Crónicas del invisible pez azul – 19 y 20

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Los ojos no son importantes para comprender el ritmo oculto del mundo. Ningún sentido lo es si no hay atención.

Por Jorge Guebely

La entrega anterior terminó en el momento en que Álvaro consideraba que auscultar el objeto o la persona con la que sientes comunión, es auscultarse y descubrirse uno mismo. José Domingo se preguntó entonces si, por esa razón, Álvaro había encontrado su propia canción como lo proponía Saroyan a través del personaje, el soldado Wesley Jackson.  

19

Tanto Mercedes como la literatura le han permitido a Gabo oír el ritmo oculto del mundo

Álvaro volvió de nuevo a los libros de Saroyan. Retomó la novela del Soldado Wesley Jackson, la sostuvo en sus manos. Confesó que se había puesto a auscultar todas las escenas de todos los libros de Saroyan: novelas, cuentos y teatro. Intuía que, en alguna parte, estaba explícita la clave de la existencia. Marica, me di a la tarea de descubrir cuál era mi canción.

Bebió de nuevo wiski. Era el último sorbo. Por eso, se empinó el vaso. Habló con un trozo de hielo en la boca. Firmaba y fechaba los libros porque era su búsqueda. Eran como los mojones que ponía en su camino. Era el ovillo de hilo que Ariadna le dio a Teseo cuando entró al laberinto. Estaba seguro de que el secreto se revelaría. En algún momento, en alguna escena, mi canción se haría audible.

Norman y yo nos miramos. Volví la mirada sobre Álvaro. Yo debía tener un rostro de desconcertado y de intrigado al mismo tiempo. Le pregunté si él había escuchado, por lo menos, una o dos notas de su propia canción en alguna de las escenas de Saroyan.

Si me hubiese respondido que sí, le habría preguntado cómo se escuchaba el ritmo de uno mismo leyendo una novela. Pero no me respondió porque, en ese momento, sonó el timbre del teléfono. Dio la impresión de estar esperando una llamada. Se quedó suspendido con la mano en alto y el rostro estático. Estaba inmóvil.

La muchacha, que nos subió el wiski, contestó y lo llamó desde el primer piso: Don Álvaro, al teléfono. Preguntó de quién se trataba, y la voz de abajo respondió: Es don Alejandro que quiere hablar urgentemente con usted. Insistió: ¿Alejandro Obregón? La voz confirmó: Sí. Su compadre.

Nos pidió que esperáramos un momento. Bajó corriendo las escaleras. Como hablaba en voz alta, oímos parte de la conversación: No joda, compadre. Menos mal que estás vivo, exclamó alborozado. Silencio corto de la otra voz. Carcajadas de Álvaro. Silencio de la otra voz. ¿A dónde nos encontramos? Silencio de la otra voz. ¿En El Unicornio? Silencio de la otra voz. Sí, allá mismo, en el Barrio Abajo. Silencio de la otra voz. ¿Hasta qué hora? Silencio de la otra voz. Ajá. ¿Y después nos vamos a La Cueva? Silencio de la otra voz. ¿Ya tú hablaste con Gabo? Silencio de la otra voz. ¿O sea que calentamos en El Unicornio y comenzamos la parranda en La Cueva? Silencio largo de la otra voz. No joda, cipote programa de despedida de soltero le tenemos preparado a Gabo. Silencio de la otra voz. No joda. ¡Qué bacano! Silencio de la otra voz. No se hable más, compadre. Allá nos vemos en algunos minutos.

Momentos más tarde nos montamos de nuevo en el jeep de Álvaro, y nos pusimos en camino a El Unicornio. La brisa húmeda de Barranquilla nos refrescaba el rostro. Bajamos hacia el parque de Los Fundadores. Tuve la impresión de descubrir una ciudad nueva, bella y transparente.

Lucía imponente una de sus bellas mansiones ‘estilo republicano’ que se orillaban en la avenida de Los Fundadores. En verdad, mezclaba eclécticamente algo de griego y romano, con espíritu neoclásico francés. Columnas dóricas se levantaban para marcar grandes espacios interiores y bellos jardines exteriores.

Álvaro nos recordó que, para la mañana siguiente, tenía pendiente un cipote sancocho de pescado en honor a Gabo. Los amigos le festejarían los dos últimos días de soltería, pues, el viernes siguiente, se casaría con Mercedes en la iglesia de Perpetuo Socorro.[1]

Descendíamos por la avenida de Los Fundadores. Álvaro nos confesó  que Gabo era el eterno incorruptible corroncho de Aracataca. Nada lo había contaminado: ni Barranquilla con sus encantos, ni Bogotá con sus hermosas cachacas. Ni siquiera las putas que laboraban donde la Negra Eufemia.

