Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 7 y 8

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Álvaro Cepeda Samudio debió escuchar la música de la guitarra verde. De lo contrario, no habría podido escribir el cuento como lo había escrito.

Por Jorge Guebely

Segunda parte

7

En la entrega anterior, don Manuel inició la historia de una mujer solitaria que había llegado a El Unicornio. Pidió una cerveza, ella misma se sirvió en el vaso. No se interesó por el unicornio verde pintado por Alejandro. Por el contrario, en la primera pregunta, indagó por Álvaro. ¿Quién era esa mujer?

La vida es el horizonte de los cuentos de Álvaro Cepeda Samudio

Le hicimos tropel a Álvaro cuando supimos que había una mujer preguntando por él. Siempre hay mujeres que lo buscan, afirmó Alejandro. Parece que tuviera un palito de azúcar, agregó Eduardo.

Álvaro, en silencio y atento, mantenía una sonrisa socarrona. Se lo veía orgulloso de su prestigio masculino. Jugaba con el vasito de cartón, y nos miraba de reojo.

Don Manuel levantó la mano, y puso punto final a la algarabía. Pidió que le pusiéramos atención porque nos iba contar la historia entera. Al principio, vaciló en su disertación. Carraspeó varias veces, finalmente arrancó.

“Eso ya se sabe. La mujer se llama Catalina. Ya se los había dicho: su piel es blanca, sus ojos color miel, y su acento es interiorano. Sólo sé que es cachaca porque no habla costeño.

“Sacó del bolso una caja de cigarrillo con filtro, y mientras lo hacía, dijo que Álvaro se la pasaba tomando ron en esta cantina. Eso le habían dicho. Le expliqué que hacía varios días que no venía.

“Se llevó el cigarrillo a la boca. De inmediato, le encendí un fósforo. Le pregunté si ella conocía a Álvaro, y me respondió que no. Fumó con elegancia, aspiró el humo con destreza, y lo expulsó con esbeltez. Eso ya se sabe, cuando una mujer es fina, se le nota hasta en el fumar.

“Le pregunté si era estudiante de alguna universidad del interior, y quería hacer una entrevista para alguna revista. Me respondió que sí pero que no.

“Le traje un cenicero, y se lo puse al frente. Ella lo miró, y descargó la ceniza que había en la punta del cigarrillo. Llenó de nuevo el vaso con cerveza. Lo hizo cuidando que no se rebosara la espuma.

“Como resultaba contradictoria, le pedí claridad. Y me aclaró: Sí, porque estudio literatura. No, porque no quiero hacerle ninguna entrevista. Y fumó de nuevo.

“Como aún tenía dudas, le insistí en que debía haber una razón para buscar a don Álvaro. Y ella puntualizó: Sucede que he leído sus cuentos ‘Todos estábamos a la espera’, y descubrí que sus historias guardan un secreto que yo quiero descubrir.

“Pensé que así como los cuadros de don Alejandro tienen un misterio, los cuentos de don Álvaro debían tener los suyos. Pero con vergüenza, le indiqué que me dejaba en las mismas. Nunca había leído esos cuentos. Yo sólo hojeaba La Biblia y las novelas de El Santo, El enmascarado de Plata. Así que lo mejor es que me explique eso de que los cuentos de don Álvaro guardan un secreto que usted quiere descubrir.

Me miró, y había un sentido de amistad en su mirada. Fumó de nuevo, y expulsó el humo con la misma elegancia de antes. Guardó silencio durante algunos segundos. Finalmente me salió con una teoría que jamás había escuchado.

“Me explicó que la vida era como un río, y la historia, como un arroyo. La gente no hacía esa diferencia y, por esa razón, no sabía leer los verdaderos textos literarios. Pero ella sí la hacía, por eso sabía que los cuentos Álvaro Cepeda Samudio guardaban un secreto. Porque sus cuentos apuntan al río, no al arroyo.

“Quedé perplejo. Me tomé varias veces la barba. No le entendí nada. Eso ya se sabe, yo no soy letrado. Le indiqué que con esas explicaciones no iríamos a ningún lugar. Es mejor que me hable con mayor claridad.

“Volvió a mirarme con la misma amistad de antes. Tomó un sorbo de cerveza. Y miren lo que me respondió: Sucede que los poetas comparan la vida con los ríos por ser un flujo transparente que va desde el vientre materno al de la tierra. Semejante explicación me puso a pensar.

