Crónicas del invisible pez azul – 17 y 18

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Los niños solo juegan porque tienen el cuerpo en este mundo, y el alma en el otro. La comunión es celestial, el deseo es genital.

Por Jorge Guebely

Después de observar a unos niños jugando a las escondidas y de tejer algunas reflexiones, Álvaro, Norman y José Domingo descienden a Barranquilla. Las expectativas de José Domingo son grandes al entrar en la inmensidad de la noche.

17 

Una biblioteca es una cantina pero con gente decente

Tomamos la carretera que nos conducía a Barranquilla. El cielo lucía oscuro, encapotado, y el viento estaba frío. Norman me preguntó si yo sabía por qué los niños sólo amaban jugar. Le respondí que no tenía ninguna idea.

Le preguntó a Álvaro, pero él tampoco tenía idea. Ninguno de los dos sabíamos las razones por las cuales los niños sólo amaban jugar. Entonces le pedí que nos lo dijera, y nos respondió: Porque tienen el cuerpo en este mundo, y el alma en el otro.

Álvaro y yo guardamos silencio. Norman siguió explicando. Aclaró que el otro mundo era un paraíso en donde la única misión era jugar. Jugaban las estrellas en el firmamento y las olas en el mar. Hasta la muerte no era más que un juego de la vida. Los niños aman jugar porque todavía tienen el alma en el paraíso universal.

Llegaban aquí, pero sus conciencias no lo sabían. Hasta cuando un golpe violento los despierta y, entonces, se vuelven serios, concluyó. Pensé: Son insólitas sus ideas pero guardan una coherencia distinta.

Conversando sobre las ocurrencias de Norman, llegamos a Barranquilla. Álvaro nos llevó primero a su casa. Era temprano porque el radio periódico de Marcos Pérez apenas estaba comenzando. Lo alcancé a oír en una caseta cercana.

Una muchacha nos abrió la puerta, y dijo que la señora Tita, la esposa de Álvaro, había salido a un recital poético de Meira del Mar. Subimos a la biblioteca que se hallaba en el segundo piso. Nos instalamos cómodamente entre libros y poltronas.

Álvaro nos contó que allí sólo subían sus amigos. El día en que conoció a Gabo, en señal de amistad, lo trajo al lugar. Le mostró obras de autores que el cataquero desconocía. Finalmente le regaló una novela de Virginia Woolf.

Mientras él conversaba, yo observaba libros que jamás había visto. La mayoría se exhibía en anaqueles de madera. Otros, yacían regados por todas partes. Algunos reposaban sobre dos mesas, montados unos sobre otros, tirados en desorden. Libros sobre una silla y sobre un sofá de cuero negro. Libros sobre el piso. Incluso, había dos sobre el dintel de una ventana. Pensé: Este es un mundo distinto.

Álvaro abría espacio para que nos sintiéramos cómodos. Consideraba la biblioteca como el lugar en donde los dioses bajaban a conversar con los humanos.

Explicó que el aparente desorden no era real. Todo estaba bien ordenado en su cabeza. Sabía en dónde encontrar las obras de Hemingway o las de Faulkner, las de Miller o las de Melville, las de Mailer o las de Henry James.

Se acercó a la vitrina de la biblioteca. De su interior, sacó una caja. Desde allí, nos aseguró que él sabía dónde se hallaban los autores que se habían escapado de los anaqueles. Deambulaban por  fuera porque los estaba leyendo.

Regresó con la cajita de madera que había sacado de la vitrina. La abrió, y observé que eran tabacos cubanos. Dijo que la costumbre de leer varios autores al mismo tiempo le daba la sensación de estar en una cantina con varios amigos. Todos hablando mierda sin nadie que les pusiera talanqueras. No joda, una biblioteca es una cantina pero con gente decente, dijo, y se echó a reír.

