Crónicas del invisible pez azul – 15 y 16

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Si miras las cosas al revés, desbaratas el mundo racional que tienes en la cabeza. 

Por Jorge Guebely

En la entrega anterior, y antes de iniciar el regreso a Barranquilla, Álvaro comenzó a manejar el jeep en reversa. Lo hacía con alboroto y entusiasmo, mientras Norman gritaba lleno de pánico.

15

La rutina es la jaula de los bobales

Algunas veces, Norman lanzaba maldiciones; otras, pedía a Álvaro que condujera en forma normal. ¿Por qué no manejas al derecho?

Álvaro respondió, entre carcajadas, que el derecho le hedía a mierda, a rutina. De vez en cuando, era necesario una dosis de desviación para evadir la inercia. La rutina es la jaula de los bobales, gritó mientras reía.

Norman se puso de pies, se agarró de los tubos del capote, y comenzó a pedir auxilio. Gritaba como loco diciendo que Álvaro estaba loco. Esa chifladura nos iba a matar a los tres. Yo pensaba, gritó fuerte, que la eternidad estaba lejos, pero la tengo aquí al frente. Y también comenzó a reírse. No se sabía si de nervios o de alegría.

Álvaro sólo se carcajeaba, y aceleraba aún más. Y más pisaba el acelerador, y más fuertes eran sus aullidos mezclados con risotadas. Parecía un hombre feliz coronando la cima de un instante excluido de la rutina.

Por mi parte, andar en reversa me pareció gratificante. Me agradó que la carretera no circulara hacia atrás como sucedía normalmente cuando se manejaba hacia adelante.

Me gustó que las casas de bahareques con sus techos de paja volvían hacia atrás. Los trupilllos, las cayenas y el mar, se retiraban frente a mis ojos. Un mundo volvía a su lugar de origen como cuando devolvían una película a su primera escena. Nunca había vivido esa experiencia, y me pareció inexplicablemente bella.

Pensé que quizás era el mismo júbilo que sintió Ulises al retornar a su antigua Ítaca. El placer de una persona al volver a casa después de un largo viaje. Recordé al Moisés bíblico y los cuarenta años de desierto para regresar a la tierra prometida.

Finalmente nos detuvimos. Álvaro no paraba de carcajearse, y Norman, de despotricar. Sólo yo me mantenía en silencio, hasta cuando dije espontáneamente: Esta locura me hizo recordar a un escritor alemán.

Álvaro ya había detenido el jeep, pero con el motor encendido. La máquina ronroneaba como si estuviera cansada de las locuras ajenas. Miré hacia atrás, y Norman se había sentado con el rostro pálido.

Álvaro me miró. Tenía una sonrisa burlona. Me preguntó: ¿Cuál escritor alemán? Le respondí de inmediato: Herman Hesse. Me sonrió y me volvió a preguntar: ¿Y qué te acuerdas de él?

– Me acuerdo de una recomendación.

– Y ¿qué mierda recomendaba Hesse?

– Que una buena obra literaria debía leerse sentado al revés.

Álvaro aceleró el motor. Hacía más ruido que el viento y las olas del mar. Casi que gritábamos para oírnos.

– Y ¿esa mierda para qué?

– No sé. Nunca lo he hecho. Pero afirmaba que las buenas obras describen el derecho de un mundo que gira al revés. Por lo tanto, había que leerlas al revés para entender su derecho.

Oímos la voz de Norman que decía algo, pero no se le entendía. Álvaro dejó de acelerar para escuchar mejor. Le pregunté a Norman que qué decía. Entonces repitió con gritos: Porque ninguna obra de arte se puede apreciar con la razón.

– ¿Y eso qué tiene que ver? –preguntó Álvaro.

– Tiene que ver que si te pones al revés –explicó Norman- desbarata el mundo racional que tienes en la cabeza.

Pensé por un instante la respuesta de Norman. De pronto, y sin conocer las justificaciones, se me hizo visible el sentido que tenían las locuras de Álvaro. Ya sé por qué eres tan loco, le dije.

Él me miró. Había un matiz de desconcierto en su mirada. Me preguntó: ¿Por qué soy tan loco? Y le respondí: Porque estás buscando el lado cuerdo de un mundo desquiciado.

Reventó de nuevo su carcajada estrepitosa. Y, mirando hacia el mar, me respondió: No joda, Jose. No te olvides que yo soy el único cuerdo que hay en Barranquilla.

Le respondí en voz alta para acallar su risotada: Pero todo el mundo dice que tú eres un loco de remate.

Acercó su rostro al mío. Ya enfrente, me dijo que el mundo se componía de locos y de bobales. Y agregó: Mientras los locos son los hijos de los dioses, los bobales son los hijos de puta del sistema. Entonces, arrancó el jeep de un solo tirón. Iniciamos el descenso hacia Barranquilla y hacia la noche.

Norman seguía sentado en la parte trasera, las manos entrelazadas, y parecía mascullar alguna reflexión. Pensé: Ése también está poseído por la misma locura.

No me equivoqué. La escena que presencié, tan pronto salimos del pueblito, me lo confirmó.

16

A la Tierra la anima un alma femenina

Tan pronto remontamos una colina suave, divisé de nuevo el sol detrás del horizonte. Tenía un cuarto del plato incandescente enterrado en el horizonte. Observé la inmensa superficie violeta del mar en un atardecer.

