Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 17 y 18

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En Barranquilla hay quienes dicen que Álvaro Cepeda no escribía cuentos, sino que era un personaje de un cuento de alguien que lo estaba escribiendo.

Por Jorge Guebely

Segunda parte

17

En la pasada entrega, Eduardo se disponía a contar las razones por las cuales Alejandro estaba descamisado. Todos esperábamos la historia porque debía ser otra de sus locuras. Y así fue.

Eso para que te des cuenta de que lo que viene de Miami también es una mierda

Eduardo se puso de pies para contar la historia de Alejandro descamisado. Consideró la situación como una locura más del desprendimiento. Por eso, debía guardarse en la conciencia de sus amigos.

Para venir a El Unicornio, Alejandro se puso una camisa nueva, traída de Miami por su hermano. Pensó que había que ponerse pinta para despedir a Gabo de su soltería.

Él y Alejandro se dirigieron a una fritanga situada sobre la calle 68. Era tanto el ron que iban a mamar, y tanto la marihuana que iban a fumar, que debían alimentarse bien.

Se sentaron en una de las bancas y pidieron arepas de huevo con guarapo. De inmediato llegó un pordiosero, vestido con un pantalón raído, y pelado el resto del cuerpo. Las costillas parecían teclas de piano viejo. No tenía cara, sino una calavera forrada con un cuero duro. Los ojos parecían dos ventanas en donde sólo residía la oscuridad.

El pordiosero rogó una limosna por amor a Dios, y Alejandro le respondió que se comiera todas las arepas de huevo que quisiera. Que se mamara todos los vasos de guarapo que le cupieran. Que tragara hasta indigestarse. No importaba si se moría porque una muerte así era feliz.

Y no contento con lo que le había dado, se quitó la camisa, y se la entregó. Incluso, le ayudó a ponérsela. Y mientras se la ponía, le dijo, Esta camisa vino de Miami. Eso para que te des cuenta de que, lo que viene de Miami, también es una mierda.

Eduardo volvió a sentarse. La monja parecía conmovida.

-Tus amigos son unos locos –dijo dirigiéndose a Figurita.

-Erda, monjita. Ya te lo había dicho. Aquí es en donde se puede comprobar que Dios no estaba cuerdo cuando hizo el mundo.

De pronto, Alejandro exclamó desde su silla:

-Yo no entiendo por qué le gente no se recuerda que nació desnuda. Todo lo que hay por encima de la piel es prestado. Y algún día se darán cuenta de que, hasta la piel y la carne, son prestadas.

‘Butifarra’ también se conmovió con la historia. La alegría brillaba en sus ojos. También estaba contento quizás porque ya había vendido toda la mercancía.

Se frotaba las manos del entusiasmo. Preguntó que si se podía quedar con nosotros. Álvaro le respondió que sí pero con una condición: No te vas mamar ni siquiera una cerveza. Y no dudó en aceptar.

La monja lo miró con un tono maternal. Le puso una mano sobre el brazo y le preguntó:

-Ve, mi amor. ¿Cómo te llamás vos? Es que ese apodo de ‘Butifarra’ no me cuadra.

-Yo me llamo Carlos –respondió-. Todo el mundo me llama ‘Butifarra’ porque así me llaman en la calle: ‘¡Butifarra! ¿Cuánto vale esa butifarra?’ ‘¡Butifarra! Dame una butifarra’.

La monja se acercó a donde Carlos, le puso la mano sobre el brazo y le preguntó:

-Mi amor. ¿Y a ti no te molesta ese apodo?

-No señora. ¿No ve que ese es mi oficio? En cambio cuando me llaman por Carlos, ni siquiera sé que soy yo.

-Ve, mi amor. Tú tienes razón, pero aquí ya no eres un vendedor de butifarra. Ahora eres un amigo nuestro. Por lo tanto, te vamos a llamar por tu nombre.

-Ah, bueno –dijo Carlos-. Eso no importa.

Me pareció cómodo contar con la compañía de Carlos. Había una mirada infantil del mundo. Y esa mirada infantil comenzó a surtir efecto en los raros acontecimientos que sucedieron a continuación.

Don Manuel apareció de nuevo en el patio. Caminaba al lado de una mujer hermosa que vestía un traje de fantasía, ceñido a las curvas de su cuerpo, lleno de lentejuelas brillantes y sonoras. Su sola presencia despertó una gran algarabía entre los locos de la mesa.

Para mí era desconocida. Eduardo notó mi rostro de incertidumbre. Entonces se acercó a mi oído y me dijo: Se llama Patricia.

En el torbellino del alborozo, hubo abrazos y besos, todos emocionados. El último de los abrazos fue el de Álvaro. Después se mantuvieron los dos juntos: él le puso el brazo sobre el hombro y, ella, en la cintura.

En esa posición, Patricia contó que se había enterado de la parranda que estábamos haciendo en El Unicornio, y decidió venir a visitarnos. El negocio de ellas estaba tan solo por ser miércoles, que prefería el bullicio de nosotros a la soledad donde estaba. Prometió además que nos traía una grandísima sorpresa.

No, Patricia, aclaró Eduardo. Tú solo quieres verte con Álvaro. Ella se acicaló el pelo, y lo miró con ternura. No lo negó, pero agregó: No hay peor error que enamorarse de Álvaro porque es un fantasma. Nunca está en ninguna parte porque siempre está en todas partes.

De nuevo, hicimos bulla aplaudiendo las palabras de Patricia. Así es en el amor de Álvaro: no es de ningún corazón porque pertenece a todos los corazones.