Nos ofreció tabaco. Norman no dio muestra de querer fumarse uno. Por mi parte, le dije no con la mano. Entonces juró por la madre que se sentía un dios en la biblioteca. Sabía dónde se hallaban los textos que necesitaba a cada momento para escribir sus cuentos o sus columnas. Allí había creado su mundo como Dios lo había hecho con el universo. Dios nos creó a su semejanza según La Biblia, y uno crea la biblioteca a semejanza de uno, concluyó.

En ese momento, llegó la muchacha que antes nos había abierto la puerta. Entró con una botella de wiski, agua mineral y hielo. Norman tomó la botella entre sus manos, y la observó con detenimiento. Álvaro le dijo que no se preocupara, el wiski era de contrabando. Tú sabes bien que, en este país, lo único auténtico es el contrabando, afirmó con ironía.

Sirvió wiski como si fuese un jugo. Nos echó unos trozos de hielo en los vasos wiskeros, y agregó agua mineral. Nos reveló que nos contaría un secreto que nadie más conocía. Nos llevó frente a una hilera de libros. Eran los de William Saroyan.

Recordé la tarde en que lo conocí. Me regaló un libro de cuentos escrito por ese autor, ‘Me llaman Aram’. Ahora me daba cuenta de la importancia que le otorgaba al norteamericano de origen armenio.

Se llevó su vaso a la boca, y saboreó el wiiski con placer. Le vi el placer en el rostro. Nos pidió que tomáramos nosotros porque, lo que nos iba a revelar, era un secreto de los duros. Norman y yo tomamos wiski.

Con el vaso en la mano, habló del milagro. Sucedió en una librería de mala muerte en Nueva York donde entró por azar. Varias obras de Saroyan estaban sobre el mostrador. Dio varias vueltas, miró otros autores, pero los libros de Saroyan lo llamaban interiormente.

Hojeó incluso una novela de Hemingway, pero alguien internamente, y sin explicación, le insistía en comprar las ‘Las aventuras del soldado Wesley Jackson’. Le hice caso a mi corazonada. Lo que pasó con las obras de Saroyan fue sorprendente.

18

La comunión es celestial, el deseo es genital

Sacó la novela del anaquel, y la sostuvo en las manos. Declamó de memoria el primer párrafo: ‘Me llamo Wesley Jackson, tengo diecinueve años y mi canción favorita es Valencia. Supongo que tarde o temprano todo el mundo busca una canción favorita. Yo sé que la mía es ésa porque no paro de cantarla ni de oírla, incluso dormido’. No joda. ¿Se dan cuenta qué vaina tan impresionante?

Nos miró. Exclamó que, de entrada, la novela nos ponía en otra dimensión. Hablaba emocionado. La emoción le sobrevenía porque la lectura de la novela se le convirtió en una experiencia luminosa, en un camino hacia a otras orillas de la vida. Una novela bien leída es un bello sendero.

Me pasó la novela. Pensé que lo hacía para mostrar la prueba física de lo que estaba contando. Recordó que la lectura la hizo en sólo dos días. Al tercer día, salió por más libros de Saroyan. Estaba poseído. Los compraba por una necesidad interior, por un mandato ciego. Jueputa. Estaba colino por esos libros, dijo después de otro sorbo de whisky.

Abrí la novela y observé que llevaba su firma y una fecha. En ese momento indicó que eran los únicos libros que marcaba con su nombre y con la fecha de compra. Tampoco sabía la razón para hacerlo. Con el tiempo, se hizo varias veces la misma pregunta. No obtuvo respuesta alguna. Uno hace un montón de cosas sin saber por qué, y resulta que esas son las verdaderas.

Para colaborar con su relato, le confirmé que efectivamente había visto su firma y la fecha sobre la novela. Álvaro le pidió a Norman que escogiera cualquier otro libro de la biblioteca. Le insistió que lo hiciera de cualquier parte.

