Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 19 y 20

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No hay peor tristeza que encontrar un macho con deseos y sin energía sexual, ni peor descalabro que un hombre sin complacencia.

Por Jorge Guebely

Segunda parte

19

La última entrega nos mostró a Patricia, una trabajadora de El Hit de Oro, quien contó nuevamente las andanzas de Catalina buscando a Álvaro. La sorpresa mayor sobrevino cuando José Domingo descubrió la verdadera identidad de Patricia. Según él, sus ojos lo volvían a engañar. 

No joda, Patricia, si Dios es el que más se equivoca

Patricia terminó el relato sobre Catalina. Siguió con el brazo sobre la cintura de Álvaro. Él la besó en la frente, y ambos tenían rostros muy felices.

Álvaro exclamó con fuerza: ¡Jueputa! No hay duda de que los homosexuales son lúcidos. Citó varios nombres a manera de ejemplo: Marcel Proust, Óscar Wilde, Federico García Lorca.

-Oye, Eduardo –pregunté asombrado-. Entonces Patricia no es mujer sino hombre.

-Patricia ha sido marica toda la hijueputa vida.

Miré con mayor atención al rostro de Patricia. Igualmente recorrí sus onduladas curvas. Había pocas señales de masculinidad.

-Oye, Carlos –le pregunté al joven de las butifarras-. ¿Tú sabías que Patricia es un hombre?

-Si –respondió-. No ves que yo voy a El Hit de Oro todas las noches a vender butifarras. Patricia me compra siempre por docenas para alimentar a las mujeres del lugar.

Lo miré sorprendido. Carlos me devolvió la mirada y una tierna sonrisa de niño. Pensé: Yo he pasado encerrado toda la vida en un salón de clase.

Mientras tanto, Álvaro llenaba a Patricia con todo tipo de halagos. La ponderaba como un ser humano sin igual, como la cerveza Águila.  Finalmente le dijo: ¡Estás muy linda!, tomándole la mano.

Ella lo miró con los ojos entornados, en abierta señal de coquetería. Después, los cerró seductoramente. Los abrió, y le respondió: No, mijo. Yo no estoy linda. Yo soy linda.

Aplaudimos la respuesta en medio de una algarabía atronadora. Álvaro también aplaudió y sonrió. Sólo eso me faltaba, dijo. Que este marica me diera clases de castellano.

Ay, mijo, acotó Patricia. Bien que las necesitas porque tienes una boca repodrida. Se acercó a Álvaro, y ella misma se acurrucó entre sus brazos.

Y de nuevo volvimos a la algarabía. Álvaro la abrazó de nuevo, y la envolvió con sus brazos. Eres el marica más femenino que he visto. El auténtico marica.

Ay, mijo. Lo que pasa es que yo llevo la feminidad en el alma.

-No joda. Eso lo sé, Patricia. Dios debió ponerte vagina en vez de huevos.

-Ay, mijo. Yo también estoy de acuerdo contigo. Pero debo reconocer que Dios también se equivoca.

Álvaro mantuvo a Patricia entre sus brazos. La zangoloteaba de un lado para otro. Le metió la nariz por debajo de su cabellera postiza.

-No joda, Patricia. Si Dios es el que más se equivoca.

-Ay, Alvarito, eso también lo sé yo. Pero también sé que nosotros estamos en la tierra para corregir sus equivocaciones. Para eso estamos viviendo, para enderezar su mundo.

Patricia miró de nuevo a Álvaro con los ojos entornados. Le sonrió con los labios cerrados. Luego le dijo: Ay, Alvarito. Dame más abrazos para no sentirme tan sola en el mundo.

Patricia le devolvió los abrazos. Se abrazaron en medio del escándalo y los aplausos. Rechinaban los sonidos de las palmas y los chiflidos de nosotros.

Y en el fulgor de los abrazos, apareció otra mujer más bella que Patricia. Entró de la mano de don Manuel. Caminaba con elegancia de reina aristócrata en ceremonia de castillo.

Vestía un traje azul celeste cubierto con un velo vaporoso. Daba la sensación de flotar. Portaba sobre su pelo negro una peineta gigante de carey, adornada con bellas flores.

-¿Quién es ella? –le pregunté a Carlos.

-Ella es Eva Ripoll, la catalana –me respondió, y me sonrió de nuevo.

-Y ¿qué es catalana?

-Ese es el gentilicio de su país.

-Y ¿cómo se llama su país?

-No sé –contestó Carlos-. Si su gentilicio es la catalana, entonces su país debe llamarse ‘Catalania’.

Miré sorprendido a Carlos. Me regaló de nuevo su sonrisa de ternura.

-¿Por qué te ríes tanto? –le pregunté.

-Porque tú estás perdido –y volvió a sonreír.

-Y ¿dónde queda ‘Catalania’? –insistí.

-No sé. Lo busqué en el mapa, y nunca lo encontré.

Dijo que había buscado en un su libro de geografía, y no encontró nada. Le preguntó a su profesor de geografía, y tampoco sabía. Nadie le daba razón de ese país. Sabía que existía porque la catalana era real.

-Ella es tan bella que su país debe quedar en otro planeta –dije.

-Yo también pensé lo mismo –me confirmó Carlos.

-Y ¿qué hace ella?

-Es la dueña de El Hit de Oro.

Y mientras Carlos me hablaba, yo sólo apreciaba la belleza de la catalana. Nunca antes había visto una mujer tan bonita. Pensé: Más que una mujer de la Tierra, parece una aparición del cielo.

Álvaro fue el primero en recibirla. Lo hizo entre gritos y risotadas. Tan sólo fue verla, y su regocijo se duplicó.