Contó que una noche, mientras ellos bailaban y gritaban bajo el frondoso tamarindo que techaba el patio del prostíbulo, Gabo conversaba con una puta como si lo hiciera con la reina Isabel de Inglaterra. Le hablaba mirándola con respeto, y la escuchaba con mucha atención. Ni siquiera se la llevó a la cama.

Esa misma noche, mientras los otros se refocilaban con las tristezas de algunas putas tristes, él se dedicó a rellenar las páginas del periódico. Allí, en medio del bullicio de vallenatos y boleros, escribió ‘La noche de los alcaravanes’.

La Negra Eufemia, la dueña del negocio, lo vio tan concentrado en su relato que le despertó una compasión maternal. Ay, mi nene, le dijo. Tú que eres un ángel escritor, ¿qué haces metido entre tantos diablos?

Según Álvaro, todo el secreto de Gabo radicaba en que ya había encontrado sus canciones favoritas: Mercedes y la literatura. No tenía más alma que para ellas dos. Tanto Mercedes como la literatura le han permitido a Gabo oír el ritmo oculto del mundo, concluyó.

Norman, quien venía en el puesto trasero, aclaró que no estaba buscando su canción favorita. Por el contrario, buceaba en la noche su invisible pez azul. Porque, para mí, el sonido sólo tiene color, concluyó.

En ese momento, entramos a la avenida 11 de Noviembre, rumbo al Barrio Abajo. Álvaro llevó la conversación hacia dos novelas en ciernes que, hoy cuando escribo estas crónicas en 1972, ya son famosas. Me refiero a “Cien años de soledad” y “La casa grande”.

20

Sólo que había que tener ojos en la piel para ver la sacralidad

Subimos a la cima de una pequeña elevación sobre la calle 55. Después, iniciamos el descenso siguiendo el instinto que seguía el arroyo La María cuando llovía fuerte. Álvaro apuntó: Viejo Norman, no te olvides que pintando, el pintor busca su canción. Luego agregó: Y escribiendo, el escritor encuentra la suya.

Nos reveló que tanto él como Gabo estaban madurando unas novelas, que tenían en común una casa y una familia. Pero a pesar de esas coincidencias, no eran iguales. Aun cuando tenían otras cosas en común.

Conducía y hablaba con desparpajo. Manoteaba como si estuviese en una tarima. Según él, Gabo ya la tenía escrita hacía varios años, y se llamaba “La casa”. Tuvo compasión por el cataquero, ya que andaba con ese mamotreto pa’rriba y pa’bajo. El otro día lo empeñó en el hotel para que lo dejaran dormir.

Lo peor del caso era que lo jodía la duda. Don Ramón Vinyes, que en paz descanse, le había dicho que Barranquilla no era el lugar adecuado para situar esa casa y esa familia. Macondo, nombre de una finca, fue el nombre que descubrió el día en que volvió a Aracataca con doña Santiaga para vender la casa.

Sentí curiosidad por saber las razones que Don Ramón tuvo para hacerle ese consejo. Sin titubeos, le hice la pregunta. Me respondió: Porque el nombre de Barranquilla no era tan poético para la poesía mítica que había en la novela, respondió Álvaro.

Desde el asiento trasero, Norman preguntó: ¿Cuáles son las diferencias entre tu novela y la de Gabo? Pensó para responder. Finalmente explicó que se parecían, no sólo en la metáfora de la casa, sino en la decadencia y muerte del mamasantismo conservador. Pero se diferenciaban en que, mientras la casa de Gabo se hallaba en Macondo, un lugar mítico; la de él se hallaba en Ciénaga, un lugar tangible.

Ya nos acercábamos al Barrio Abajo. Ya se podía ver la silueta del estadio de béisbol. Álvaro soltó los cambios del jeep para que rodara solo. Agregó que posiblemente habría otra diferencia. Gabo le había confesado que esa estirpe de godos y liberales no tendría otra oportunidad sobre la Tierra. Él, por el contrario, pensaba que habría una nueva generación que se rebelaría contra la insostenible decadencia.

Volvió a poner el motor en tercera. El carro se estaba deteniendo porque el descenso casi llegaba a su final. El Barrio Abajo se hallaba en el costado derecho. Finalmente es la misma mierda, dijo, y aceleró para tomar impulso.

