetar la memoria de un hombre. Alejandro le respondió que la memoria de Bolívar ya estaba demasiado distorsionada. Nada quedaba del verdadero Bolívar. Y, parodiando a Rimbaud, exclamó: El verdadero Bolívar está en otra parte, y soltó una risotada bien sonora.

Yo no salía de mi asombro, y la Monja, de su desconcierto maternal. Pero Álvaro, quien vino a nuestro encuentro porque nosotros no llegábamos, aplaudió con frenesí. Nos invitó a que todos aplaudiéramos, pero sólo él lo hizo.

Álvaro quiso subirse al monumento. Alejandro le dijo que no lo hiciera porque no cabían los dos. Se volvió, y le pidió que lo sacudiera como si fuese un palo viejo. La Monja, desconcertada, le preguntó:

-Ve, mi amor. ¿Y para qué lo va a sacudir como un palo viejo?

-Para que se le caigan las ramas podridas –respondió Álvaro.

-¿Cómo así, mi amor?

-No joda, Monjita. Son tantas las mentiras que han tejido sobre él, que hay sacudirlo para se le caigan como ramas podridas.

Álvaro se acercó a la Monja. La tomó por los hombros. La zarandeó como él quería que Alejandro hiciera con la estatua. Jueputa. Hay que quitarle todas las mentiras al Libertador para saber quién putas era ese man, dijo.

Alejandro intentó inútilmente sacudir el busto. Tomó aire e intentó de nuevo con más fuerza, y con el mismo resultado. En el tercer intento, pujaba con la boca y los ojos cerrados. Era evidente que jugaba, la estatua era inamovible. No joda. Las mentiras que le pusieron encima a este vergajo, no las mueve ni Mandrake, exclamó.

Desde abajo, Álvaro le dijo: Entonces, cágalo así como en su nombre nos están cagando a nosotros. Del otro lado, la Monja pidió que no lo irrespetaran más. Figurita, quien ya había tomado el camino hacia el arroyo, grito: Erda. No pierdan el tiempo jugando con esas maricadas, y sigamos nuestro camino.

De una casa, salió un vozarrón de hombre malgeniado que nos gritó: ¡Hijueputas! ¡Coman mierda! Si quieren cagarse al Libertador, entonces llévenselo a sus casas, y allá se lo cagan. Pero aquí no hagan escándalos. Dejen dormir, partida de marihuaneros.

Con el grito del vecino malgeniado, terminó otra broma de Alejandro. Se bajó entre risotadas, y echando pestes contra la estatua. Dijo que las mentiras patrióticas eran como el cucayo: difíciles de arrancarlas del caldero. Y de nuevo, soltó su risotada.

Decidimos seguir nuestro camino hacia el arroyo. En minutos, alcanzamos unas de sus dos orillas. Sus aguas bajaban en una turbulencia alucinante. La experiencia que allí experimenté nunca antes la había vivido.

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte

Crónicas del invisible pez azul – Primera parte

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Jorge Guebely

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