“En el colegio aprendí las coplas de Manrique: ‘Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en el mar / que es el morir’. Pero sólo hasta ese momento le encontré un sentido especial. La vida es el horizonte de los cuentos de Álvaro cepeda Samudio, concluyó.

“Catalina no dejaba de sorprenderme. A renglón seguido, trajo a colación el libro de cuentos ‘Todos estábamos a la espera’. Lo que me dijo lo llevo aún metido en el alma.

“El bolso grande, que estaba sobre el mostrador, lo puso sobre las piernas. Hizo énfasis en un cuento que la había perturbado. También me indicó el nombre: ‘Hoy decidí vestirme de payaso’.

“Abrió la corredera del bolso mientras conversaba. Según ella, en el cuento había una guitarra verde que nadie sabía tocar: ni el narrador del cuento, ni la muchacha de los caballos, ni los clientes del bar, ni mucho menos los payasos. Sólo un guitarrista que, creo, se llamaba Johnny, sabía tocarla. Pero estaba lejos, y nadie sabía dónde se hallaba, afirmó.

“Metió la mano en el bolso. Tanteaba como si estuviera buscando algo. Según ella, tanto el muchacho narrador como la muchacha de los caballos querían escuchar la música de la guitarra verde. Necesitaban oír esa melodía porque era como su puerto de salvación.

Alvaro Cepeda Samudio.

Alvaro Cepeda Samudio.

“Los dos estaban fatigados de ser actores del circo. Ella era malabarista sobre caballos; y él, un payaso incómodo. Ellos vivían, no en el río que es la vida, sino en el arroyo que es el espectáculo. Detuvo su búsqueda en el bolso, me miró atentamente, y me dijo:

-“Los arroyos arrastran simulacros. Cuerpos deslumbrantes que con el tiempo se vuelven desechos.

“Entendí con claridad lo de los arroyos. Yo más que nadie los conocía. Especialmente el de La María que pasa a dos cuadras de aquí. Bastaba un aguacero, se crecía, y sólo arrastraba porquerías. Pero la dificultad consistía en relacionarlo con la historia.

-“Mire usted –me dijo-. ¿Cómo se llama usted?

-“Manuel, pero me dicen don Manuel.

“A partir de ese momento me trató con más confianza. Don Manuel, me dijo. Mire la historia de este país. Primero fue el Descubrimiento, después la Conquista y la Colonia y la Nueva Granada y el País Conservador y el País Liberal. Todo pasa como basuras en el arroyo. Nada trascendental queda.

“Yo limpié los anillos de agua que dejaba su cerveza sobre el mostrador. Restregaba la madera. Más que limpiar, quería digerir las palabras de Catalina. Había mucho de verdad, pero mucho de absurdo. Supuse que en la continuación de la conversación, todo quedaría claro.

8

Me liberé de esa idea, y esa liberación me abrió un horizonte desconocido

“Catalina escarbó de nuevo en el fondo del bolso. Buscó y rebuscó. Finalmente sacó un libro. Lo puso sobre la mesa, y yo vi su carátula. Era ‘El llano en llamas’ de Rulfo.

“Me confesó que estaba fatigada de vivir en el arroyo. Nada era real sino malabarismo. Espectáculos de mucho esplendor pero sin ninguna música real.

“Me dijo, mientras sacaba otro libro de cuentos de Roberto Arlt; ‘El lanzallamas’, que quería salirse del circo, dar el salto del arroyo al río, oír la música de la guitarra verde.

“Guardó silencio por un momento. Ya no fumaba. Tampoco tomaba. Simplemente meditaba en voz alta. Pensaba que Álvaro debió escuchar la música de la guitarra verde. De lo contrario, no habría podido escribir el cuento tan real como lo había escrito. Yo quiero escucharla, confesó finalmente.

“La miré sorprendido. Esa ya se sabe, este mundo está lleno de gente insólita. Quise decirle que eso era una invención, una ficción como dicen ellos cuando vienen aquí. Pero también recordé lo que dijo don Germán Vargas, en una de sus noches de parranda: No hay nada más real que la ficción literaria.

“Con ojos apaciguados y tristes me preguntó: ¿Don Manuel, usted sabe cómo es la música de esa guitarra verde? Me sorprendió. No sabía de qué música me hablaba. Se me ocurrió responderle que cada uno debía poseer su música, y bastaba con aquietarse para escucharla.

