Crónicas del invisible pez azul – 13 y 14

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Al lado tuyo, Van Gogh no es más que un pobre loquito y Goya no es más que un modesto desquiciado.

Por Jorge Guebely

La entrega anterior nos dejó a Álvaro abrazando a Norman en un gesto de compasión espontánea. Solidaridad nacida de la amistad que conmovió a José Domingo.

13

Al lado tuyo, Van Gogh no es más que un pobre loquito

Álvaro convirtió el abrazo en una algarabía, en una fiesta. Gritaba, saltaba, jugaba. Nos provocaba. Había que festejar el nacimiento de una obra de arte. Esos acontecimientos no se sucedían todos los días. No joda, un cuadro de un verdadero pintor es una gota de algún dios en la Tierra.

Me llamó para que me uniera al desorden. El hijo de Cortés ya hacía parte de esa familia loca y sagrada. Nos abrazamos los tres, saltamos y gritamos como niños de escuela. Yo sentía que quería animar el espíritu de Norman.

Cuando hubo cesado la bulla, exclamó: No joda, Norman. No hay pintor más loco que tú. Al lado tuyo, Van Gogh no es más que un pobre loquito y Goya no es más que un modesto desquiciado. Pero por sobre todas tus barbaridades, te amo.

Norman lo miraba entre desconcertado y abatido. Ahora sí me fregué, respondió. Sólo eso faltaba. Mientras tanto, yo no sabía cuál de los dos era el más insólito y el más niño a la vez.

Álvaro se acercó al caballete y vio la tela en blanco. Desde allí preguntó con tono enérgico, fingiendo enfado: No joda Norman, ¿no has pintado ninguna mierda?

Regresó de nuevo al lado de Norman. Lo tomó por el brazo y volvió a preguntarle:

– ¿Por qué mierda no has pintado nada?

– Estoy esperando a que lleguen los dioses.

– ¿Desde cuándo estás esperando a esos vergajos?

– Ya llevo tres semanas.

– ¿Ya fumaste marihuana? Ya te lo dije, a ellos les gusta el olor a la marihuana.

– Más de media libra.

– No joda, Norman, esos dioses te están mamando gallo.

– Peor aún, me están torturando. No llegan, pero tampoco se van. Están revoloteando en mi cabeza.

– No seas marica. No renuncies. Por lo menos, traza una línea sobre el lienzo –insistió Álvaro-. Ellos viven enamorados del color. Traza una línea de color y verás que llegan de a poquito.

– Eso es una pendejada –aclaró Norman-. Los dioses no vienen a mí de a poquito. Me caen de un solo golpe como una explosión. Entonces me hundo en un mar de colores y líneas, de luces y oscuridad, de vértigo e irracionalidad. El cuadro aparece en todo su esplendor.

Mientras ellos compartían, el zumbido del viento se había sostenido, las olas seguían retumbando contra los acantilados, y las nubes se ennegrecían cada vez más.

Álvaro conminó a Norman para que expresara, a grito puro, lo que quería pintar. Dime, ¿Qué mierdas quieres pintar? Dilo bien fuerte para que te oigan los dioses del infierno.

Norman dijo entre balbuceos que lo que sentía que debía pintar no se podía ver con los ojos de la cara. Siguió mascullando una respuesta. Parecía buscarle sentido a su desorden mental.

De pronto habló de un pez azul de dos aletas. Una aleta inmersa en el azul oscuro de la noche y la otra, en el azul-amarillo del día. Finalmente concluyó: Un pez invisible. Después, gritó: Eso es lo quiero pintar: un invisible pez azul. Repitió tres veces: Un invisible pez azul. Luego se agachó y se tapó el rostro con las manos.

No seas pendejo, respondió Álvaro también a grito. Entonces, toma el pincel, y traza rayas de colores. Parchea en las esquinas del cuadro. No joda, tienes que hacer cualquier vaina. Si no, vas a reventarte como un sapo en la carretera destripado por una aplanadora.

Norman se levantó moviendo la cabeza negativamente. El asunto no se trataba de esa forma. En verdad, no podía hacer nada. Estaba bloqueado. Sólo tocaba esperar unas horas, quizás unos días, tal vez unos meses. Esperar hasta cuando se le hiciera visible lo invisible.

Álvaro, exasperado, se dirigió a la ventana y se dedicó a mirar el mar. Yo, desconcertado, pregunté a Norman: ¿Qué es eso de que se te haga visible lo invisible?

Lo que pasa, me explicó, es que ese pez azuloso es invisible. Y el azul es lo más difícil de ver entre los seres invisibles. Puse cara de desconcierto por enésima vez.

Álvaro seguía observando a través de la ventana. Miraba al mar picado, las nubes revueltas, la tarde fundiéndose en la noche. De pronto exclamó: ¡Eureka! Ya sé dónde encontrar ese maldito invisible pez azul.

Sorprendidos, Norman y yo nos miramos esperando más informaciones. ¿Era posible que ya hubiésemos encontrado el camino para llegar al invisible pez azul?

