Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 11 y 12

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El cielo existe por la locura, ella es el cielo. La cordura es el infierno porque está lleno de códigos y de prejuicios sociales.

Por Jorge Guebely

Segunda parte

11

En la entrega anterior, Figurita se retiró un poco de la mesa y se vino con un sorprendente discurso. Semejaba un sermón. Había irreverencia en sus palabras. Mientras tanto, su mujer, la monja, lo escuchaba embelesada. Ella encarnaba un secreto que, a continuación, se develaría.

Figurita se acercó de nuevo a la mesa. Tomó a la monja por la mano, y le pidió que se sentara. Él se dobló y la besó en la boca. Dio la sensación de ser un buen marido.

Ella sostenía en sus manos una camándula de falsas perlas negras y un Nuevo Testamento. Figurita le tomó el librito, y lo abrió al azar. Se dispuso a leerlo. Pero no leyó ningún versículo, más bien se dedicó a sermonear de nuevo. Siguió con un discurso que oscilaba entre la farsa seria y el ridículo fácil.

Indicó que no eran chifladuras haber traído a su monja hasta El Unicornio. La llevó porque ella debía conocer el mundo pecaminoso de sus amigos. Esos corrompidos que lo habían corrompido a él. Por ellos, había aprendido a fumar marihuana y a tomar ron. Quería que conociera esos caballitos negros que se desbocan en el pecado, concluyó.

Figurita es el único hombre que juntó el aceite con el agua, afirmó Álvaro sarcásticamente. Pero el aceite es él, agregó Eduardo con sorna. Todavía está quemado. Todos reímos.

Álvaro, circunspecto, levantó las manos y pidió respeto: No jodan. Quien quita que estemos frente al primer santo costeño. Miró a Figurita, y acompañó su mirada con una sonrisa burlona.

La monja se acomodó mejor en la silla y cruzó las piernas. Se dedicó a jugar con la camándula entre sus manos. Estaba atenta, oyendo las palabras de su esposo. Figurita no cesaba en el uso de la palabra. Hablaba, y se movía al mismo tiempo con gestos nerviosos. Explicaba la cordura de un acto que parecía una locura.

De pronto, su discurso tomó un giro inesperado. Se dedicó a elogiar la locura. Sólo ella era capaz de enderezar las torceduras de la cordura. Nombró a Erasmo de Rotterdam por haberla elogiado, a Don Quijote de la Mancha quien murió cuando se la prohibieron.

¡Hijueputa! Y este man dónde mierda aprendió tantas güevonadas, preguntó Álvaro. Eduardo, utilizando los labios, señaló a la monja como la única capaz de haberlo cambiado.

-El amor lo puede todo –complementó Eduardo, dirigiéndose a Álvaro.

-No joda. Pero con Figurita fue mucho lo que pudo –respondió Álvaro.

En su improvisación, Figurita penetró los terrenos de la religión: No les parece una locura la de Cristo que vino a morir por la humanidad. Y más El Padre que lo mandó a redimir semejante especie.

Se detuvo un momento. Puso la mano sobre el hombro de la monja. Luego siguió: El cielo existe por la locura, ella es el cielo. La cordura es el infierno porque está lleno de códigos y de prejuicios sociales.

Eduardo se lo veía desconcertado. Le hizo señas a Alejandro, con el índice dándole vueltas en la sien, que Figurita estaba loco. Luego, le hizo señas imitando una chupada de cigarrillo, que había fumado marihuana.

Por el contrario, la monja lo miraba embelesada. Y en el torbellino de su embeleso, se levantó y lo abrazó, y lo besó, y le dio otro trago de ron de la tierra para que siguiera hablando.

En ese momento, Eduardo preguntó dónde estaban los cigarrillos. Alejandro le aclaró que él se había fumado el último. Le sugirió ir hasta la cantina y pedir otro paquete.

Eduardo me invitó a que lo acompañara. Nos levantamos y fuimos a buscar los cigarrillos. Dejamos a Figurita en el uso de la palabra. Dejémoslo que hable mierda, indicó Eduardo.

Encontramos el interior de la cantina con algunos gringos tomando cerveza. Allí estaba, en la pared, el unicornio verde que Alejandro había pintado. El traganíqueles sonaba la Guantanamera en la voz de Benny Moré. Pensé que no había mucha gente por ser miércoles.

