Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 9 y 10

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Tú y el pez son la misma mierda en el universo. Tú no eres más que el pez, ni menos que el pez. Tú eres una forma del pez, y el pez es una forma tuya.

Por Jorge Guebely

Segunda parte

9

En la entrega anterior, Alejandro contaba cómo descubrió su invisible pez dorado, a partir de un pescado que encontró en la cocina de su casa en Puerto Colombia. Le causó dificultad bocetearlo porque lo hacía desde afuera como si fuese una cámara fotográfica. Al abandonar esa idea, se le abrió un horizonte nuevo. ¿Cuál sería ese horizonte?

No busques, porque lo invisible, del color que sea, simplemente se revela…

Alejandro siguió contando la experiencia de su invisible pez dorado. Insistió en que los seres humanos habíamos tomado una distancia del mundo. Ya no éramos mundo sino una cámara fotográfica que lo percibía desde afuera.

Y me liberé de ser una máquina fotográfica, de ver el mundo desde afuera. La pintura es como el amor, viene del cielo en forma de rayo silencioso. Pero sólo te llega si estás en libertad y consubstanciado con el mundo. Y una madrugada, sin proponérmelo, el invisible pez me llegó del cielo como un relámpago interno.

Descansaba en la hamaca, pero no dormía porque me carcomía una extraña desazón. Oía las olas del mar que se chocaban contra el acantilado. Miraba el cielo despejado con sus miles de estrellas titilando en el firmamento. Sin embargo, estaba intranquilo.

De pronto, sin mucho esfuerzo, apareció el pez en mi conciencia con su color dorado, completamente enterito. Destellaba luces demasiado brillantes pero invisibles.

-Entonces… ¿cómo es el cuento? –preguntó Norman.

El cuento es que no hay recetas. Es un misterio. Pero hay una condición insalvable si quieres ver el invisible pez.

¿Cuál condición? –preguntó Norman.

Ver el pez desde dentro, no desde fuera. Ser pez para sentirlo, para vivirlo. Y ¿sabes una vaina?

¿Qué vaina?

Que el alma de pez es como un espejo. Tú lo ves, y te ves.

-¿Cómo así?

Sí. No es que tú te veas reflejado en el pez. Es que tú eres pez. Tú no te ves allá. Tú estás allá. Tú eres tú y pez al mismo tiempo.

-¿Cómo así?

Es decir, tú y el pez son la misma mierda en el universo. Tú no eres más que el pez, ni menos que el pez. Tú eres una forma del pez, y el pez es una forma tuya.

-¡Maravilloso! –exclamó Norman-. Después le pidió que le explicara más detalladamente cómo se le hizo visible el invisible pez. Alejandro continuó su relato:

Estaba solo en la terraza, bajo la bóveda celestial donde flotaban miles de millones de astros. De pronto, un rayo en la plenitud de esa limpieza me rasgó la quietud externa porque internamente estaba inquieto.

-¿Un relámpago con un tiempo tan calmado y sin nubes? – interpeló Norman.

Ahí está el detalle, como diría Cantinflas. El relámpago lo tenía yo en la conciencia, el reventón fue mío, Alguna vaina había en mí que quería salir con la violencia de un rayo. Imagínate una mujer sorprendida por los estremecimientos del parto. Sólo que yo no sabía qué mierda iba a parir.

-Y ¿qué hiciste?

Tomé un bastidor, preparé pintura, pinceles, y comencé a pintar sin saber para dónde iba. Tracé líneas, manché colores. Nada había en ese momento que se pareciera a la razón. Alguien pintaba a través de mi mano. Finalmente comprendí que estaba pintando un invisible pez dorado, uno que se había iniciado en la cocina de la casa, y se había trasladado a una conciencia distinta.

-¿Dorado?

Sí, dorado. El dorado es el color de lo sagrado. Detrás de las figuras terrenales, los pintores medievales llenaban el fondo de intenso amarillo, lo divino.[1]

¡Juemadre! –exclamó Norman-. Yo siento esa misma desazón de un embarazo cuyo parto nunca llega.

Es cierto. Es la maldición del pintor. Una mujer sabe cuándo queda preñada, cuánto tiempo dura el embarazo y cuándo se viene el parto. Pero un pintor no sabe cuándo queda embarazado, ni cuánto tiempo durará la gestación, ni mucho menos el momento del parto. Es otro absurdo de la incoherencia divina.

-¿Qué pasó después?

Pasó lo insólito. Al mediodía, cuando me levanté, y miré el cuadro, lo encontré bello, excepcional. Comprendí, por la primera vez, que había estallado el pintor que había en mí. A partir de ese momento, ya no sería jamás el mismo. Alguien  murió, y alguien nació en mí.

A Norman se lo veía emocionado. Tomó a Alejandro por los brazos y le dio las gracias. Alejandro lo observó detenidamente. Después de algunos segundos de silencio, le respondió: No busques porque lo invisible, del color que sea, simplemente se revela y…

De pronto, Alejandro suspendió su reflexión. Mantuvo estáticamente la mirada hacia a la puerta de El Unicornio. Eso me causó curiosidad, y volteé para mirar al mismo lugar. Quedé sorprendido porque descubrí a una monja que venía hacia nosotros.