Tomamos la ruta para Barranquilla. De pronto, Norman pidió detener el jeep. Álvaro hizo caso, lo estacionó al lado de la carretera cuidando no estorbar el paso veloz de los buses de Puerto Colombia.

Descendimos y seguimos a Norman hacia un lado de la vía. Nos mostró entonces una pequeña colina donde había unos niños jugando a las escondidas al lado de una casa.

Observamos el juego durante varios minutos. Algunos niños entraban y salían de una cueva que había en el lugar. Allí se escondían para luego salir con alborozo y alcanzar el poste de la libertad, según las reglas del juego infantil.

¡Mierda! ¡Qué maravilla la que estoy viendo!, exclamó Norman. Lo miré con desconcierto. No me resistí, y le pregunté: Norman, ¿qué tiene de maravilloso un juego infantil tan corriente en toda Barranquilla? No me respondió, siguió embelesado mirando a los niños.

Observé de nuevo el juego infantil para ver si le encontraba algo extraño. Un niño cerró los ojos, y colocó su cabeza contra una ceiba o poste de la libertad. Contó hasta cien mientras los otros se escondían en diferentes lugares. Terminado el conteo, el niño buscó detrás de la casa, y sorprendió a uno quien quedó prisionero. Luego, a un segundo y un tercero. Los dos quedaron también prisioneros. De pronto, una niña surgió de la cueva, y llegó al poste de la libertad. Lo tocó, y los cautivos quedaron en libertad.

Explícame cuáles son las maravillas que tú ves, le dije a Norman. Fue Álvaro quien me respondió. Tenía un pie apoyado sobre el alambre de púa que marcaba la frontera. Lo que pasa, Jose, dijo, es que tú estás viendo el mundo con el ojo del culo, y me atropelló con su carcajada.

Le respondí con un “No me joda”. Puse cara de ofendido y de humillado. En verdad, me sentía ofendido.

Inmediatamente Álvaro se me acercó. Me colocó el brazo sobre el hombro. Me dijo al oído que comprendiera a Norman, era un loco en crisis, había que lidiar su cordura fragmentada. Finalmente me abrazó, y me dijo, No joda, Jose. La susceptibilidad no sirve ni pa’ mierda en este mundo de trogloditas. Pensé que tenía razón.

Álvaro se dirigió a donde estaba Norman, y le preguntó: A ver, ¿qué mierdas estás viendo?

Norman, como un monje oriental, nos explicó. Nos pidió que observáramos las colinas, sus líneas onduladas, líneas de mujer, líneas de cuerpo femenino, curvas de senos, muslos abiertos al universo, A la Tierra la anima un alma femenina, dijo desorbitando sus ojos. Por eso los poetas, que tienen ojos divinos, la comparan con una mujer, fue su conclusión.

No joda, es verdad, me dije mentalmente después de observar las colinas. De pronto, habían dejado de ser colinas para ser mujer. Bastaba ver las ondulaciones de su cuerpo para percibir su alma femenina. Podía mirar más allá de lo que veía. Era mucho más que un ejercicio de analogía.

Pero las explicaciones de Norman parecían cada vez más absurdas y más verdaderas al mismo tiempo. Según él, la cueva era la vagina de la madre tierra, un hueco cósmico, un paso sagrado de la oscuridad a la luz. Por eso, los niños entraban y salían, venían a la luz y volvían a la oscuridad. ¿Acaso no es eso lo que hacemos los seres humanos, salir de un vientre materno a la luz para volver a otro vientre materno donde mora la oscuridad?, explicó Norman.

Álvaro y yo callamos, dejamos que Norman discurriera en sus elucubraciones. Los niños salían continuamente de la oscuridad para alcanzar el poste de la libertad. Se trataba de una libertad sagrada, mayor. Para eso es que las mujeres paren hijos, por orden de la Tierra, para tocar el poste de la libertad.

Así siguieron sus cavilaciones durante varios minutos. Cuando terminó, Álvaro exclamó: Juepuuuta. La media libra de marihuana te está haciendo efecto. ¡Qué maravillosos son tus ojos! Que los dioses te los bendigan[1].

Traté de observar el rostro de Norman, pero ya tenía formato de sombra. Ya la noche había comenzado su tránsito de doce horas. Un bus de Puerto Colombia pasó velozmente con las luces encendidas.

Subimos al jeep. Álvaro encendió el motor, las luces, y descendimos una cuesta liviana rumbo a la ciudad. Tuve la sensación de entrar en la cueva de la noche en donde se restituía permanentemente el mundo. No me equivocaba.

Pensé de nuevo en el invisible pez azul, y tuve la esperanza de encontrar sus claves en la profundidad nocturna. Tampoco me equivocaba.

[1] Siete años después de esta escena, en 1965, Norman Mejía ganó el primer premio en pintura del Salón  Nacional de Artistas con un cuadro titulado ‘La horrible mujer castigadora’. En ese trabajo plasmó estéticamente lo que veía en el mundo y pude comprender mejor lo que intentaba decirnos aquella vez.

La horrible mujer castigadora - Norman Mejía

La horrible mujer castigadora – Norman Mejía

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – 5 y 6

Crónicas del invisible pez azul – 7 y 8

Crónicas del invisible pez azul – 9 y 10

Crónicas del invisible pez azul – 11 y 12

Crónicas del invisible pez azul – 13 y 14

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Jorge Guebely

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