Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 13 y 14

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Uno es como el humo: nada. Sólo que uno es una nada con aspiraciones de ser mucho. Es allí donde está el origen del dolor.

Por Jorge Guebely

Segunda parte

13

La entrega anterior termina cuando Figurita confiesa su enorme malestar con su mujer, la verdadera monja. Lo confiesa mientras marca un disco en el traganíqueles. Eduardo se interesó en conocer las razones de ese malestar.

Don Manuel apareció de nuevo detrás del mostrador. Preguntó si queríamos alguna cosa. Eduardo le respondió que más tarde. Parecía más interesado en la situación de Figurita.

-¡Ajá! Y entonces, ¿en dónde está el problema?

-El billete –respondió con desánimo-. El billete es el verdadero dios. Sin él, no hay felicidad, y con él, sólo hay desastres. Es un dios hijueputa.

En el traganíqueles sonó el tango “Cambalache”, en la voz de Julio Sosa. El mundo fue y será una porquería / ya lo sé / En el quinientos seis / y en el dos mil también  Eduardo tomó a Figurita y lo llevó al patio.

-¡No joda! Déjate de filosofías y cuenta qué es lo que te pasa –insistió Eduardo.

-Erda, viejo Eduardo. Pasa que ella está en Medellín, y yo estoy acá. Y yo no soporto la separación con ella.

-Eche, pero, ¿por qué no están juntos?

-El billete –aclaró Figurita-. No es fácil conseguir plata en un mundo de tantos tiburones. Mucho menos cuando uno es artista. A nosotros nos toca vivir de limosnas. Gracias a la compasión de los amigos, nos compran un cuadro. Uno que otro sensible del arte hace lo mismo. El resto es desierto. El arte es una mercancía de poco valor. La gente no está educada para apreciar el arte. Una libra de arroz, que sirve para alimentar al estómago, es más vital que un cuadro que sirve para alimentar el alma. A los artistas nos toca pagar muy caro la conciencia de una sociedad que sólo vive para el estómago y no para el alma.

Figurita pidió un cigarrillo. Luego pidió un fósforo. Él mismo lo encendió, aspiró el humo y lo soltó en círculos que se agrandaban hasta desaparecer en la nada. Se arregló varias veces el cuello de la camisa. Se lo veía incómodo.

Erda, viejo Eduardo –por fin se soltó-, uno es como el humo: nada. Sólo que uno es una nada con aspiraciones de ser mucho. Es allí donde está el origen del dolor.

Nos pidió que nos sentáramos en una mese aún sin ocupar. Lo complacimos. Más cómodo, continuó sus reflexiones: Nada es peor que un pobre nazca con conciencia de artista. La pobreza económica no es el territorio adecuado para el arte. Es el peor de los contras.

Llamó a don Manuel quien estaba al fondo de la cantina. Lo llamó dos veces hasta cuando oyó la voz del propietario de El Unicornio. El hecho de no ser nadie socialmente pareciera ser la condenación a no crear nada de valor estético. Un artista pobre vive doblemente golpeado: por el arte y por la pobreza.

Don Manuel llegó y se puso a su disposición. Pidió tres cervezas. Sin embargo, viejo Eduardo, el estómago sigue pidiendo el arroz sin importarle el éxito o el fracaso de las obras. No sólo pide el estómago de uno al que se puede engañar, sino el de la mujer y el de los hijos. Esa algarabía de los estómagos pidiendo comida destroza cuando uno regresa a casa sin llevar nada. Uno se siente el ser más inútil del universo.

Don Manuel llegó con las tres cervezas. Las destapó delante de nosotros. Preguntó qué otra cosa queríamos, y yo le respondí que nada más. Figurita continuó: Uno es como un animal cualquiera, sólo sirve si trae una presa para la familia. El hambre no sólo corroe el estómago sino el amor también.

Hizo de nuevo una pausa. Fumó de nuevo. Continuó: Con hambre no hay amor que dure tres años. Para una mujer no es fácil ver que su marido llega todas las noches con los brazos cargados de frustraciones. No es fácil vivir una rutina de fracaso.

Fumó de nuevo. Pensé que fumaba más de lo conveniente. He sido derrotado por la miseria, exclamó mirando a los ojos de Eduardo. Soy una víctima del arte que es una víctima de sociedad. Huyendo de esa derrota, me encuentro en la ciudad lanzando gritos de salvavidas.

Volvió otra vez al silencio. Esta vez tomó un buche de cerveza: La monja que me acompaña no es la mía, confirmó. Es una puta disfrazada que conocí varios meses atrás. Una mentira para hacerme creer que estaba al lado de la verdadera. Las mentiras nos hacen soportables las dentelladas de la realidad. Con eso, no ofendo a Dios, ni a mi monja. Sólo me protejo de la descomposición del alma.

-Pero ella es una prostituta, -le dije con tinte de reproche.

Erda, Jose, respondió molesto Figurita. No te olvides que María Magdalena fue uno de los mejores sustentos de Cristo en la Tierra. Era una pecadora, una prostituta. Lo que pasa es que no es el rol lo que vale sino la persona. Y la monja que está allá afuera es tan entrañable como la de Medellín.

La falsa monja, prostituta de la negra Eufemia, pasaría con nosotros toda la noche de parranda. Y al final, resultó entrañable para todos.

