Crónicas del invisible pez azul – Segunda parte – 1 y 2

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Si mis amigos están en El Unicornio, yo me voy para El Unicornio. Si mis amigos están en el infierno, yo me voy al infierno.

Por Jorge Guebely –  lunpapel@gmail.com

Segunda parte

Nota del autor: En el transcurso de la escritura de estas crónicas, vi la comodidad de iniciar aquí la Segunda Parte. Nuevos acontecimientos, de reflexiones distintas, habrían de sucederse en el patio de El Unicornio. Nuevas señales, para descubrir la naturaleza del invisible pez azul, surgían de nuevo como voces tangenciales de un secreto vital.

Gracias a los lectores que, en buen número, nos han acompañado hasta aquí. Los invitamos a que sigan leyéndonos. Igualmente, gracias a mis compañeros y amigos de quienes he recibido saludos y reflexiones de las crónicas.

En la entrega anterior, Álvaro, Norman y José Domingo llegaron a El Unicornio. Encontraron a Alejandro Obregón y a Eduardo Vilá en el fondo del patio, posesionados de una mesa. Un hecho desagradable parecía venirse entre Álvaro y Eduardo.

1

Porque lo único valioso en este mundo son los amigos

Álvaro, agresivo e indiferente, tomó una silla, y decidió situarse justo al frente de Eduardo. Antes de hacerlo, exclamó dirigiéndose a Alejandro: No entiendo cómo un sacamuelas anda con gente culta como tú o como yo.

Eduardo frunció el ceño. Miró con desconcierto a Álvaro quien seguía ignorándolo y, ahora, ofendiéndolo. Se acomodó mejor en la silla, y  carraspeó dos veces. Finalmente exclamó: ¡Eche! ¿Me la vas a montar esta noche?

Álvaro le devolvió la mirada con visible encono. Lo miró con desconfianza y tirria. Luego levantó la cara moviéndola en forma negativa y, sin dejar de mirarlo, le dijo: No, no te la voy a montar, marica. Te hablo en serio. No tienes que andar entre gente culta porque tú no eres culto.

Yo no entendía lo que estaba sucediendo. Me volteé hacia Norman, y le pregunté ‘qué pasaba’ haciendo señas con la boca. Él levantó los hombros. Me dio a entender que tampoco entendía.

Eduardo, visiblemente molesto, bajó la cabeza. Respondió que él estaba en donde se le diera la hijueputa gana, y nadie tenía el derecho a joderle la vida. Ya estaba bastante crecido para saber lo que hacía.

Álvaro tomó la silla donde se iba a sentar, la cargó, y la colocó al lado de Eduardo. Lo consideraba un mal venido a los predios de El Unicornio. Tú no eres pájaro de estos territorios, le insistió.

Eduardo lo miró con calma, de abajo hacia arriba porque Álvaro aún no se había sentado. Le respondió con ironía que él era pájaro de todos los territorios. Yo vuelo en donde me dé la hijueputa gana, repitió.

Álvaro golpeó la mesa. ¡Mierda! ¡Todo lo tuyo es pura mierda! Tú eres como los gallinazos que están en todas partes comiendo carroña, respondió realmente energúmeno. Tenía el rostro congestionado y los ojos encendidos. Se levantó dos veces las pretinas del pantalón en señal de ira.

Miré a Alejandro. Él se mantenía tranquilo observando la insólita escena. Pensé: Aquí se va a formar la grande. Eduardo es de puños fáciles. Compra todas las peleas que le propongan.

Álvaro siguió fustigando con ofensas. Cada vez, más hirientes. Deberías estar allá en el negocio tuyo; en esa cueva de ladrones, de marihuaneros y de putas disfrazadas.

Eduardo se levantó de la silla. Se alejó unos pasos, luego se devolvió. Respiraba profundamente como para dominar la ira. Respondió con enfado: Te repito, Nene marica, yo estoy en donde se me dé la hijueputa gana. Ahí donde están mis amigos, ahí estoy.

