Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 21 y 22

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“Cuando yo sea un pintor de verdad, no voy a vender ninguno de mis cuadros”, dijo Norman Mejía. “Tranquilo, no te los van a comprar”, le respondió Figurita.

Por Jorge Guebely

Segunda parte

21

La entrega anterior terminó en el momento en que Figurita proponía convertir el mundo en una casa de cita en vez de una casa comercial. La luz repentina de un relámpago mostró su rostro triste. Prometió confesar de dónde procedía su amargura.

Si la desnudez fuese motivo de vergüenza, te aseguro que todos naceríamos vestidos

Figurita daba tumbos de un lugar a otro. Señales imperceptibles del ron hacían presencia en su rostro. Se dirigió a Álvaro, le manifestó que le parecía canalla tener que vender sus cuadros para sobrevivir. ¡Erda, Álvaro¡ La pintura no es una mercancía.

Calló por algunos segundos, miró hacia ninguna parte, finalmente retomó su discurso. La pintura para él era un don divino. Y si debía vender una obra, entonces vendía parte de dios. ¡No joda! Hasta el mismo Dios lo hemos convertido en mercancía.

Norman, quien había permanecido en silencio, dio un golpe sobre la mesa. Cuando todos lo miramos, confesó que estaba de acuerdo con Figurita. Es una canallada contra los dioses vender un cuadro.

Se puso de pie y habló con mayor reciedumbre: Lo que se vende y se compra es mercancía. Y toda mercancía es prostitución. Por eso, cuando yo sea un pintor de verdad, no voy a vender ninguno de mis cuadros.

Tranquilo, aclaró Figurita manoteando en el aire, que tampoco te los van a comprar. Los que tienen plata sólo entienden de plata. Por eso, sólo tienen plata.

Con el trago en la mano dirigió el brazo hacia donde estaba Norman: Y aun cuando compren obras de arte, jamás conocerán su importancia artística sino la económica. El precio acabó con la estética.

O sea, Figurita, que todas tenemos que trabajar de gratis –intervino Patricia.

-No, Patricia. Con mi propuesta, ni trabajamos, ni viviremos de gratis. Cuándo mierdas has visto que un gallo paga para vivir. ¡Nunca!

Nuevamente refulgió un relámpago. Un trueno resonó, pero muy lejos. Figurita tomó aire como para expresar con mayor potencia lo que debía decir. Expuso su teoría elemental, pero sensata. El gallo no pagaba ni por al aire que respiraba, ni por el agua que se tomaba. Ni siquiera por los polvos que se echaba con las gallinas del corral. No pagaba ni trabajaba. Eso de trabajar por un salario sólo lo hacen los estúpidos seres humanos.

No escuchemos más a Figurita, pidió Eduardo. Está desconsolado porque lo dejó la mujer.

Las palabras de Eduardo cayeron bien en los presentes. No nos joda el momento con tus reflexiones filosóficas, insistió Eduardo. Figurita se sentó de nuevo al lado de la monja.

Por fin se vino la lluvia. Las primeras gotas fueron gordas y esparcidas. La Catalana y Patricia dijeron que se volvían al Hit de Oro. Y salieron corriendo sin despedirse.

Después, las gotas se apeñuscaron. El patio entero, con sus árboles, se convirtió en un instrumento musical tocado por la precipitación. Esa lluvia es una bendición del cielo, exclamó Norman.

Vean, mis amores, intervino la monja. Mejor es que nos levantemos y nos metamos bajo techo. Este chubasco está arreciando.

Corrimos a guarecernos. La sala de El Unicornio ya estaba desierta. Alejandro y Álvaro permanecieron bajo el temporal. Se desnudaron, y decidieron bañarse bajo relámpagos y truenos. Gritaban y saltaban como niños.

Mientras abría los brazos para que le cayeran más gotas, Álvaro me invitó a disfrutar de la lluvia. Mi cuerpo me decía que sí, pero mi moral, que no. Me insistió de nuevo, y aún dudaba. A la tercera, le respondí: Voy, pero yo no me quito la ropa.