Eduardo pidió a gritos un paquete de cigarrillo, pero nadie le contestó. Nadie había detrás del mostrador. Yo aproveché para decirle que Figurita estaba loco. Me respondió con el ‘por qué’, y yo le aclaré: ¿Cómo se le ocurre traer la esposa a una cantina?

A mí no me parece loco, respondió Eduardo buscando a don Manuel con la mirada. Estos vergajos están muy ocupados, y no nos van atender rápido, agregó. Extrañé su respuesta.

Le pregunté por qué no le parecía loco, y me respondió: Eche, porque las mujeres que aman a sus maridos deben acompañarlos incluso hasta en las cantinas.

Después agregó: Así dice el cura cuando casa a una pareja, ‘juntos en la vida y en la muerte’. Con mayor razón en una cantina.

Como nadie nos atendía, me senté en unos de los taburetes.

-Pero una cantina no es lugar para una mujer –insistí.

¿Por qué no? En las cantinas hay mujeres.

Yo no creo que en las cantinas encuentres mujeres.

Sí las hay –respondió Eduardo con displicencia y seguridad.

Eduardo miraba al interior del segundo cuarto. Buscaba a don Manuel con la mirada.

-¿Cuáles? –le pregunté porque me desconcertó su respuesta.

-Ajá, y las meseras –dijo, y se echó a reír irónicamente.

Ah, pero esa son las meseras.

No joda. Acaso las meseras no son mujeres.

Pues… sí –afirmé con duda. No pensaba en ese tipo de mujer.

-Y también están las bandidas –agregó, y se echó a reír de nuevo.

Volteó la cara hacia mí. La movía en forma negativa como diciendo: “No joda, Jose. Tú si estás atrasado”.

Me sentí mal. Me sentí como un dinosaurio terco en pleno siglo XX. El rumbo inesperado de la conversación me removió las tripas de mis creencias. Pero lo más desconcertante estaba por llegar.

12

Reconocí, con voz dudosa, que las bandidas también eran mujeres. Vi el interior de mi conciencia, y apareció la imagen de la virgen María. El modelo destallaba luces como la mujer perfecta.

-Ah sí, pero esas son las bandidas, yo hablo de las mujeres decentes –insistí.

No joda, Jose, tú sí estás atrasado. Necesitas que te limpien ese cerebro con estropajo –finalmente expresó lo que yo pensaba que él pensaba de mí.

Eduardo comenzó a tamborilear sobre el mostrador. Lo hacía cada vez más fuerte. Tal vez llamando la atención de don Manuel. Finalmente gritó: ¿Quién mierda me vende un paquete de cigarrillo?

Oímos la voz de don Manuel que respondió desde el fondo: Ya voy.

Después, Eduardo se dirigió a mí, y me preguntó: Ajá. ¿Y cuáles son las mujeres decentes?

Las que no venden su cuerpo –respondí.

-Y quién carajo te dijo a ti que las bandidas venden su cuerpo.

-Sí. Sí lo venden –insistí.

-Nadie compra el cuerpo de una bandida. El tiempo de la esclavitud ya pasó.

-Sí lo venden –insistí-, porque se acuestan por dinero.

Eduardo me miró, y sentí la enorme conmiseración que me transmitía su mirada. De nuevo movió la cabeza en forma negativa. Se acercó un poco más a mi taburete, y me dijo:

-Ellas venden un servicio. Todas las mujeres venden un servicio. ¿Acaso las casadas no venden un servicio? Esas también se acuestan por dinero, y son más costosas. Casi ninguna mujer escoge un marido pobre. Ellas buscan la seguridad de sus hijos, y la plata es la seguridad.

Quedé perplejo por la respuesta. Mascullaba su contenido. Eduardo agregó: Es la ley de la actual sociedad. Marica. Hoy en día, el amor tiene cara de billete.

Golpeó dos veces con la palma de la mano sobre el mostrador. Después gritó: No joda. Me atienden o me voy de aquí.

Luego se dirigió a mí: Todo el mundo tiene que vender alguna mierda para vivir o sobrevivir. El médico vende un servicio, y cobra; el cura vende un servicio, y cobra. Yo arreglo muelas, y cobro. Aquí, si no vendes un servicio y cobras, te mueres de hambre.