Y acto seguido, nos contó una suceso insólito, digno de Álvaro.

18

Lo único real de Álvaro son sus cuentos porque son invenciones

Con la mano en la cintura de Álvaro, Patricia se dirigió a nosotros. Aclaró que las tristezas había que ponerlas a un lado si se quería vivir la vida. Y el caso que voy a contar trata de una mujer muy triste sin ninguna razón.

Patricia se zafó de Álvaro. Movía los brazos como si estuviera declamando un poema.

“Hace más de dos horas, una mujer llegó al ‘Hito de Oro’, nuestro negocio para quienes no lo saben, y se sentó solitaria en un rincón. Por su soledad y el semblante de su rostro, no parecía muy feliz. Pidió un trago doble de aguardiente con limón y sal.

Me acerqué al oído de Eduardo, y le pregunté: ¿De quién está hablando? Eduardo se volteó hacía mí un tanto desconcertado, y me respondió: Yo qué putas voy a saber. Patricia siguió su exposición.

“Viéndola tan sola, le dije: Oye, niña. Ningún hombre se merece una lágrima de una mujer tan joven y bella como tú.

Tal vez está hablando de alguna prostituta desconsolada, aventuró Eduardo.

“Ella me miró y me dijo: Yo no estoy llorando por ningún hombre.

“Entonces, ¿por qué estás tomando?’ Y me contestó: Porque me gusta tomar.

“Me le senté al lado. Le dije que de todas forma la veía triste, y me respondió que sí.

“Le pregunté si un hombre era la razón de su tristeza, y me respondió que sí.

“Y por curiosidad o chisme, quise saber quién era ese hombre. Me respondió que era por Álvaro Cepeda Samudio.

Todos le hicimos burlas y chanzas a Álvaro. Eduardo lo calificó como el don juan del Barrio Abajo.

“Quedé desconcertada, pero le expliqué que de todos modos la entendía. No era la primera vez que había una mujer buscándolo.

“Y ella hizo la aclaración que no era, ni por amor, ni por sexo.

Volvimos hacerle burlas a Álvaro, pero esta vez en sentido de desilusión.

“De pronto, ella bajó la cabeza. Tomó el vaso con el trago de aguardiente y comenzó a darle vueltas. Finalmente exclamó: Ese hombre es un fantasma.

“Entonces yo le confirmé: Ay mija. Ese hombre no es real. Es un reflejo en el agua. Nunca lo vas encontrar.

“Ya lo sé, me reconoció.

“Me brindó un trago, y nos pusimos a beber. Me contó su historia. Venía del interior, estudiaba en la Universidad. Había leído los cuentos de Álvaro, quería conocerlo personalmente.

“No pierdas tu tiempo, le confesé. Lo único real de Álvaro son sus cuentos porque son invenciones. Y nos reímos de una afirmación insólita pero verdadera.

“Se llama Catalina, había visitado varias noches al El Unicornio buscándolo. Incluso, había pasado por los burdeles más famosos de la ciudad: donde la Negra Eufemia, en El Tetero, sin ningún resultado.

“Ya no busco más, me informó con voz resignada. Hoy es la última noche. Mañana regreso a la capital. Sin embargo, estoy condenada por mi obsesión. No pierdo las esperanzas de hablar con él, y sólo me queda esta noche. Estoy prisionera entre una realidad y un deseo.

“Ay, mija, le expresé con conmiseración. Vas a tener que regresar sin conocerlo porque aun si lo encontraras no lo conocerías.

“No entiendo lo que me quieres decir, me indicó.

“Ay, mija. El Álvaro que tú buscas es una criatura inventada por ti. Sólo existe en tu mente. Y estás buscando a uno creado por Dios, uno que está en este mundo, no en el tuyo.

“Entonces se le vidriaron los ojos. Después se los secó, y pidió perdón. No lloro por Álvaro sino por mí. No soporto que mis pensamientos no sean reales.

Yo le respondí: Aquí, en Barranquilla, a eso lo llamamos terquedad.  

“En verdad, era una niña confundida y terca. Pero yo la comprendía porque aún no estaba madura para la vida. Para consolarla, le dije: Mira, mi niña. Aquí en Barranquilla, hay quienes dicen que Álvaro no escribe cuentos, sino que es un personaje de un cuento de alguien que lo está escribiendo.

Aplaudimos las palabras de Patricia. Eran bellas, tan brillantes como su vestido blanco de lentejuelas. Se vestía como hablaba.

Mientras aplaudíamos, yo pensé que nosotros éramos personajes de una saga. Y, como todo personaje de novela, no conocíamos el proyecto del autor.

Patricia siguió hablando:

“Esas fueron mis últimas palabras en torno a Álvaro. Hablamos un poco más de otras cosas. Al final, me dijo que daría una vuelta por Barranquilla antes de regresar al hotel. Tenía que empacar maletas para su retorno a Bogotá en las horas de la mañana.

“Salió de El Hit de Oro hace una hora. Quién sabe en qué recoveco de la ciudad andará perdida buscando a un fantasma.

Patricia puso de nuevo su brazo sobre la cintura de Álvaro. Él, a su vez, la apretó contra su pecho, y le besó la frente. Los dos parecían felices de estar en la vida.

La sorpresa mayor me la llevé yo cuando descubrí la identidad de Patricia. Otra vez, los ojos me engañaron como me sucedía con frecuencia.

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 15 y 16

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 13 y 14

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 11 y 12

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 9 y 10

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 7 y 8

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 5 y 6

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – Primera parte

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Jorge Guebely

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