14

Eduardo y yo dejamos discurrir a Figurita. Lo dejamos que hablara, que vomitara todo su interior. Nosotros sólo le prestamos audiencia. De vez en cuando, le hacíamos preguntas para darle manivela. Y cómo la conseguiste, le pregunté.

Me fui a donde la negra Eufemia, contestó. Esa mama grande que nos alivia las penas. Allí me encontré a una puta nacida en Antioquia, como mi monja. Hablaba como ella, con los ojos negros y la piel blanca, como los de ella. Le conté mi pena, y me respondió: ‘Ve, Figurita, yo también fui monja. Si querés me disfrazo, y nos vamos a parrandear’. Y aquí me tienen tratando de ocultar una realidad con un disfraz.

Sonaba fuerte el disco ‘Busco tu recuerdo’ en la voz de Charlie Figueroa. Figurita comenzó a cantar, emulando al cantante: Busco tu recuerdo / Dentro de mi pecho / De nuestro pasado / Que fue de alegría / Pero sólo llegan / A mi pensamiento / Grandes amarguras / Para el alma mía…

Eduardo le puso las manos sobre el hombro. Le dijo que las penas se ahogaban con ron de la tierra. Había que beber mucho para olvidarse de los sinsabores de la vida.

Figurita lo miró. Tenía los ojos enchumbados de tristezas. Curiosamente, soltó una sonrisa. Al final, dijo: Los amigos son el mejor ron para olvidar tantas derrotas.

Volvimos de nuevo a la mesa del fondo. Figurita se hizo al lado de la monja. Yo la miraba con desconcierto. También observaba a Alejandro con el torso completamente desnudo. Todo aquello me parecía de un extravagante maravilloso.

Eduardo se acercó disimuladamente a Alejandro. Le habló en voz baja, tapando la boca con una mano: Te tengo una noticia brava.

Alejandro lo miró con sorpresa, echando el cuerpo un poco hacia atrás. Como no decía nada, le preguntó: Ajá. Y ¿cuál es esa noticia brava? Y Eduardo comenzó a bosquejarle el secreto que tenía en su conciencia.

-Te vas a sorprender.

-¿De qué mierda estás hablando?

-Ya te lo voy a decir, pero vamos darle un trato cuidadoso para no herir sentimientos ajenos –previno Eduardo.

-Desembucha lo que tienes en el pecho.

Eduardo se acercó al oído de Alejandro, y le dijo con disimulo, tapándose la boca con una mano:

-Mírale la cara a la monja.

-Ajá, ya se la miré.

-Mírale las cejas.

-Ajá, ya se las miré.

-Las tiene depiladas.

-Ajá, las tiene depiladas… ¿y qué?

Eduardo se acercó aún más a Alejandro. Se lo veía buscando la mayor discreción. Hablaba casi en sigilo y bisbiseando.

-Mírale los labios.

-Ajá, ya se los miré

-Los tiene pintados –insistió Eduardo.

-Ajá, los tiene pintados de rojo rubí.

-Esa no es una monja, marica.

Alejandro estalló de pronto en carcajadas bien sonora. Ya rayaba con los gritos. Nos paralizó a todos. Nos mirábamos los unos a los otros sin entender las razones de aquella risotada tan estrepitosa. No joda. Deja de reírte, y comparte el chiste con nosotros, gritó Álvaro.

Pero nada detenía a Alejandro en su descontrolado carcajeo. Se levantó de la silla, dio varias vuelta bajo los efectos de las carcajadas. Se tomó la boca del estómago, se plegó en dos y hasta se le salieron las lágrimas. Deja de reírte y cuenta el chiste, insistió Álvaro.

Entonces, entre risas y tos, Alejandro reveló el secreto. Lo que pasa, dijo y reía; es que, dijo y reía; el huevón de Eduardo, dijo y reía; no sabía que, dijo y reía; que la monja de Figurita es una… Casi todos estallaron en carcajadas. Reían a mandíbula batiente como si hubiesen contado el mejor chiste de la historia.

Eduardo y yo permanecimos en silencio. Tampoco la monja reía. Ella sólo observaba con conmiseración la figura desencajada de Eduardo. No joda. Eso te pasa por andar con tus amigos, los cazadores, acusó Álvaro. Por no andar con los intelectuales. No te olvides que los intelectuales son raros pero son más chismosos que los chismosos normales.

Eduardo, alterado, prometió una muñequera a quien no se callara: Bueno, hijos de putas, o se callan o los levanto a trompadas. Pero no le hicieron caso. Nadie podía controlar la risa. Así que rieron hasta cuando la risa se acabó por sí sola.

Vueltos a la calma, la monja se quitó el velo y mostró plenamente su rostro. Me pareció bello. Los ojos grandes y negros hacían un hermoso contraste con su piel blanca. El pelo negro y rizado hacía un armónico marco para su cara bonita. Vean pues, mis amores, exclamó. Aquí estoy para que me vean cómo soy yo. A mí no me da miedo ser quien soy.

Su voz sonaba sensual, medida y segura. Tan inequívoca como su pensamiento. Hablaba siempre con la muletilla de ‘mis amores’ o ‘mi amor’. A partir de ese momento, tomó la palabra, y sus pensamientos me causaron mucha impresión.

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 11 y 12

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 9 y 10

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 7 y 8

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 5 y 6

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – Primera parte

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Jorge Guebely

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