Miré al cielo que seguía encapotado. El viento no disminuía su humedad.  Varios relámpagos chispeaban sobre el mar. Pensé en la novela de Juan Rulfo. En Comala, esos peligrosos mamasantos no sólo no tienen segunda oportunidad, sino que ya son almas en pena.

En la esquina había una cantina. Un trío cantaba a plena voz el bolero “Cosas como tú”, imitando a Los Panchos. Por ahí nos metimos. Fuimos el fondo del Barrio Abajo para llegar a El Unicornio, lugar en donde Álvaro y Alejandro habían concertado una cita para iniciar un ejercicio de calentamiento etílico. La verdadera pea estaba casada con Gabo en La Cueva.

Finalmente llegamos, y entramos a El Unicornio. Un traganíqueles sonaba el bolero ‘No me culpes a mí’, en la voz de Charles Figueroa. Nos recibió don Manuel, el propietario del lugar. Había alegría en sus ojos tan pronto vio a Álvaro. Eso ya se sabe. Si por aquí está don Alejandro, no podía faltar don Álvaro, dijo.

Le eché una mirada al lugar. No había cambiado desde la primera vez que estuve allí con Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor.  La casa estaba a medio construir con ladrillos empañetados y techo de zinc. Exhibía un unicornio verde pintado sobre una pared.

Álvaro saludó emocionado a don Manuel. Le dio golpes en las espaldas. El traganíqueles terminó el bolero de Charles Figueroa e inició el ‘Busco tu recuerdo’, en la voz de Daniel Santos. Rápido pasamos al patio, y vimos en el fondo a Alejandro Obregón y a Eduardo Vilá, posesionados de una mesa.

El ramaje de dos palos de mango cubría el espacio superior del patio como si fuese un techo vegetal. El firmamento quedaba tapado por la acumulación de hojas verdes. Apenas unos cuantos orificios entre los follajes. Había una sensación de catedral gótica cuyas nervaduras arquitectónicas eran los troncos de los árboles.

Si la parte superior colindaba con el infinito de las alturas, la inferior lo hacía con el de los aromas y los colores. Había un jolgorio de sensaciones visuales y olfativas.

Se mezclaban las rosas, las trinitarias, los buganviles, los corales y las cayenas, con los toronjiles, las yerbabuenas y los romeros. Conmovido por el lugar, Norman exclamó: Esto parece un mini paraíso bíblico. Después se abstrajo por completo. Lo saqué de su ensimismamiento pasándole la mano frente a los ojos idos.

Me explicó que le había sucedido lo mismo en una cantina del Paseo Bolívar donde encontró un gato persa sobre una silla. Por todas partes veía lugares sagrados. Sólo que había que tener ojos en la piel para ver la sacralidad que nos rodeaba permanentemente.

Es la prueba de que Dios no ha muerto, exclamó. Simplemente lo han echado de sus iglesias y de su propio paraíso. Ahora se la pasa de cantina en cantina como nosotros. Yo le respondí en forma de broma: Marica, nosotros buscándolo a él, y él buscándonos a nosotros. Los dos sonreímos.

Al fondo, Alejandro Obregón y Eduardo Vilá nos esperaban con una visible sonrisa en los labios. Estaban recién posesionados de la mesa porque aún no tenían ninguna forma del alcohol. Algunas otras personas estaban tomando en otras mesas.

Alejandro tenía desnudo el tronco del cuerpo. Era el único descamisado del lugar. Me pregunté qué le pudo haber sucedido para andar sin camisa. Me respondí mentalmente: En ese loco, lo insólito es lo normal.

Surgió un hecho inesperado: Álvaro pasó por el lado de Eduardo, y no lo saludó. Lo ignoró por completo. Me pregunté cuáles eran las razones para ese comportamiento, y pronto descubrí la respuesta.

[1] Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha se casaron viernes 21 de marzo de 1958, por lo tanto, los acontecimientos narrados en este libro sucedieron el miércoles 19 de marzo de 1958. Día de San José.

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – 5 y 6

Crónicas del invisible pez azul – 7 y 8

Crónicas del invisible pez azul – 9 y 10

Crónicas del invisible pez azul – 11 y 12

Crónicas del invisible pez azul – 13 y 14

Crónicas del invisible pez azul – 15 y 16

Crónicas del invisible pez azul – 17 y 18

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Jorge Guebely

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