Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 15 y 16

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A mí me gustan los hombres sin etiquetas, y ‘marido’ es una etiqueta. Es una marca como cualquier otra, como la de doctor.

Por Jorge Guebely

Segunda parte

15

En la entrega anterior, se descubrió que la Monja, la compañía de Figurita, no era su esposa sino una prostituta de la Negra Eufemia. Ella mostró totalmente su rostro, y tomó la palabra. Sus pensamientos proyectaban luz en la noche. Oigámosla.

A mí me gustan los hombres sin etiquetas, y ‘marido’ es una etiqueta

Mis amores, yo voy a servir esta tanda, exclamó, y tomó un vaso en su mano izquierda. Éste es para ti, mi amor, le dijo a Álvaro. Mi amor, este otro para ti, le dijo a Norman entregándole el trago. Cuando llegó mi turno, emitió un ‘no’ con dos sonidos guturales, y movió la cabeza en forma negativa. No, mi amor, usted está muy pipiolo. Yo no soy una corruptora de menores.

La Monja se dirigía hacia mí, pero hablaba en voz alta para ser oída por todos. Mi amor, nunca tengas miedo a una prostituta porque no son diferentes a las otras mujeres. Además, tienen la ventaja de no tener nada que ocultar.

Tomó la botella de ron de la tierra, y sirvió un trago a Alejandro. Lo hizo pero siempre conversando conmigo, incluso, mirándome a los ojos. En mi caso, mi amor, todo lo hago de corazón. Ve, soy una prostituta de corazón. Ésa es mi grandeza, ser de corazón.

Mientras servía el trago a Eduardo, igualmente no quitaba su mirada de mis ojos. Mi amor, si yo estoy aquí es porque yo quiero estar aquí. Además, porque me gusta ese flaco, señaló a Figurita.

Sorpresivamente lo abrazó, lo besó en los labios. Lo hizo en medio del griterío y la burla de los presentes. Sólo yo quedé en silencio pero no en señal de respeto sino de sorpresa. Y cuando yo digo que me gusta un hombre es porque me gusta. Y si digo que lo amo es porque lo amo. Mi amor, yo no ando con cartas escondidas.

Le pregunté cómo hacía en el prostíbulo de la negra Eufemia. Por lo menos, allá debes acostarte con cualquier cliente.

No, mi amor, me respondió acicalándose el velo. Yo no me acuesto con cualquier cliente. Yo me acuesto con los que me gustan. Y lo hago así porque yo no soy mujer de un solo hombre. Dios me hizo multifacética en cuestiones de amor y sexo. Y yo, como María, sólo cumplo su voluntad.

Erda, eso es verdad, a mí me consta, confirmó Figurita poniéndole un brazo sobre el hombro. Quien desee acostarse con esta mujer debe contar primero con la aprobación de su gusto. No hay dinero en el mundo que doblegue éste que es su primer mandamiento en la putería.

La Monja retomó la palabra. Hablaba mientras servía los tragos: Yo amo a este flaco porque es puro corazón. Puso la mano en el pecho de Figurita. Él es verdadero hasta cuando dice mentiras.

Hasta ese momento, no había tomado un solo trago. Pero cambió de parecer: Vean, mis amores. A partir de este momento, voy a tomar a la par con ustedes. Les aseguro que voy a llevar a más de uno hasta su casa. Y se echó a reír irónicamente.

Recogió la camándula que estaba sobre la mesa, y la guardó en uno de los bolsillos de su falda. ¿Qué tal si Tita me ve llegar con su Álvaro o la inglesa Freda me ve arrastrando a su Alejandro? ¡Ah! No dirían nada porque no me gustan los maridos. A mí me gustan los hombres sin etiquetas, y ‘marido’ es una etiqueta. Es una marca como cualquier otra, como la de doctor.

Guardó el nuevo testamento en el otro bolsillo de la falda. Siguió monologando con desparpajo. ¿Cuándo has visto que un hombre nace marido o doctor?, me preguntó. Dios los hace simplemente hombres. Después cometen la brutalidad de etiquetarse. Se vuelven maridos o doctores. Ya no son libres. Y a mí gustan los hombres libres.

Álvaro aplaudió con entusiasmo. No toquen a esa monja que la contaminamos de civilización, gritó Alejandro. Tú eres una gota verdadera de la madre tierra, dijo Norman. Erda. No me importa cómo la vean ustedes, para mí es la mujer que yo siento en las raíces del corazón, exclamó Figurita tocándose el pecho. Yo pensé que todos estaban locos.

La monja ordenó levantar la mano con el vaso y brindar con ron de la tierra. Vean, mis amores. Brindemos por las mujeres y por los hombres con etiquetas porque les toca muy duro, dijo. Y todos brindamos.

Pensé en las etiquetas. Recordé las conversaciones con Norman. Cada vez entendía más que, para ver a las personas, había que despojarlas de sus marbetes. Quizás ese era el camino para descubrir el invisible pez azul de Norman o el dorado de Alejandro.

Yo disfrutaba los acontecimientos de esa noche. Pensé que fue bendición divina la expulsión del colegio. Recordé a Jorge Viloria con su Biblia pornográfica, y tuve la sensación de verlo como pájaro en jaula. Respiré profundo.

Recordé a Norman en las horas de la tarde intentando pintar un cuadro, el pelaíto frente al mar esperando a su padre, a Álvaro conduciendo al revés. Todo aquello me parecía extraordinario. Concluí, sin saber la razón, que así se buscaba el invisible pez azul.