No joda. Eso no importa. Lo que importa es que disfrutes la lluvia. Y me llamó haciendo gestos con la mano. Entré bajo la regadera celestial. Copiosas y gruesas gotas caían sobre mi rostro y mis brazos. Semejaban pellizcos rápidos y húmedos.

Álvaro, quien continuaba con los brazos extendidos, me dijo: Oye, Jose, ¿por qué mierdas no te quitas la ropa?

No sé, no me gusta.

-Yo sí sé.

-Y si sabes, ¿por qué no me lo dices?

-Ya te lo voy a decir, marica.

-Dímelo.

-Por pudor. Le tienes miedo a la desnudez.

Encontré acertadas sus palabras. Yo sabía, más que nadie, mis entresijos de pudores. Mis cadenas morales que no me dejaban en libertad. Sí, es verdad, me da vergüenza.

Ajá. Y ¿de qué te vergüenzas?, preguntó mientras saltaba sobre un charco.

-No sé.

-Sí sabes –me confirmó.

-Pues… sí sé

-Pues entonces dilo. El lenguaje es una buena arma. De tanto nombrar el monstruo, sucede el milagro.

-¿Cuál milagro? –pregunté.

-Marica, el milagro de la desmitificación. El miedo desaparece.

Álvaro brincaba sobre los charcos que se iban formando. Conversaba conmigo y disfrutaba gracias a una libertad interna. Estás seguro de que los miedos desparecen con el lenguaje, le pregunté.

-Sí. Los miedos no son más que fantasmas. Puras invenciones de la mente.

-Me da vergüenza que me vean desnudo.

-Eche y ¿por qué?

-No sé. Me parece que eso es un acto de intimidad, de vergüenza personal.

Los relámpagos se hacían más luminosos y seguidos. Igual sucedía con los truenos que retumbaban más cerca. Las gotas de lluvias sobre los árboles producían un sonido armonioso. Nuestra conversación la hacíamos con gritos.

-No joda. Si la desnudez fuese motivo de vergüenza, te aseguro que todos naceríamos vestidos. Los hijos de los ricos, con uno de paño inglés. Y los de los pobres, en puro lino ordinario –dijo Álvaro, y se echó a reír.

-En saco de fique –respondí. La risa de Álvaro me dio seguridad.

-Peor, marica. En pura hoja de bijao, como Adán y Eva –exclamó y soltó su ruidosa risotada.

Bajo la lluvia, se lavaban la atmósfera, los árboles, y el viento se llevaba las basuras. Bajo la lluvia, los sucios de mi alma se me iban cayendo. Bajo la lluvia, las reflexiones de Álvaro se volvían más lúcidas como las que a continuación escuché.

22

Hermano, se dirigió a Álvaro, el universo entero es un cuadro  barroco pintado por algún dios incoherente

Sentí las palabras de Álvaro como una lluvia interior. Su desparpajo me limpiaba las basuras morales que había aprendido en la familia y el colegio. Cada paso que daba, me sentía más liviano.

-Me parece que tienes razón –dije. Después le pregunté-: ¿Álvaro, a ti no te da vergüenza bañarte desnudo?

-No, para nada. Eche, no ves que yo soy feliz.

-Y esa vaina, ¿cómo carajo eres feliz?

-No joda, porque vivo como un niño. Como cuando me bañaba en cuero, con otros pelaos más, en la puerta de mi casa, allá en Ciénaga. Jugábamos en los arroyos. Me ganaba unas mazamorras ‘del putas’. Ya casi me carcomían el pie.

Un relámpago intenso me permitió ver su rostro. Miraba al cielo con los brazos extendidos. Los abría para acaparar más la lluvia.

-Pero eso hace ya mucho tiempo –le respondí irónicamente para insinuarle que ya estaba viejo. Mientras le hablaba, no sólo me mojé el rostro y los brazos sino que sentí deliciosa la lluvia.

-No joda. La piel tiene memoria –me explicó-. Quien pierde la niñez, está condenado por marica. Quien pierde la niñez, pierde el gusto por la vida.