La abrazó y la besó varias veces sobre el rostro. Ella ni siquiera hizo el menor gesto para esquivar sus besos. No joda, exclamó Álvaro. Aun cuando ustedes no me lo crean, la Catalana es la auténtica mujer que Dios puso en el mundo para que cumpliera su mandato.

Oye, tío, dijo la Catalana.  Y según tú, ¿cuál es el mandato de Dios que yo estoy cumpliendo en el mundo?

Todos quedamos a la expectativa de la respuesta.

20

Cada cual tiene un precio, como cualquier mercancía

Álvaro dejó de mirar a la Catalana, y se dirigió a nosotros: Hacer feliz a todos los hombres de la tierra. Llenar todos los vacíos que tenemos en el alma. Vacío con metástasis en las huevas.

No joda, Catalana. Eso es verdad –intervino Eduardo-. No hay peor vacío para un hombre que el sexual. Y tú con tus mujeres nos liberan de esa cadena.

-Qué les digo, tíos –exclamó la Catalana-. Pues, ¡qué Dios nos bendiga a todos porque no hay peor tristeza que encontrar un macho con deseos y sin energía sexual, ni peor descalabro que un hombre sin complacencia!

Alejandro encendió un cigarrillo, y la miró sonriendo. Fumó y aspiro el humo. Luego lo expulsó al tiempo en que exclamó: Así es, Catalana.

-Pues, miren bien –continuó la Catalana-. Un hombre insatisfecho retorna a sus estados bestiales. Uno satisfecho tiene el alma en paz para pensar en cosas mejores.

-No joda –intervino Eduardo-. Yo estoy de acuerdo. El problema de esta sociedad es que los hombres no saben hacer huevitos felices. A duras penas, saben culiar. Y eso se lo deben al instinto.

-Hombre, Eduardo –acotó la Catalana-. Que tienes razón. Por eso es que este mundo está lleno de gente, pero no abunda el amor.

Aplaudimos las palabras de la Catalana. Yo la vi bella, no sólo de cuerpo, sino también de ideas.

-Buena esa, Catalana –gritó Alejandro-. Lo bueno del cuento es que tú y tus mujeres nos ofrecen lo que más se parece al amor. No nos encarcelan con sus instintos de posesiones.

Álvaro corrió al lado de Alejandro y lo abrazó. No joda. Como siempre, has estado lúcido. Uno termina comiéndose el cuento de que la posesión es amor cuando es su peor antídoto.

Figurita, quien se había levantado de su silla, volvió a sentarse al lado de la monja. Llevaba en la mano un trago de ron. Se lo empinó. Después gritó lleno de contento, Erda, loco. Tengo una cipote idea.

-Ve, contá cuál es tu idea –dijo la monja.

-A que nadie se imagina cuál es mi idea.

-Como siempre tienes ideas locas. Es mejor no imaginárselas –gritó Eduardo.

-No hables tanto y mejor nos la cuentas –insistió Norman.

Guardamos silencio para poner atención a las palabras de Figurita. Él se levantó nuevamente de su silla. Se mantuvo al lado de la monja. Desde allí, exclamó:

-¿No se han dado cuenta que el mundo actual no es más que un almacén gigante?

-Ve, eso es evidente –intervino la Monja.

-El comercio es un cáncer que nos está invadiendo lo más profundo de la intimidad –continuó Figurita-. Hoy en día todo se compra y se vende. Todo es comercio. Cada cual tiene un precio como cualquier mercancía. Hay que pagar para vivir, que es un derecho natural.

La Catalana se acomodó mejor en su silla, y se dirigió a Figurita:

-Bueno, tío, y ¿cuál es tu propuesta?

-Ahí va. Sugiero que cambiemos este enorme almacén por una enorme casa de citas.

En un primer momento, hubo silencio ante la propuesta. La Catalana fue la primera en reaccionar: Hola, tío, eso me parece una buena idea. Así seríamos nosotras las que mandaríamos en el mundo.

-No joda. No me mal interpreten. Yo digo una casa de citas muy decente –aclaró Figurita.

-Ve, y ¿qué es una casa de cita muy decente? –preguntó la monja.

-Erda, monjita de mi corazón, debemos convertir la Tierra en un lugar en donde hagamos el amor con la vida, y sin pagar un centavo. Hay que sentir la vida en el cuerpo. Y todo eso de gratis porque es el regalo de los dioses.

Estábamos atentos a las palabras de Figurita. Nos mirábamos los unos a los otros esperando más información. Álvaro salió con una broma: No joda. Figurita se puso trascendental.

-Oye, tío. Y ¿de qué vamos a vivir las prostitutas?

-De la vida.

-Así ya no me apetece tu propuesta.

-Pues, claro Catalana –explicó Figurita-. Hay que volver a los tiempos originales cuando no había comercio. En esas épocas, la gente vivía para ser felices. No estaban angustiados por vender parte de su ser para alimentar el estómago.

Había más desconcierto en el rostro de los presentes. Como que nadie entendía de lo que hablaba Figurita. Nuevamente Álvaro insistió con la misma broma: Se los dije. Figurita se puso trascendental. Y eso es lo que más me gusta de él.

-¿Qué cosa? –preguntó Eduardo dirigiéndose a Álvaro.

-Eso, que piensa bien la vida, que no es un vulgar toma trago.

-No joda. La piensa bien, pero la vive mal –concluyó Eduardo con sorna.

-Ve, mi amor. Vos, Figurita, sos un típico intelectual pero sin alcurnia familiar.

De pronto, un relámpago soltó su destello de luz brillante. Vi el rostro amargado y triste de Figurita. Nos prometió entonces revelar el dolor que le carcomía la vida.

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 17 y 18

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 15 y 16

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 13 y 14

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 11 y 12

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 9 y 10

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 7 y 8

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 5 y 6

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – Primera parte

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Jorge Guebely

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