Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 5 y 6

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En La Cueva ellos eran los intelectuales; aquí no eran nada. Esa condición les gustaba.

Por Jorge Guebely

Segunda parte

5

En la entrega anterior, don Manuel, el dueño de El Unicornio, le regaló dos medias de exquisito ron blanco a Alejandro. Ofrecimiento para que se lo tomara con sus amigos. Hicieron el brindis, y se inició una conversación donde don Manuel dio muestra de una sensatez desconocida por José Domingo.

En Barranquilla el ron es lo único que da para comer

Don Manuel, dirigiéndose a Alejandro, insistió en que había dos razones para regalarle, de corazón, esas dos medias botellas de ron blanco; o ‘ron de la tierra’, nombre que él, personalmente, le había dado. Yo mismo las elaboré aquí en El Unicornio.

Pidió que no creyéramos que él tenía un alambique secreto. Simplemente envasó el ron blanco en cocos, y lo enterró durante ocho días, para que se refinara. Estaba seguro de que la tierra purificaba todo lo que se pusiera en su vientre. Eso ya se sabe, la tierra tiene la capacidad de convertir en licor al ron más vulgar.

Alejandro sonrió. Apretó los labios como diciendo que don Manuel era un sabio de la parranda. Le tendió la mano, y lo saludó con emoción. Parecía darle las gracias por el ron de la tierra y por el gesto.

Cuando terminó el apretón de mano, Álvaro le preguntó por las dos razones que tenía para hacer semejante regalo. Ya era hora de que las desenvainara.

Don Manuel llenó otra vez el vasito de Alejandro con ron de la tierra. Luego se dirigió a mí, y me preguntó: ¿Usted sabe por qué este negocio se llama El Unicornio? No tenía la menor idea.

Informó que contaría una historia poco conocida. Había sido empleado de Bavaria, una cervecería poderosa de origen alemán. Lo despidieron por huelguista. Eso ya se sabe. La vida es un juego, el destino pone los obstáculos, y el jugador supera los que pueda.

Sus obstáculos eran múltiples: no tenía trabajo, dos hijas iban al colegio, la mujer embarazada, y una suegra inteligente y de corazón compasivo. Dio gracias a Dios por la suegra que le había dado. A ella le debía la existencia de El Unicornio.

Yerno, esta es su casa, me dijo. Me la desocupó, y se vino a vivir con nosotros para que yo montase un negocio. Fíjese qué corazón tan grande. Sólo me puso la condición de que la alimentara. Lo que no es difícil porque está tan viejita que come como un pajarito.

“Al principio, yo quería montar una tienda, pero mi suegra me corrigió: En Barranquilla, el ron es lo único que da para comer. Y le hice caso porque más sabe el diablo por viejo que por diablo.

Don Manuel tomó mi vasito, y lo llenó con ron de la tierra. Me dijo que podía tomarlo porque era de los buenos. Y agregó:

“Y decidí montar una cantina. Bendito sea mi Dios que no me abandonó. La labor la comencé un miércoles. Fié, de segunda mano, unas mesas, unos asientos de cuero, un mostrador, y los arrumé aquí mismo. –Mostró el lugar en donde los había arrumado-.

“Un vecino, lo que son las cosas de la vida, me prestó un galón de pintura verde que le había sobrado. Eso para que pintara las mesas y el mostrador. Al principio dudé del color, pero el vecino me dijo: Ajá, y si no hay más.

“Invertí los pocos centavos de la liquidación en ron blanco, ron tres esquinas y cerveza. Eso ya se sabe, aquí nadie fía esas vainas porque es plata perdida. Y me vine a organizar la cantina. Eso fue un miércoles.

“El viernes por la noche, sucedió el milagro. Todavía metido en el desorden, tuve la mejor sorpresa. Un hombre con cara de marinero buscando puerto se presentó al negocio. Era mi primer cliente, y se trataba de don Alfonso Fuenmayor. Él quedó maravillado con el lugar, especialmente con el patio.

“Conversamos largo rato. Es gran señor. Lo miré como se mira a un hombre de esas calidades. Lo escuché como debe escucharse a un marinero de tierra firme. Descubrí de inmediato que tenía los pies en Barranquilla, y su alma, en otros mundos. Uno aprende a ver la trascendencia de las personas corrientes. Era un ser humano distinto. Al despedirse, tuve la corazonada de que volvería con todos sus amigos.

“Supe que se reunía con ellos en La Cueva. Sin embargo, siempre andaba buscando otros lugares para beber. Tuve el olfato de que El Unicornio se convertiría en otro refugio temporal del grupo.

“Eso ya se sabe, había razones para tener esa corazonada. En La Cueva compartían con cazadores, aquí estarían solos. Allá, eran los intelectuales, aquí no eran nada. Esa condición a ellos les gustaba. Les atraía la independencia, la posibilidad de ser ellos sin nada ni nadie que se los impidiera.

“Y no me equivoqué. Allí comenzó la verdadera historia de por qué esta cantina se llama El Unicornio.

6

No eran vulgares bebedores de ron como algunos los veían

Don Manuel tomó el vasito de Norman y lo llenó con ron de la tierra. Aclaró que eso era un ron fino para gente fina. Y siguió desarrollando el hilo de su historia:

“Pero había otra razón más poderosa para que ellos vinieran a este lugar, el desplazamiento. El tránsito de cantina en cantina por toda Barranquilla no era más que la forma de una búsqueda. No eran vulgares bebedores de ron como algunos los veían. El ron en ellos se convertía en licor, y la borrachera, en embriaguez. Utilizaban la ebriedad de la conciencia para encontrar ese algo que nunca pude entender.

