Crónicas del invisible pez azul – Segunda Parte – 3 y 4

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Las personas se esconden detrás de baratijas para fingir un brillo artificial. Aunque sea ropa de marca o de diseñador, son máscaras. Nada más.

Por Jorge Guebely –  lunpapel@gmail.com

Segunda parte

3

Después de la broma pesada de Álvaro sobre Eduardo, se volvió al ritmo normal. José Domingo pudo conversar con Norman, decirle que admiraba su forma de ver el mundo. Lo equiparó con la mirada de los poetas. Le pidió que le explicara la forma de hacerlo. Una primera explicación no fue suficiente. Por lo tanto, Norman prometió una segunda que para José Domingo fue luminosa.

Sólo estábamos acostumbrados a mirar etiquetas

Norman me pidió mirar a Alejandro. Le obedecí. Le observé su rostro pálido, su pelo casi amarillo y el torso desnudo. Nada había diferente a como lo había visto al principio de la noche. Continuaba siendo la misma imagen que yo tenía en mi conciencia.

Alejandro sacó un cigarrillo; al paquete se le veía el rostro del indio piel roja. Se lo llevó a la boca. Metió el dedo en la cajetilla, y se dio cuenta de que era el último. La arrugó entre sus manos, y la echó al cajón de la basura.

Le comuniqué a Norman lo que había observado. Nada extraordinario había encontrado. Nada distinto a lo que había visto siempre. Respondió que ese era lo más corriente, no ver el mundo sino la memoria que se repetía. Ver la superficie que resulta ser engañosa y aburrida, concluyó.

Me choqué. Pensé que conversar con Norman era circular por los terrenos de lo inesperado y de lo insólito. Su conciencia la tenía en lugares diferentes a los comunes y corrientes. Decidí que lo mejor era no extrañarme por nada de lo que me dijera.

Volví los ojos hacia Alejandro. Tanteaba una cajetilla de fósforos “El Diablo” que estaba al otro borde de la mesa. El cigarrillo lo tenía colgado de los labios. Destaqué el hecho de que estuviese sin camisa, que eso era lo único anormal del momento. Eso ya es mejor, me respondió Norman.

Y como no daba más información, tomó la palabra. Explicó que Alejandro, por alguna circunstancia, se había despojado de la camisa. No la necesitaba para tomar esa noche, ni para vivir su vida; era un agregado, una baratija. Las personas nos llenamos de colgandejos que nos borran ante la mirada de los otros, afirmó con seguridad.

Hablaba con seriedad hierática. Me miraba a los ojos, y su mirada era limpia y penetrante. Para él, el mundo se llenaba de basura porque las personas se llenaban de baratijas: de camisas, de  pantalones, de zapatos… Y si eran de marcas, eran baratijas de lujo, pero baratijas en fin de cuentas.

Las personas se escondían detrás de esas baratijas para fingir un brillo artificial. Los colgandejos funcionaban como máscaras peligrosas porque no parecían máscaras. Concluyó: No hay que mirar los colgandejos sino las personas, evitar el artificio para apreciar la realidad.

Lo escuchaba con atención. Nunca había conversado con una persona tan rara y, sobre todo, con ideas tan extrañas y sensatas a la vez. Pensé: Grabaré en la memoria lo que me está pasando esta noche para escribirlo algún día.

Volví de nuevo la mirada hacia Alejandro. Encendió la cerrilla e hizo un cuenco con las manos para proteger el fuego del aire. El rostro se le tornó más rojo por efecto de la lumbre. ¿Y cuáles son los colgandejos de Alejandro?, pregunté.

Norman explicó que Alejandro, al momento de nacer, llegó limpio de baratijas. No había ninguna contaminación, ni en su cuerpo, ni en su mente. Después lo infectaron con un montón de ellas. ¿Cuáles son esas baratijas?, insistí.

Las enumeró utilizando los dedos, y gesticulando las manos. Dos nombres: Alejandro y Jesús; dos apellidos: Obregón y Roses; una nacionalidad doble: colombo-española; una clase social: alta; un clan familiar: muy adinerado; una profesión: embajador; otra profesión: chofer de camión, por rebeldía. Lo encarcelaron en una aglomeración de baratijas. Los mirones sólo miran baratijas, remató.

