Máquinas de escribir: más que objetos de museo

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A pesar de los avances tecnológicos, las máquinas de escribir se resisten a desaparecer y son el instrumento con el que todavía algunas personas llevan el sustento a su hogar.

Por Ever Mejía

Un grupo de jóvenes recorrían el Museo del Caribe. En el segundo piso observaron un estante donde reposaban, entre otras cosas, una tinaja, unas cafeteras antiguas, una cuchara de palo, un teléfono Vintage (de ruedita) y una máquina de escribir Remington.

Los jóvenes pensaron que estos objetos tan antiguos solo los encontrarían en un museo, pero se percataron de su error cuando salieron del museo y caminaron un par de cuadras. Sobre la calle 38, entre las carreras 45 y 46, cuando observaron a más de diez hombres estacionados en los andenes con sus escritorios y sus respectivas máquinas de escribir.

Uno de esos hombres es Juan Francisco Leal. Un señor gordo de 58 años, poca cabellera, cara redonda y tiene gafas puestas. A excepción de los días festivo, Juan Francisco se ubica todos los días en el mismo lugar desde hace 17 años.

De espaldas al escritorio de madera, donde está ubicada la máquina de escribir de Juan Francisco, está la Estación Oficial de Cuerpos de Bomberos y al frente está la Notaria Segunda. En el perímetro está la Gobernación del Atlántico, la Oficina de Pasaportes y Pasantías, la Registraduria Nacional y la Secretaria de Salud. Un poco más alejada está la Alcaldía Distrital. Es un sitio estratégico.

A diferencia de lo que muchos jóvenes pensarían, las máquinas de escribir aún hoy están vigentes. Tomarse un café o una gaseosa y sentarse a conversar en horas de la mañana con cualquiera de estos hombres que trabajan con estas máquinas es misión imposible. Si se tiene suerte, en horas de la tarde podrían regalarte unos minutos.

La razón es simple: están ocupadísimos. La mayoría de estos hombres son contadores. Las ganancias son muy buenas, de lo contrario no estarían tantos. Juan Francisco afirma que hoy obtuvo $200.000. Si todos los días fueran como hoy, al mes se ganaría cuatro millones, pero las ganancias son muy variables.

Al rato llega una señora morena y le da $20.000 envueltos en una factura, ese es el precio promedio por cada trabajo que realizan los contadores.

“Esto es lo que más se mueve”, comenta Juan Francisco mientras teclea la máquina para corregir un par de certificados de ingresos y retenciones. En la parte delantera y a los costados de su escritorio están pegadas unas cartulinas amarrillas que rezan: “Contador Público titulado en la Universidad del Atlántico”.

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Desde el 2003 Juan Francisco Leal se ubica en el mismo puesto.

Juan Francisco se graduó en 1982. Trabajó en empresas y microempresas de la ciudad, y narra que nunca le faltó dinero. Sin embargo, cuando pasó la línea de los 40 años le empezaron a cerrar las puertas.

Cuando en el 2003, Juan Francisco decide llevar un escritorio, una silla y una máquina de escribir al Centro de Barranquilla; la revolución tecnológica empezaba a invadir el mundo. Ya existían Google y Wikipedia. En ese 2003 aparecen Safari, MySpace, Linkedln y WordPress. En 2004 surgen Facebook, Gmail, Flickr y Vimeo.

A pesar de que el 61% de la población en Latinoamérica cuente con acceso a internet y con computadoras de alta tecnología, Juan Francisco Leal relata que: “Con la máquina de escribir todos los días puedo llevarle la comida a mi familia”.

Si un informe de la firma International Data Corporatión registró la caída en las ventas de computadoras en un 10,4% entre el 2015 y 2016, debido al surgimiento de teléfonos inteligentes y tabletas digitales. Ni qué hablar de las máquinas de escribir.

En Colombia son pocas las empresas que venden este producto. Una de ellas es Darconter. Tienen el modelo ML300, es una máquina electrónica y su costo es de $630.000. Y también venden máquinas de segundo uso a $280.000. En un trimestre Darconter puede estar vendiendo dos o tres máquinas de escribir. Significa que al año esta empresa vende máximo nueve máquinas de escribir.

Eso sí, en el año, son más de 40 los que se aparecen en Darconter para pedir que les cambien la cinta de la máquina o les arreglen las letras.

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La máquina de escribir, la gran aliada de Juan Francisco Leal.

Juan Francisco le reprocha a La Dian, dice que cada vez más están exigiendo que los documentos se envíen por vía electrónica. Por ejemplo, la declaración de renta y los formularios. Enojado recrimina “lo quieren dejar sin trabajo a uno”.

En eso, un hombre alto y flaco llega al puesto de Juan Francisco y lo saluda. Es contador. Le preguntan que si él también usa máquinas de escribir, a lo que responde riéndose “Eso es pa’ viejitos”. Con una sonrisa Juan Francisco atina a responderle “¿Eche qué?, tú también me vas a joder”.

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