14

El día estaba diseñado para que las personas vieran con la razón

Álvaro nos llamó junto a él. Nos explicó que, para encontrar el invisible pez azul, debíamos abandonar la casa e internarnos en la noche. Nos mostró, a través de la ventana, el sol que descendía hacia el horizonte. El invisible pez azul sólo se puede encontrar entre los seres de la noche, concluyó. Yo no sabía se hablaba en serio o simplemente nos tomaba del pelo.

Se acercó a mí y me dijo en secreto, poniendo la mano en la boca: Saquemos a este hombre de aquí antes de que se nos vuelva loco. Pensé: Aquí no se sabe quién está más loco.

Afuera, nos encontramos con los primeros vahos de la noche. El mundo se hallaba entre claros y oscuros como si fuese un cuadro de Rembrandt. Tan pronto llegamos a la plaza donde estaba estacionado el jeep, Norman exclamó: La Tierra está pestañeando.

Me quedé pensando la frase, no pude entender nada. Le pedí que me la explicara. Lo hizo señalándome los fenómenos naturales. Primero, el enorme plato anaranjado del sol que permitía el ascenso de la noche sobre la Tierra, Mírelo bien, me insistió. Después, las sombras que iban diluyendo los objetos y las personas. Al final, según él, todo quedaría en lo informe de la oscuridad.

Todos los días sucede lo mismo, agregó. Por la tarde, la Tierra cierra su párpado gigante y, por la mañana, lo abre. Así se forman los días y las noches, gracias al pestañeo cósmico.

Me puso el brazo sobre el hombro, y agregó que el pestañeo sucedía en toda la Tierra. El día estaba diseñado para que las personas vieran con la razón y, la noche, para que lo hicieran con la imaginación.

En ese momento, Álvaro nos mostró una figura difusa a la orilla del mar. Yo vi una silueta que se movía como un caracol gigante. Norman dijo, tal vez obsesionado, que aquella silueta gigante podía ser el invisible pez azul. Por su parte, Álvaro pensó que se trataba de una ballena varada.

No especulemos más, apuntó Álvaro, vamos a salir de dudas. Nos fuimos corriendo hasta el mismo lugar en donde estaba la silueta gigante. Encontramos  a un niño sentado sobre una piedra gigante.

– ¿Qué haces aquí, pelao? –preguntó Álvaro.

El muchacho, que no debía tener más de diez años, nos miró con recelo. Álvaro insistió, ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás en tu casa?

Después de algunos minutos, el muchacho cambió de actitud. Nos miró con más confianza. Nos aclaró que esperaba al padre que se había ido de pesca.

Álvaro se le acercó más y le preguntó: No joda pelaíto, ¿tú no estarás loco? Norman aclaró: Álvaro, eso no es posible porque la locura es una enfermedad de adultos.

Norman le insistió que volviera casa. Nada hacía en aquel lugar tan solitario. Pronto caería una lluvia que parecía torrencial. Estaba seguro de que, al volver, al papá no le gustaría encontrarlo allí.  Le aconsejó que, más bien, se fuera a hacer las tareas del colegio.

El pelaíto lo miró con ojos desconcertado. Después volvió la mirada hacia el mar. Observó el horizonte que estaba encendido por los fulgores de un sol muriente. Y se mantuvo en silencio.

No joda, dejémoslo ahí, eso es lo que él quiere, aconsejó Álvaro.

Con el tiempo comprendí que este hecho tan insólito, tan irreal, tenía una enorme significación. Mientras tanto, volvimos al jeep de Álvaro para continuar en la pesquisa del invisible pez azul.

Nos subimos al jeep e iniciamos el descenso a Barranquilla. Álvaro nos advirtió: Les voy a dar una señal para que se pongan en el camino que conduce al invisible pez azul. Norman y yo nos miramos porque no entendíamos nada.

Nos acomodamos en el vehículo. Álvaro se puso de pies antes de encender el motor y gritó como para todo el pueblo, ¡Hijuepuuuta! Bienvenido el mundo de la incoherencia. Se sentó, encendió la máquina y de inmediato arrancó en reversa.

Norman, acomodado en el puesto trasero, comenzó a recriminarlo. Por el contrario, las carcajadas de Álvaro competían con el ruido forzado del motor. Conducía con versatilidad en reverso. Incluso, se le veía el placer en el rostro.

Aceleraba haciendo bramar más la máquina. Pitaba como para hacer más bulla. Igualmente gritaba. Y, entre jolgorios, le contestó a Norman  que manejaba como se le daba la gana.

Yo, quien estaba a su lado, me pregunté el sentido que debía tener el impulso de ir hacia atrás. ¿Había la intención de retornar a algún lugar que no tenía sitio sobre la Tierra? Me agarré fuerte de una barra porque no tenía idea hacia donde iríamos a caer.

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – 5 y 6

Crónicas del invisible pez azul – 7 y 8

Crónicas del invisible pez azul – 9 y 10

Crónicas del invisible pez azul – 11 y 12

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Jorge Guebely

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