Álvaro lo encaró. Se puso en disposición de pelea. Incluso, cerró los puños. ¡Y quien hijueputa te ha dicho que nosotros somos tus amigos!, exclamó. Luego se dirigió a nosotros, y preguntó, ¿Quién es amigo de este pobre marica? Nadie contestó. Viste. Aquí nadie es amigo tuyo. Después le preguntó, ¿Por qué mierda no te vas para La Cueva con los tuyos?

Eduardo se acercó al borde de la mesa, y agarró la botella de cerveza. Pensé: Le va a dar su botellazo. Me puse atento para evitar cualquier agresión. Pensé: Le detendré el brazo tan pronto lo levante para dar su mamonazo.

Finalmente sólo tomó varios sorbos. Después se dirigió a Álvaro, fingiendo serenidad: No me joda, Nene marica. Déjame en paz. Yo sólo quiero pasar una noche con mis amigos.

Álvaro se le acercó, y lo encaró de nuevo. Le miró con desconfianza la botella que tenía aún en la mano. ¿Me vas a cortar, marica?, le preguntó. ¿Por qué no te vas a tu negocio?, le insistió.

Eduardo se sentó de nuevo, y colocó la botella de cerveza sobre la mesa. Le insistió, pero esta vez, con la rabia menos reprimida, respirando como toro picado. ¡Noooo meeee jooooda!, gritó. Te he dicho que ese negocio no es mío, ese negocio es de mis amigos.

Álvaro juntó su silla a la de Eduardo. Se le sentó bien cerca, y lo encaró de nuevo: Entonces… ¿Por qué no estás allá con tus amigos, con esos depredadores de la naturaleza; con esos matones de pájaros, venados, iguanas y babillas?

Yo estoy en donde están mis amigos. Ese es mi verdadero negocio, estar en donde están mis amigos. Si mis amigos están en El Unicornio, yo me voy para El Unicornio. Si mis amigos están en el infierno, yo me voy al infierno, porque lo único valioso en este mundo son los amigos, respondió Eduardo.

Álvaro se levantó de nuevo, con los puños cerrados. Daba la sensación de que lo iba a retar a los golpes. Te repito. ¿Quién mierda te ha dicho que nosotros somos tus amigos? Tú no tienes la cultura suficiente para ser nuestro amigo. Tú tienes que andar con aquellos cazadores de La Cueva, que sólo tienen inteligencia para apretar el gatillo de la escopeta, y matar patos.

Los ojos de Eduardo se voltearon con rabia. La piel amarillenta de su rostro se enrojeció. En la expresión, se le veía que no aguantaba más. Entonces intervino Alejandro: Álvaro, deja de molestar, que si sigues jodiendo, Eduardo te va a levantar a muñecazo limpio. Y tú no le aguantas una trompada que te ponga en un ojo. Si no quieres irte al hospital, es mejor que te calmes.

Álvaro mágicamente cambió por completo. Comenzó a reír. Reía con su carcajada estentórea y bufona. Luego se arrojó sobre Eduardo, y lo abrazó. Le confesó que era el mejor amigo que había tenido. Todos los demás son una mierda al lado tuyo, y siguió carcajeándose.

2

¿Cómo es el invisible pez azul?

El abrazo de Álvaro era sostenido. No lo soltaba a pesar de las protestas de Eduardo, que forcejeaba para liberarse. Lo aprisionaba contra su pecho.

-Suéltame –pidió Eduardo.

-No te suelto porque te quiero.

-¡No joda! Te digo que me sueltes.

-Te digo que no te suelto porque eres el mejor amigo.

-Te lo digo por última vez, o me sueltas o te levanto a trompadas.

-Te lo digo por última vez: o me das un beso, o no te suelto.

Eduardo intentó zafarse, pero ni siquiera pudo moverse. Álvaro lo tenía bien aprisionado. Tenía la suficiente fuerza como para mantenerlo pegado a su pecho.