Expandió la boca del bolso. Metió casi la cabeza para buscar algo en particular. Sacó otro libro de cuentos: El Aleph de Borges. Ahora que lo busco, no lo encuentro, dijo.

“En ese momento, cantó un gallo en la vecindad, y supe que era la una de la mañana. Los dos acordamos que Álvaro ya no vendría. Aun cuando era tan loco que todo en él era posible. Sin embargo, ella se volvía al hotel, y seguiría buscándolo por la mañana.

“La curiosidad me picó. Le pregunté qué tanto buscaba en el bolso. Me respondió que buscaba el libro de cuentos: ‘Todos estábamos a la espera’ de Álvaro. Pero tampoco lo he encontrado.

Don Manuel terminó su relato. Miré el rostro de Norman, y pensé en el invisible pez azul y en la música de la guitarra verde. Paulatinamente, yo componía mi rompecabezas. El aprendizaje lo hacía cada vez más claro.

Norman también pensaba en el invisible pez azul porque se dirigió a Alejandro, y le preguntó que si él lo había visto. El pintor lo miró con desconcierto. Te lo pregunto, le aclaró, porque en tus cuadros palpita lo invisible.

Seguimos tomando el ron de la tierra. Yo oía la canción del negrito del batey en la voz de Alberto Beltrán. Le puse atención a la respuesta de Alejandro. Pero él seguía mirando a Norman con desconcierto.

Norman insistió: Estás entre los mejores del continente al lado de José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. Tus trabajos tienen el sello de la inmortalidad. Tú puedes explicarme el fenómeno del invisible pez azul.

Carajo, Norman. Yo sí vi el invisible pez azul, pero no era azul –aclaró Alejandro.

-¿De qué color era el invisible pez azul tuyo?

-Mi invisible pez azul es dorado de día y rojo de noche.

-Entonces… ¿eso cambia de color?

-No cambia de color porque es invisible.

Acerqué la silla para escuchar mejor. Parecían dos locos hablando. Eran dos locos hablando amistosamente.

-Entonces… ¿por qué lo ves de colores diferentes?

-Porque uno cambia de cerebro a cada rato.

-¿Uno cambia de cerebro a cada rato? –preguntó Norman desconcertado.

-Sí. Uno es el que cambia. Uno es el transitorio. La eternidad es inmutable.

Norman se rascó la cabeza. Daba la impresión de no entender nada. Se rascaba, y arrugaba el rostro. ¿Entonces cada uno tiene su propio pez invisible con un color a cada momento?, preguntó.

Alejandro se acomodó mejor en la silla. Tomó el vasito de cartón lleno de ron de la tierra. Hizo señal con la mano a Norman para que hiciera lo mismo. También me invitó. Tomamos. Alejandro exclamó: Esta vaina hay que digerirla con ron.

Acerqué aún más mi silla para escuchar mejor. Puse el oído atento a lo que Alejandro iba a contar. Pensé: Aquí debe haber alguna señal de lo que estoy buscando.

Alejandro comenzó su relato. Yo no sabía si hablaba en serio o estaba mamando gallo. Con ellos, casi nunca se sabía cuándo era en broma, y cuándo era en serio.

-Mierda, Norman. Ya me di cuenta de que quieres saberlo todo. Entonces te lo voy a contar enterito –dijo Alejandro.

Indicó que la primera vez que vio su invisible pez fue en Puerto Colombia. Fui a la cocina de mi casa, y me encontré con un pescado sobre la mesa. Una hermosa mojarra que había comprado mi mujer.  

Lo miré fijamente, y descubrí: la sorprendente disposición de sus escamas, el estupendo encanto de sus líneas, la extraña armonía de sus colores plateados y rojizos. Entonces decidí bocetarlo.

Hice un primer boceto, y fracasé. Hice un segundo, y también fracasé. Hice más de dos docenas de bocetos, y siempre fracasaba.  

Por fin descubrí el error, yo pretendía ser una máquina fotográfica. Quería representar en el boceto lo que veía en el exterior. Entonces mandé a la mierda ese pendejo pescado. Me liberé de esa idea, y esa liberación me abrió un horizonte desconocido.

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 5 y 6

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – Primera parte

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Jorge Guebely

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