Me tomó por el brazo para que le prestara atención. Me lo removía para que no me perdiera. De sus labios surgió una pregunta inesperada: ¿Tú crees que es lo mismo mirar a un embajador que a un camionero?

Por supuesto que no. Sin embargo, Norman afirmó que era lo mismo porque en ninguno de los dos casos se veía al ser humano. Sólo estábamos acostumbrados a mirar etiquetas.  Sólo teníamos ojos para lo artificial. Por eso, cuando miramos, sólo vemos diferencias.

La explicación quedó clara, pero surgieron mil preguntas más. Sólo atiné a hacerle la primera que me saltó a la boca: ¿Qué debía hacerse para mirar bien a una persona, y no las baratijas que lo cubrían?

Norman me puso una mano sobre el hombro como para hacer más íntima la conversación que hacíamos entre los dos. Nada nos importaba de lo que sucedía fuera de nuestro diálogo. Su respuesta me sorprendió. Triturar baratijas como si fuesen piojos del alma.

Me acordé fugazmente de Cioran, el moralista rumano. Su aforismo en que decía que se sentaba todas las mañanas a triturar los piojos del alma. Así se liberaba de los colgandejos para ver el mundo con claridad.

Mientras pensaba en el aforismo de Ciorán, guardé silencio. Norman debió pensar que su explicación no era suficiente. Inició otra que parecía más un ejercicio de matemática: Si le restaba la profesión de chofer y de embajador, la riqueza del clan familiar y el prestigio de la familia, la clase social y la doble nacionalidad, los dos apellidos y los dos nombres, quedaba en la desnudez de su persona.

Pero allí no paraba el proceso matemático. Apenas era la mitad del camino. La tarea aún no había terminado. Ahora te falta descarnarlo, concluyó.

Según él, había que quitarle el valor que tenía el color blanco de la piel, el azul de los ojos, el amarillo del cabello. Había que descarnarlo y deshuesarlo por completo. Sólo así quedaba su silencio y su vacío. Entonces oirás la música que lo sostiene, y verás el soplo divino que lo origina.

No pude pronunciar ninguna palabra por la sorpresa. Estaba desconcertado. Sus explicaciones tenían lógica, pero no eran corrientes. Me sacaron del ensimismamiento, unos palmetazos de Alejandro llamando al mesero de El Unicornio. Miré a Norman y le dije: Por ahora no es un silencio sino un ruido. Y me eché a reír.

Alejandro palmoteó tres veces pidiendo la presencia del mesero. Gritó una vez: No joda, ¿quién nos va atender? Apareció don Manuel, el dueño de El Unicornio, que salía del bar. Traía dos medias de ron blanco en las manos.

Gracias a esas botellas de ron, hice el descubrimiento de varios hechos los que, sin darme cuenta, eran señales silenciosas del invisible pez azul.

4

Es mejor morirse que vivir sin amigos

Don Manuel se acercó a la mesa con las dos medias de ron blanco. Sonreía, y sus dientes enormes resplandecían en el contraste con su piel cobriza. Se paró al frente de Alejandro, y le dijo:

-Estas botellas de ron blanco son para usted, don Alejandro. Eso ya se sabe. Son suyas para que se las tome con sus amigos.

-Maestro, no debió ponerse en esas pendejadas.

Se las entregó. Arrimó una silla, se sentó al lado de Alejandro.

-Eso ya se sabe. Hay dos razones para tener esa cortesía con usted y con sus amigos.

-No joda. Me halaga su ofrecimiento.

Alejandro colocó las dos medias de ron blanco sobre la mesa. Se  dispuso a escuchar con respeto las palabras de don Manuel.

-Eso ya se sabe. Usted es un hombre especial. En nada se parece a los corronchos que nacen por acá. Ya yo sé que usted es de Barcelona. Que por lo menos, nació por allá.

-Así es –confirmó Alejandro.

-Quizás por eso tiene ese nombre tan largo como el de Bolívar.

-Así es.

-¿Cómo es su nombre entero?

Don Manuel sacó de una bolsa de papel una torre de vasitos de cartón. Alejandro se acomodó para responder la pregunta que le habían hecho:

-Ahí va –exclamó Alejandro-. Daniel Alberto Alejandro María de la Santísima Trinidad Obregón Roses.

