Fuerza Perú, que el desastre enseñe

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Millones de peruanos siguen y sufren la tragedia fuera del país. 

Por Víctor Cachay

Se viven días de caos, desconcierto, muertos, desaparecidos y de un gobierno que no da la talla ante las recientes inundaciones generadas por las intensas lluvias que dejan hasta el momento más de un millón de damnificados en Perú, país que a muchos nos vio nacer y que hoy estando en otras tierras seguimos atónitos y perplejos los estragos que la furia de la naturaleza en pocos días ha mellado el alma y la esperanza de un pueblo que hoy urge de ayuda y respuestas rápidas y concretas.

Para nadie es ajena la imagen de Evangelina Chamorro  Díaz, una mujer tratando de salvar su vida – o lo que quedó de ella – luchando con sus manos y lo que fuere por salir de ese fango sepulcral que la sorprendió aquella mañana mientras trabajaba en la huerta de su vivienda ubicada en la zona de Punta Hermosa, a pocos minutos de Lima, la capital inca.

Observamos horrorizados también cómo vehículos menores y pesados eran “tragados” por el agua enlodada y cómo cuerpos aparecían con los primeros rayos del sol, sin imaginar que la desolación y el luto nacional recién empezaba, ya que las autoridades pronostican nuevas y torrenciales lluvias que provocarán, de manera irremediable, nuevos huaicos, que en lengua ancestral quechua son masas enormes de lodo que al caer en los ríos ocasionan desbordamientos, con lo que generarán mayores problemas y afectados en casi toda la zona costera. Todo ello sumado a la ineficiente labor del gobierno frente a una catástrofe que se predijo y comunicó en su momento, pero que como en la mayoría de casos no se previno ni se agendó como problema inmediato.

“No es posible que vivamos esta pesadilla y que nuestras autoridades no puedan brindarnos ni una botella de agua. Dicen que la ayuda llega pero a quiénes si llevamos horas tratando de tener qué comer o dónde dormir. Perdí todo y tenemos vecinos que están desaparecidos pues el huaico se llevó todo y estamos con ropa encima”, aseguraba una humilde mujer mientras trataba de salir con su pequeño en brazos de la zona devastada.

Caos y desabastecimiento total

fenómeno del niño 2017.jpg2Además de las intensas lluvias y el desborde de los ríos, la sensación de desesperanza embarga de manera directa o indirecta a los afectados, pues se sabe que los productos de primera necesidad escasean, al igual que el agua, tan vital, que ha sufrido desmedro en su distribución. Se suma a esto el desconcierto que convirtió en pocas horas a la capital limeña en una urbe distanciada de la realidad, para transformarla en una ciudad en emergencia, propensa a que sus carreteras y vías principales de acceso simplemente terminen por colapsar, ante la mirada estupefacta de millones de peruanos, que hará que cambien Machu Picchu o el cebiche por informaciones donde el dolor y luto son los protagonistas.

“No declararemos el estado de emergencia en todo el país, pues tenemos con qué hacerle frente a este desastre; por lo que hago un llamado a la tranquilidad y pido la colaboración de todos los peruanos. El principal problema es el agua y en ello la empresa SEDAPAL está laborando, así como los bomberos y la Policía Nacional que ya han rescatado no solo personas sino animales. He destinado un presupuesto considerable para los trabajos de reconstrucción y ayuda para nuestros hermanos damnificados. Tengamos fe y estemos preparados para lo que se viene”, anunciaba el presidente Pedro Pablo Kuczynski mientras visitaba la zona de Santa Eulalia, devastada por los caprichos de la naturaleza.

Las horas y días parecen interminables para los cientos de miles de damnificados que jamás pensaron que un fenómeno del niño golpearía con tamaña magnitud y que ahora sus sueños y lo que por años les costó conseguir (más de 500 mil viviendas quedaron en calidad de no habitables), hayan desaparecido y venido abajo como un castillo de naipes; y que en este momento la mejor opción sea un trébol de hojas, aquella carta de la suerte que por ahora es esquiva a sus esperanzas.

En tanto miles de peruanos en Colombia y en otras partes del mundo donde se escuche huaino, marinera o un estribo del himno nacional, comenzaron a organizarse con la intención de llevar asistencia moral, productos básicos o dinero en efectivo a sus compatriotas, con el deseo de devolverle en gratitud a su tierra lo poco o mucho que les dio antes de buscar nuevos horizontes.

De igual forma diversas naciones han mostrado su voluntad de apoyar ante el primer llamado realizado, como Venezuela (a pesar que Pedro Pablo Kuczynski y su similar Nicolás maduro no tiene las mejores relaciones), que ofreció enviar productos y personal médico; y Colombia, cuyo presidente Juan Manuel Santos envió militares y ayuda humanitaria.

La situación es compleja, difícil y por demás preocupante, pues en mis años de periodista en mi lejano Perú cubrí huaicos y demás desastres naturales con estragos similares, pero no de la magnitud que hoy afronta el país de la buena comida y gente amable y correcta.

A lo lejos y como muchos paisanos, observo como una película apocalíptica el mal momento que viven familiares, amigos y compatriotas, pues en muchas ocasiones – como esta – el sufrimiento embarga y la lejanía golpea como la soledad que toca a la puerta para dejarte un mensaje funesto. Fuerza Perú.

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