-¿Cuál es ese gusto?

-El gusto de no estar en el mundo sino de ser mundo, marica.

Sentí que la respuesta encerraba un contenido luminoso pero no lo entendí bien. Era uno de esos significados que había que vivirlo para entenderlo. Álvaro agregó: No te olvides que la ropa es una máscara del cuerpo que te aísla del mundo.

Y echó a reírse a grandes carcajadas como un bebé cuando le hacen cosquillas. También brincaba como mico. Hacía y vivía una fiesta bajo la lluvia.

La lluvia arreció aún más. Los relámpagos iluminaban, y los truenos estallaban sobre los árboles. Algún temor tenía yo, pero no así Álvaro ni Alejandro.

Por el contrario, Alejandro explotó de entusiasmo bajo el espectáculo de luces y sonidos celestiales. Se transformó como le solía suceder. Como si otro ser surgiera a su superficie.

-No joda, Álvaro, mira ese relámpago –gritó-. ¡Qué majestuosa luz! Espera que estalle –agregó. Sólo unos segundos y reventó el trueno, espantoso y demoledor-. Ay, jueputa, si el trueno está por aquí cerquita –exclamó.

Desde el interior de El Unicornio, los otros nos observaban. No se atrevieron a mojarse bajo la lluvia.

-Ve, vengan muchachos que está lloviendo fuerte –aconsejó la monja justo en el momento en que otro relámpago iluminó el cielo encapotado.

-Vivan los relámpagos –exclamó Alejandro-. Viva esa maravillosa luz que ilumina la oscuridad, ese oscuro alfabeto que nos describe las sombras del alma.

De nuevo otro trueno, violento e instantáneo, que me hizo cimbrar las vísceras. Por un instante creí en una explosión con dinamita. El estrépito se fue alejando y disminuyendo su intensidad.

-No joda. Ese trueno va camino a Salgar –comentó Álvaro.

-Vean, muchachos, no desafíen al cielo, vénganse para adentro –suplicó la monja.

Sin saber la razón, concluí que esa tormenta era la misma que había visto en Salgar. Ese era el espectáculo natural que le diera a Norman una señal de su invisible pez azul. Lo busqué con la mirada, y lo encontré en el interior de El Unicornio.

Lo percibí tranquilo. No había en ese momento ningún invisible pez azul. Si lo hubiese visto, estaría loco de alegría.

Sin embargo, dos minutos después, descubrí que se unió al grupo. Tan pronto llegó al patio, comenzó a gritar: Ésa es mi tormenta. Bendita seas. Eres mi tormenta. Y se bañó, en medio de alharacas, bajo el resplandor de relámpagos y truenos.

Y de nuevo, un relámpago. Y de nuevo, Alejandro inmerso en un alboroto irracional. ¡Luz, más luz!, como Goethe. Luz, más luz, como un cuadro de Rembrandt. Hermano, se dirigió a Álvaro, el universo entero es un cuadro barroco pintado por algún dios incoherente.

Y de nuevo, un trueno. Y de nuevo, inmerso en la ebriedad de la sinrazón. ¡Habla! ¡Habla! ¡Que truene tu voz para que oigan los sordos! Estamos saturados de sordos en la tierra. Hay que reventarle los oídos para liberarlos de los cantos de sirenas, para que se iluminen sus conciencias como al viejo Ulises…

Bajo la lluvia, todos gritábamos incoherencias, hacíamos bulla, brincábamos e improvisábamos maromas.

Norman intentaba subirse a un palo de tamarindo para, según él, agarrar un trueno por la cola. Alejandro movía los brazos como alas porque se consideraba un alcatraz volando entre nubes lluviosas. Álvaro saltaba como mico porque el mico era la infancia del adulto, y yo nunca dejaré de ser un pelao.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 19 y 20

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 17 y 18

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 15 y 16

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 13 y 14

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 11 y 12

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 9 y 10

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 7 y 8

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 5 y 6

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – Primera parte

 

 

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Jorge Guebely

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