Álvaro me sacó de mis reflexiones. Se paró delante de nosotros, y pidió silencio. Pidió que nadie se moviera, o hablara, o respirara. He visto un milagro, exclamó.

Fijó la vista fija en la puerta externa de El Unicornio. Sin mediar palabra, corrió como transportado por un oscuro impulso. Fue hasta la calle misma. Se perdió algunos segundos. Cuando reapareció, traía el milagro entre sus manos.

16

Alejandro señaló que eran unos verdaderos hijueputas quienes habían convertido la vida en esclavitud

Álvaro regresó con un vendedor de butifarra. No joda. Aquí les traje a ‘Butifarra’, el vendedor más pequeño del mundo. Le vi el rostro, y calculé su edad no mayor de doce años.

‘Butifarra’ –así era el apodo-, portaba una palangana de peltre colgada al cuello. Las butifarras carnudas, los huevos gigantes de gallina, y las anchas rodajas de bollo de yuca, sobresalían del recipiente. Una botella con picante colgaba al lado. Álvaro le ordenó: Tranquilo, ‘Butifarra’, ponga esa vaina sobre la mesa que te vamos a comprar todo.

Caímos sobre la vianda como gallinazos sobre burro muerto. Dimos la impresión de tener un hambre represada. Con la barriga vacía, la borrachera nos coge más rápido, explicó Alejandro.

Una ristra larga de butifarras fue a dar en las manos de Álvaro. Con un cuchillo, cortó en porciones, y las repartía entre todos los asistentes. Hermanos, comamos hoy porque mañana moriremos, exclamó con burla.

Igual hacía con la media docena de bollos de yuca. Las rodajas se caracterizaban por ser generosas. Cada cual masticaba, y combinaba en la boca los sabores. Las cáscaras de huevos iban quedando sobre la mesa.

Figurita bajó la vianda con cerveza. Alejandro lo hizo con el ron de la tierra. Por mi parte, también lo hacía con gaseosa.

Comimos rápido. En veinte minutos, la palangana de peltre quedó vacía. Sólo sobrevivían las cáscaras de huevo, las tusas de los bollos y las pitas, en desorden total. Parecía que un ejército de langosta hubiese pasado por el lugar.

Había un aire de satisfacción física. Ahora sí puede comenzar la parranda porque el ron tiene con quien entretenerse en el estómago, dijo Eduardo. Alejandro pidió, palmoteando y a grito, más ron blanco del bueno.

Al momento de pagar, Álvaro le preguntó a ‘Butifarra’, metiéndose la mano al bolsillo: Ajá. Y ¿cuánto vale todo eso?

¿Todo? –preguntó el muchacho.

-Sí, todo.

-Pero… todo es muy caro.

-No importa –aclaró Álvaro sacando unos billetes arrugados.

-Todo vale diez pesos –respondió con titubeo.

Álvaro sacó unos billetes arrugados. Los estiró uno por uno. Contó con sólo movimiento de los labios. Finalmente exclamó:

-No joda. Aquí tienes diez y dos más –y puso los billetes sobre la mesa.

-No, señor. No puedo aceptar toda esa plata. Ya le estoy robando dos porque todo eso sólo vale ocho pesos.

-Me importa una mierda. Todo eso es tuyo, y no se hable más.

La monja, extrañada, dijo que estaba bien comprarle toda la vianda al muchacho, pero era una locura darle toda esa plata. La ‘platica’ hay que cuidarla.

Eduardo señaló que no le extrañaba el desprendimiento de Álvaro. Ya le había tocado presenciar escenas similares. Contó la costumbre que tenía de comprar billetes. Los pagaba al doble de su valor. Por uno de un peso, daba dos. Sólo exigía que el billete tuviese una frase escrita a mano alzada. Y le llovieron muchos con toda clase de pensamientos hermosos.

Eduardo recordó algunos pensamientos en voz alta: “La esperanza es la invención del vencido”. “No hay corazón duro ante la mirada de la persona amada”. “El único camino de la vida consiste en seguir el ritmo de cada instante”.

Eduardo siguió contando la historia. Muchos billetes llegaron con versos de poetas famosos. “El camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría”, de Blake. “Un amigo es una persona con la que se puede pensar en voz alta”, de Emerson.

Eduardo contó que Alfonso Fuenmayor le dijo alguna vez: Álvaro, te están tumbando. La gente lo hace para ganarse sus centavitos. Y Álvaro le respondió: Eso yo lo sé.

Y entonces, si lo sabes, ¿por qué carajo lo haces?

-Porque es una forma de premiar la sabiduría popular.

Según Eduardo, había pocas personas en el mundo que le daban el verdadero valor a la plata. Jueputa, casi todo el mundo es esclavo del billete.

Eduardo echó la mirada sobre Alejandro. Álvaro no es el único loco, exclamó. Nos preguntó si queríamos saber las razones por las cuales Alejandro andaba descamisado. Por supuesto que sí, respondió la monja.

En ese momento, don Manuel apareció con más ron para la mesa. Eso ya se sabe. Hay que divertirse porque la vida es una fiesta. Alejandro señaló que eran unos verdaderos hijos de puta quienes habían convertido la vida en esclavitud.

Eduardo miró de nuevo a Alejandro. Enunció que iba a contar las razones por las cuales andaba descamisado. Todos quedamos a la expectativa para conocer otra locura de Alejandro.

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 13 y 14

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 11 y 12

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 9 y 10

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 7 y 8

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 5 y 6

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – Primera parte

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Jorge Guebely

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