Hubo duda en Norman. No se movía. Le insistió en que no fuese prudente, que escogiera el que se le diera la gana, menos un libro de Saroyan. Finalmente lo hizo, se fue hasta la esquina de la biblioteca, y tomó un texto de Borges.

Después le pidió que lo abriera, que constatara si tenía su firma y la fecha de compra. Norman lo abrió, buscó, y no encontró nada. Respondió el no con la cabeza.

Colocó el vaso con wiski sobre una mesita. Sacó otro libro de Saroyan, y lo abrió sobre la fecha y su firma. Lo puso sobre la mesa de la biblioteca. E hizo lo mismo con otro libro y con otro. Al final, había una hilera de libros de Saroyan, abiertos en la fecha y su firma.

Álvaro volvió a tomar wiski. Esta vez, lo vi un poco alterado. Contaba bajo los efectos de una sutil emoción. Ningún libro de su biblioteca estaba marcado, exceptos los de Saroyan. Nos retó a que buscáramos más libros, pero nosotros sabíamos que estaba hablando en serio.

En la efervescencia de su emoción, nos dijo: Eche, ustedes no toman ni mierda. Le respondí que yo estaba intrigado por conocer el desenlace de lo contaba. Eche, pero tomen, insistió. Y tomamos un sorbo de wiski.

Siguió su relato. Conversaba y tomaba sorbos de wiski. Alternaba lo uno con lo otro. Aseguró que, si bien desconocía las razones íntimas de esa atracción insólita por las obras de Saroyan, sí reconocía las señales de la comunión. No joda. Uno, sin saber el porqué, siente una comunicación por una persona, por un color, por una mujer.

Nos pidió que bebiéramos juntos. Él no se iba a emborrachar solo. Nos pidió que brindáramos. Después del rápido brindis, volvió al relato. Aclaró que, en el caso de una mujer, no se trataba de un deseo sino de una comunión íntima. La comunión es celestial, el deseo es genital.

Elaboró una comparación con la mujer. Tú ves a una mujer, te gusta porque te parece bonita y, zas, enseguida te la quieres llevar a la cama. Te la quieres fornicar porque te parece que es un polvo celestial. Pero sólo es el deseo. Te la fornicas, y no sólo se te cae la pinga, sino que se te desparrama todo el entusiasmo.

Explicaba con la palabra, pero también con los gestos de manos y cuerpo. Parecía muy inquieto, como si no pudiese revelar con claridad lo que había en su interior. Hay que superar al deseo para llegar a ser mayor.

Aseguró que, en la comunión, había un estado mental distinto. Es decir, no había estado mental porque la conciencia se difuminaba en el universo. No joda. Tienen que creerme. Esto no es fácil de explicar. Es como si uno volviera a ser parte del todo.

Y sucedía, no sólo con la mujer, sino con todo el entorno. Con la gente, con los amigos, con los árboles, con las putas, con los vicios. Con todo porque los dioses carecían de moral, Cualquier dios es amoral porque es un ser inteligente. No es un bobal.

Guardó silencio por unos segundos. De afuera, llegaban los ruidos de los carros. El radio periódico de Marcos Pérez no había finalizado. Intuí que, ese silencio, era la antesala de una idea mayor. Y efectivamente la dijo: La persona o los objetos con los que te comunicas, son espejos de tu esencia. Mientras más los auscultes, más te comunicas contigo mismo.

Y mientras lo escuchaba, me pregunté: ¿Será que Álvaro encontró su propia canción leyendo a Saroyan? Quedé atento con la esperanza de encontrar la respuesta en el desarrollo de su relato en primera persona.

William Saroyan

William Saroyan.

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – 5 y 6

Crónicas del invisible pez azul – 7 y 8

Crónicas del invisible pez azul – 9 y 10

Crónicas del invisible pez azul – 11 y 12

Crónicas del invisible pez azul – 13 y 14

Crónicas del invisible pez azul – 15 y 16

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Jorge Guebely

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