Me pregunté: ¿qué hace una monja en una cantina y en la noche? Ella se desplazaba sonriente hacia a nuestra mesa. Me hice de nuevo la misma pregunta sin darme ninguna respuesta. Sólo pensé: En noche como esta, todo es posible.

Alejandro Obregón hacía referencia al cuadro titulado ‘Pez dorado’, pintado en 1947

Alejandro Obregón hacía referencia al cuadro titulado ‘Pez dorado’, pintado en 1947

10

¡Hijueputa, viva la locura que nos salva de tanta cordura!

Vi el rostro sorprendido de mis compañeros. Todos teníamos la mirada sobre la monja que avanzaba con marcado garbo femenino. Pensé: Camina más como modelo que como monja.

Guardamos silencio mientras ella acercaba a nosotros. No podíamos ocultar la cara de desconcierto. Nadie la distinguía. Eduardo exclamó: No joda, compadre. Los diablos andan sueltos esta noche.

Un hombre apareció, de pronto, detrás de la monja. Apresuró el paso y la alcanzó. La tomó por el brazo y la condujo con elegancia masculina. Semejaba un edecán de reina universal.

El hombre era muy flaco. Tenía los bigotes tan delgados como los de cantantes de bolero. Y se vestía como rumbero cubano con pantalones anchos, y zapatos de cueros negro y blanco.

La monja caminaba con marcada distinción bajo el hábito color crema, la cabeza cubierta con un velo del mismo color, la que le llegaba a la cintura y le cubría una porción grande del rostro.

Cuando los dos personajes estuvieron más cerca, Eduardo exclamó: ¡Mierda! Ese es Figurita. Y Álvaro le complementó: ¡Hijueputa! Está más loco que antes.

Yo sabía de Figurita a través de sus cuadros al óleo, tan expresivos por los colores cálidos que usaba. Se llamaba Orlando Rivera, y lo apodaban Figurita porque ilustraba revistas y periódicos con un montón de figuritas. Se había ido a Medellín a hacer una exposición, y terminó casándose con una ex-monja antioqueña.

También supe que la pintura, el baile, la caricatura, el ron y la locura, eran sus debilidades. Pero no creí que fuese tan loco como para traer a su mujer, la monja, a una cantina. No seas pendejo, uno hace con su mujer lo que mejor le parezca, me respondió Eduardo.

Había exultación porque hacía más de dos años que no veían a Orlando Rivera por Barranquilla. Álvaro estaba tan entusiasmado que gritó: No joda. Hijueputa. ¡Viva la locura que nos salva de tanta cordura!

Hubo abrazos y golpes en las espaldas. Los rostros, sorprendidos, destellaban alegría. Por fin volvió el hijo pródigo a su verdadero hogar, apuntó Alejandro.

Alejandro tomó dos vasitos de cartón donde se servía el ron. Exclamó que había llegado el momento de brindar por la unión de lo divino y lo humano. Ahora ya no hay dudas de que Dios está con nosotros.

Alejandro le ofreció un trago a la monja, Figurita se opuso. No estaba dispuesto a permitir que ella cayera en los estragos de la borrachera. Ni de vainas, aclaró. No permitiré que mi Monja se emborrache con ese ron vulgar.

Él sí tomó el vasito lleno con el ron de la tierra. Aclaró que  ella sólo se embriagaba con licores divinos. Aquí, el único que viene a beber soy yo. Yo soy la oveja descarriada. Ella sólo vino a hacerme compañía por amor.

Y, con una visible tristeza en los ojos, se tomó el trago sin arrugar el rostro. Luego lo saboreó mostrando una cara de placer. Erda, exclamó. Así como este ron, debe ser el cuerpo de Cristo: liviano, sabroso, para emborracharse.

Luego se retiró un poco de la mesa.  Y, con voz ceremoniosa, exigió, a los presentes, suspender las malas palabras de sus puercas bocas. No sólo porque aquí estaba su mujer, sino porque tomar ron era un mandamiento de Cristo. Recordó las palabras de Cristo cuando dijo: Tomad y bebed que este es mi cuerpo.

Siguió con un discurso que parecía un sermón. Nosotros somos buenos cristianos. Las sucias palabras se las dejamos a los paganos. Ellos son los condenados. Nosotros somos los redimidos. Todos oíamos atentamente las raras disquisiciones de Figurita.

Eduardo afirmó, con tono de sorna, que Figurita parecía un político cristiano en campaña. Álvaro exclamó: ¡Mierda! ¿Desde cuándo te volviste pastor? Volví a mirar el rostro de los compañeros y estaban desconcertados.

Pensé que la Monja había enderezado a Figurita después de dos años de casados. Pero el secreto me quedó revelado en los acontecimientos que siguieron a continuación.

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 7 y 8

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 5 y 6

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – Primera parte

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Jorge Guebely

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