“Eso me quedó muy claro el lunes siguiente cuando tuve la gran sorpresa. Eso ya se sabe, don Alfonso Fuenmayor llegó con don Germán Vargas, Alejandro Obregón, Gabo y dos más. La cantinita aún no estaba organizada. Pidieron ron blanco, y les serví media botella. Y comenzó la juerga de esa noche que, para mí, era martes. Para ellos, los días de la semana no existen cuando se trata de tomar.

Todos teníamos los vasitos llenos de ron en la mano, incluyendo el de Eduardo, pero no tomábamos. Estábamos atentos a la disertación de don Manuel:

“De pronto sentí una algarabía. Me llamaron varias veces a gritos. Acudí corriendo, y encontré a don Alejandro con los ojos brillantes y la piel más pálida que cuando entró. De un momento a otro, cambió de personalidad. Me solicitó pintura, y le pasé la que me quedaba. Estaba como loco. También pidió una brocha, y le di la única que tenía. Y con pocos trazos, ¡zas, zas, zas!, pintó ese unicornio verde.

Todos guardamos silencio. Para mí, era una historia nueva.

“A partir de ese momento, me convertí en un agradecido y admirador de su obra –dijo dirigiéndose a Alejandro-. Vi varias veces algunos de sus cuadros en la Biblioteca Departamental o en La Escuela de Artes. Leí algunos comentarios. Había una energía distinta en sus pinturas como lo afirmaba una crítica de arte. Una energía invisible para el resto de los mortales, pero que usted hace visible con trazos y colores visibles.

“Y si usted mira ese trabajo –dijo mostrándome la dirección donde se hallaba el unicornio verde-, encontrará la misma energía. Es la misma de los otros lienzos. Una especie de salto al vacío hecho por un loco con exceso de lucidez, como dijo un señor allá en la Biblioteca Departamental.

Miré el rostro de Norman, estaba concentrado y, tal vez, desconcertado. Creo que él tampoco se esperaba un relato con tanta claridad, tanta sencillez y tanta lucidez.

“Eso ya se sabe –aclaró don Manuel-. Este lenguaje no es mío. Yo no soy tan letrado como ustedes. Pero he leído el comentario de los críticos, y los repito con las mismas palabras. En cambio, sí son mías las sensaciones que despiertan sus cuadros  en  mí, don Alejandro. Y yo siento esa energía de la que hablan los críticos de arte.

“Pero esta no es más que la mitad de la historia. Ahora viene la segunda parte. Me parece tan interesante o, incluso, más interesante que la primera parte. Y antes de comenzar, hagamos un brindis.

Y volvimos a brindar. Después del brindis, Don Manuel siguió en el uso de la palabra. Consideraba al unicornio verde como una bendición del cielo. Gracias a esa pintura, el negocio se convirtió en un lugar de peregrinación. Eso ya se sabe. No hay mejor publicidad que ese bendito unicornio, dijo haciendo una persignación.

No había noche en que no hubiese cachacos y gringos. Personas extrañas pasaron por su mostrador. Se tomaban fotos al lado del unicornio, y regresaban satisfechos. Sólo que una noche, sucedió algo distinto. Eso ya se sabe. Cuando todo anda sobre lo normal, aparece de repente lo distinto. Y un nuevo mundo se abre ante nuestros ojos.

Me pregunté: ¿Qué será lo distinto? ¿Cuál será ese nuevo mundo? Creo que todos nos hicimos la misma pregunta. Bastaba mirarles el rostro tan atento para tener esa conclusión.

Una noche llegó a El Unicornio una mujer que don Manuel calificó como completamente distinta. La comparó con una vestal griega por lo ingrávida, por lo pálida y por lo espiritual. Le vio el rostro con el color del durazno; los labios, con el del corozo, y los ojos, con el amarillo-rojizo que tienen las hojas en otoño. Nunca pensé tener tan cerca una mujer tan bella, agregó mientras movía la cabeza como mirando para su recuerdo.

Según don Manuel, la mujer llegó, colocó un enorme bolso sobre el mostrador y, por la primera vez en mucho tiempo, una persona no se interesó por el unicornio. Pidió una cerveza, y ella misma la echó en el vaso. Tomó un sorbo largo, y le preguntó: Dígame, ¿usted sí cree que esta noche venga por aquí Álvaro Cepeda Samudio, el autor de los cuentos, “Todos estábamos a la espera”?

Explotamos al unísono en una bullaranga burlona. Surgieron las expresiones más insólitas: Esa debe ser una fans, dije yo. Tal vez sea una novia despechada, agregó Norman. Ni fans, no novia. Más bien una querida, acotó Alejandro. Eduardo fue más escueto: ¡Eche! Esa debe ser una mujer embarazada que viene a pedirle a Álvaro que responda por el pelao.

La presencia de esa extraña mujer resultó muy significativa en nuestra noche de parranda. Gracias a ella, se nos develaron verdades que permanecían ocultas ante nuestras narices.

lunpapel@gmail.com

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – Primera parte

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Jorge Guebely

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