-Me das un beso, y te suelto.

-No seas pendejo. O me sueltas, o te levanto a muñecazo.

-Me puedes pegar lo que quieras, pero no te suelto si no me das un beso.

Eduardo intentó zafarse por segunda y tercera vez sin conseguir nada. Forcejó para quitárselo de encima. Se removió una y dos veces. Entonces gritó:

-¡Nooooo jooodaaaaa! ¡Suéltame!

-No te suelto si no me das un beso.

Alejandro volvió a terciar. Lo hizo con calma. Parecía el menos perturbado por las escenas que estábamos presenciando.

-No joda, Eduardo. Dale un beso ahí en la mejilla, te quitas ese sirirí, y nos deja a todos en paz.

-Nada de un beso en la mejilla. Yo quiero un beso en la boca –aclaró Álvaro.

-¡Ni marica que fuera!

Repentinamente, Álvaro intentó besarlo en la boca. Eduardo esquivó a tiempo la cara, no lo besó. En cambio, pudo zafarse violentamente, y le dijo: Si eres marica, no cuentes conmigo. Después lo convidó a pelear. Tenía los puños apretados.

Alejandro terció nuevamente dirigiéndose a Eduardo. Tú sí eres pendejo. Parece que no conocieras a Álvaro.

Álvaro reía a grandes carcajadas. Se dedicó a sobar la cabeza de Eduardo hasta dejarlo despelucado. No joda, Eduardo, le confesó. Lo que pasa es que yo nunca tuve un hermano a quien joderle la vida. Y tú te pareces al hermano que nunca tuve. Y yo no voy a perder la oportunidad de jugar como pelao aun cuando esté viejo.

Alejandro se llevó el vaso de cerveza a la boca. Luego se dirigió a Álvaro: Lo que pasa, Álvaro, es que tú nunca tuviste el papá que te mostrara los horizontes respetables de la vida. Por eso andas como loquito jodiendo a todo el mundo.

Álvaro suspendió la sobadera sobre la cabeza de Eduardo, y miró a Alejandro. Le hizo señal con el pulgar como diciendo: Buena esa y le sonrió. La escena había llegado al final pero la noche apenas comenzaba.

Los ánimos calmados me permitieron tomar asiento, y mirar alrededor. Alejandro, con el torso desnudo, tomaba otro buche de cerveza. Norman sacó un pañuelo del bolsillo trasero del pantalón, y se secó el sudor de la frente. El rostro de Eduardo, después del incidente con Álvaro, brillaba por el bochorno pegajoso.

Sin saber la razón, le pregunté a Norman: ¿Cómo es el invisible pez azul? Él me miró fijamente. Parecía consultar la respuesta con lo más íntimo de su interior. Finalmente respondió: No te puedo decir nada porque todavía no lo he visto.

Le confesé que yo estaba impresionado por la forma cómo él veía el mundo. Me había parecido bellísimo que percibiera rasgos femeninos en las líneas onduladas de las colinas al salir de Salgar. Le manifesté que muchos poetas veían en la Tierra la manifestación visible de lo femenino en el universo. Le pregunté de nuevo cómo hacía para ver de esa forma. Se acomodó mejor en su silla y me respondió: Solo hay que saber mirar.

Le aclaré que no estaba satisfecho con esa respuesta. Acercó su silla a la mía, y me dijo: Te lo voy a explicar con mayor claridad. La explicación de Norman fue luminosa.

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – 5 y 6

Crónicas del invisible pez azul – 7 y 8

Crónicas del invisible pez azul – 9 y 10

Crónicas del invisible pez azul – 11 y 12

Crónicas del invisible pez azul – 13 y 14

Crónicas del invisible pez azul – 15 y 16

Crónicas del invisible pez azul – 17 y 18

Crónicas del invisible pez azul – 19 y 20

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Jorge Guebely

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