Eduardo gritó de nuevo: No joda. Me van vender los cigarrillos o yo los cojo. Siguió conversando conmigo: Esta es una sociedad de prostitutas y prostitutos. Aquí todo el mundo tiene que vender parte de su cuerpo al mejor postor para sobrevivir.

Don Manuel apareció en el mostrador portando un paquete de cigarrillos. Eso ya se sabe, intervino porque había oído las últimas palabras de Eduardo. ¿No es cierto, don Manuel?, dijo Eduardo. En este sistema todos estamos prostituidos.

Don Manuel respondió afirmativamente con la cabeza y con la palabra: Sí, señor. Eso es así. Eso ya se sabe.

Eduardo recibió el paquete de cigarrillo. Mientras le quitaba el papel celofán que lo envolvía, preguntó: Oiga, don Manuel. ¿La monja que trajo Figurita es la que estuvo en el convento aquí en Barranquilla?

Don Manuel lo miró, y había incertidumbre en su mirada. Luego respondió con sarcasmo: A menos que tú creas que el prostíbulo de la negra Eufemia sea un convento.

Quedamos perplejos. Eduardo exclamó: ¡Entonces, la monja es una puta! A mí se me salió en costeño: ¡No joda! No lo creímos. Necesitamos tiempo para aceptarlo.

Don Manuel. Si usted me lo confirma, yo le creo, exclamó Eduardo. Y don Manuel lo confirmó afirmando con la cabeza mientras limpiaba el mostrador. Después agregó: No hay ninguna duda.

Eduardo, poseído por la sorpresa, consideraba insólito que Figurita hubiese engañado a todos los amigos de la mesa. Le parecía imposible. Se movía de un lado a otro como asimilando la gran mentira. No joda. Ese marica nos está mamando gallo, exclamó.

Justo en ese momento apareció Figurita. Necesitaba fumarse urgentemente un cigarrillo. Dijo que el humo en los pulmones le producía una paz. No te olvides que yo soy burro viejo.

Lo observé de cerca. Me parecía chistoso con sus bigotes de cantante de bolero. Gesticulaba como carcomido por alguna picazón en el cuerpo. La mirada la ponía en el patio, en la calle, en cualquier parte, pero no la dejaba quieta.

Eduardo le hizo señas con la cabeza como diciéndole que nos estaba engañando. Lo tomó por los hombros, y lo acercó a él. No joda, Figurita. Lo sabemos todo.

-¿Qué sabes?

-Sabemos que esa no es tu monja.

-O sea que tampoco a ustedes los pude engañar –aclaró sonriendo.

-¿A quién más has tratado de engañar?

Figurita se dirigió hacia el traganíqueles, buscando una moneda en el bolsillo. Se paró delante al aparato musical y desde allí respondió: A mí mismo. Había mucha tristeza en su voz.

Eduardo le hizo ver que aquello era absurdo. ¡Cómo mierda uno se iba a engañar a uno mismo! Se necesitaba ser pendejo para cometer esa brutalidad. Figurita le respondió: Así es, pero tú sabes que uno siempre vive diciéndose mentiras para sobrevivir.

Sacó varias monedas de su bolsillo. La revisó con la mirada. Finalmente escogió una. Eduardo le preguntó para qué mierda quería engañarse. Y él le respondió: Para aliviar este hijueputa dolor que tengo en el alma.

Introdujo la moneda en el traganíqueles. Sentí cómo descendía hasta el fondo de una caja a través de un camino metálico. Eduardo quiso saber de qué dolor hablaba. Y él respondió: El de mi mujer.

Él colocó un brazo sobre el frontón del traganíqueles. Colocó la frente encima del brazo, y marcó un botón para señalar un disco. Se quedó observando el mecanismo mediante el cual el aparato seleccionaba el disco, y lo ponía a sonar.

-¿La verdadera monja? –preguntó Eduardo.

-Sí. Mi mujer

-¿A caso no eres feliz con ella?

-Demasiado

-Ajá, ¿Y entonces?

-Es que cuando hay amor, el dolor duele más.

Pensé que un enorme malestar debía agobiarlo. Y me pregunté de dónde le procedía esa incomodidad que lo mostraba abatido. La respuesta fue apareciendo paulatinamente.

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 9 y 10

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 7 y 8

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 5 y 6

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – Primera parte

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Jorge Guebely

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