-Eso ya se sabe. Es un nombre es demasiado largo. Es un nombre de patriota. Usted no firma los cuadros con ese nombre tan largo.

-Ni de vainas.

-Usted sólo firma Alejandro Obregón.

-Así es.

Don Manuel desmontó la torre de vasitos de cartón, y los colocó sobre la mesa. Los distribuyó  al azar. Y mientras lo hacía, conversaba:

-Eso se sabe muy bien. Y tal vez porque es más sencillo firmar Alejandro Obregón que toda es ristra de nombres.

-Así es.

-Eso es más sencillo. Y usted es muy sencillo. ¿Quizás por eso usted se amaña con nosotros?

-Mire, don Manuel –dijo Alejandro-. Usted me lo está preguntando, y yo lo estoy pensando por primera vez. Y ya le tengo una primera respuesta.

En ese momento, don Manuel le ofreció un vasito vacío a Alejandro. Al mismo tiempo, le preguntó:

-¿Cuál es esa respuesta?

-Sí. Yo prefiero este mundo sencillo al mundo complejo y acomplejado de España.

-Ajá. Eso ya se sabe, y se ve.

-Y le tengo una segunda respuesta.

Don Manuel le pidió que aguantara un momento. Tomó un vasito, y se lo pasó a Álvaro.

-¿Cuál es su segunda respuesta? –preguntó don Manuel.

-Me quedo aquí porque allá se acabó la amistad. Allá sólo existe la competencia. Vivimos en una cultura de mercado. Aquí todavía existe la amistad. Yo pinto mis cuadros para decirles a mis amigos cuánto los quiero. Y sepa una vaina, don Manuel…

-¿Qué vaina?

-La amistad en el mundo se está acabando. Pero este es el último lugar en donde se acabará. Y mientras aquí existan los amigos, aquí me quedo. Y sólo me voy de aquí cuando ya no haya más amistad. Y ¿usted sabe para dónde me voy?

Don Manuel suspendió la distribución de los vasitos. La conversación con Alejandro lo tenía absorbido. Más bien quedó suspendido, con los brazos abiertos, esperando la respuesta.

-¿Para dónde? –preguntó don Manuel.

-Me voy para el cementerio.

-Debí suponerlo –acotó don Manuel. Calló unos segundos, suspiró, y luego agregó-: Así es, don Alejandro. No es fácil vivir toda una vida con amigos y, de pronto, saber que la amistad se ha ido para siempre. La soledad es una tragedia para quien ha vivido entre amigos. Eso ya se sabe. Debí suponerlo. Es mejor morirse que vivir sin amigos.

Las palabras de Alejandro me emocionaron. Pero creo que me emocionó mucho más la sencillez y la transparencia de don Manuel. Por ellos dos, sentí que caminaba por un territorio distinto e indefinible.

Como una revelación, descubrí que los momentos dan señales íntimas que conducen al invisible pez azul. La búsqueda no consistía en ir a lugar alguno, sino en visitar los recovecos de su propia conciencia.

Don Manuel me sacó de las cavilaciones. Me ofreció un vasito para el ron. Consideraba que yo también tenía derecho a ese regalo, que él le hacía a don Alejandro. Tanto él como El Unicornio sólo tenían agradecimientos con esa mano prodigiosa de pintor.

Todos teníamos un vasito de cartón en la mano. El mismo don Manuel, nos lo llenó con una de las medias de ron blanco. Incluso, él mismo tomó uno. Yo no bebo, aclaró. Pero esta vez, haré la excepción porque es un honor beber con ustedes.

Brindamos con sencillez. Simplemente dijimos: “salud”, y bebimos. Por primera vez sentí fino el sabor del gordolobo o ron blanco. Había perdido la aspereza de su destilación normal, y ganado en textura fina. Tanto que parecía un suave rumor de licor en la boca.

A partir de ese momento, la parranda iba a tomar cuerpo. Personalmente, me sentía más cómodo con ese ron blanco que con el wiski que habíamos consumido en casa de Álvaro. Pero más cómodo me sentí con las conversaciones de don Manuel quien se quedó un rato con nosotros.

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Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – Primera parte

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Jorge Guebely

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